La Matanza de Lo Cañas: La sangrienta “Noche triste” de la Guerra Civil de 1891

El 19 y 20 de agosto de 1891, 84 jóvenes aristócratas y artesanos fueron masacrados y fusilados.

Guía de: Mitos y Enigmas

En 1890, en la antesala de lo que iba a ser una sangrienta y fratricida guerra civil, nuestro país estaba irreconciliablemente dividido en dos bandos. Por un lado, los partidarios del gobierno del presidente José Manuel Balmaceda, representante del Partido Liberal, que encarnaba el poder ejecutivo legítimamente constituido y que contaba con el apoyo irrestricto del Ejército. Y, por el otro, el bando mayoritariamente atrincherado en el Congreso y que se autodenominó “Constitucionalista”, que contaba con el apoyo de la Armada.

El presidente José Manuel Balmaceda había dedicado gran parte de sus cinco años de mandato a modernizar el país, gracias a las millonarias rentas del salitre, potenciando el desarrollo de la industria nacional y el fomento de las obras públicas, con la construcción de puentes y caminos, y la extensión del ferrocarril. Sin embargo, esa política fue acervamente criticada por los Conservadores, quienes consideraban que el mandatario estaba despilfarrando el dinero de la Nación.

El Presidente José Manuel Balmaceda.

El Presidente José Manuel Balmaceda.

El momento de ruptura definitiva llegaría a fines de 1890, cuando el Congreso, durante la discusión de la Ley Anual de Presupuesto y la ley de financiamiento de las Fuerzas Armadas, le negó al presidente Balmaceda la aprobación de ambas leyes. El mandatario, de ese modo, decretó el 5 de enero de 1891 que el presupuesto para ese año fuera el mismo que había regido durante el año anterior, por lo que conflicto político se transformó en una lucha armada abierta.

La oposición al gobierno del Presidente Balmaceda, dirigida por una Junta Revolucionaria que se había hecho fuerte en el norte del país, a mediados de 1891 decidió implementar una medida militar estratégica para impedir la concentración de las divisiones militares del gobierno provenientes de Valparaíso y Concepción. La idea era derribar el 19 de agosto los puentes del Maipo y Angostura ubicados en la entrada sur a Santiago, para cortar así la comunicación ferroviaria y telegráfica utilizada por el gobierno, pese a que días antes se había publicado en el Diario Oficial un decreto en el que se establecía la pena de muerte para quienes atentaran contra ferrocarriles, puentes, túneles y telégrafos.

Puente ferroviario sobre el río Maipo.

Puente ferroviario sobre el río Maipo.

Esta tarea conspirativa fue entregada a un grupo de jóvenes aristócratas chilenos, cuyas edades promediaban los 20 años, junto a un puñado de artesanos, bajo el mando del joven Arturo Undurraga, quien dividió al grupo rebelde en cuatro compañías al mando de Rodrigo Donoso, Eduardo Silva, Ernesto Bianchi y Antonio Poupin. Todos por cierto, no contaban con ninguna formación militar y tampoco tenían experiencia en labores de sabotaje, y habían llegado al lugar producto de su entusiasmo juvenil, respondiendo al persuasivo llamado de la propaganda opositora.

Esta improvisada montonera se reunió en la zona precordillerana de Santiago, en la actual Comuna de La Florida, al interior del fundo Lo Cañas, propiedad del diputado del Partido Conservador Carlos Walker Martínez, líder del Comité Revolucionario y recalcitrante opositor al Presidente José Manuel Balmaceda.

Don Carlos Walker Martínez.

Don Carlos Walker Martínez.

El nivel de preparación militar de estos jóvenes era tan precario que cuando Ismael Zamudio y Carlos Flores, dos jóvenes que habían llegado al Fundo Lo Cañas en busca de caballos para formar la montonera, don Wenceslao Aránguiz, amigo de Carlos Walker y administrador del Fundo de Lo Cañas, sin tener conocimiento de los planes del Comité revolucionario, les dijo: “No seáis locos. ¿Tenéis organización? ¿Contáis con un jefe experto que os guíe? ¿O creéis cosa muy sencilla esto de formar montoneras en medio de un país lleno de enemigos? Sabed que misión como esa sólo se encarga a soldados aguerridos y serenos, acostumbrados a hacer la guerra de ese modo. ¿Habéis vosotros disparado un rifle jamás? ¿Sabéis desplegaros en guerrilla? ¡Oh! No, no me haré cómplice de una barbaridad, proporcionándolos cabalgaduras.”

Cerca de 84 personas, entre jóvenes aristócratas y artesanos, llegaron al Fundo Lo Cañas, aunque se estima que pudieron ser más de cien. A pesar de la importancia militar que el ataque a los puentes suponía para la Revolución, los conspiradores no contaban con armamento suficiente para cumplir esa misión, ni mucho menos para enfrentar la situación crítica que se les iba a venir encima en las horas siguientes. Sólo unos pocos portaban revólveres, rifles y unas carabinas Remington, además de dinamita y mecha. Cuando estuvieron todos reunidos, el administrador Wenceslao Aránguiz les sugirió que el mejor lugar para ocultarse sería las casitas de Panul, un pequeño bosque ubicado dentro del fundo, pero alejado de las casas principales de Lo Cañas.

Vista de la ciudad de Santiago desde el bosque de Panul.

Vista de la ciudad de Santiago desde el bosque de Panul.

Nadie sospechaba que en esos mismos momentos el gobierno, al parecer por boca de un delator, ya estaba al tanto del complot y que fuerzas militares al mando del teniente coronel Alejo San Martín, quien dirigía una fuerza compuesto por noventa hombres de caballería y cuarenta de infantería, además de otras fuerzas de apoyo como la policía rural, se dirigían a Lo Cañas para atacar a los jóvenes aristócratas y artesanos que se encontraban allí ocultos.

El teniente coronel Alejo  San Martín Astorga, comandante del Regimiento de Guardias Nacionales de Santiago.

El teniente coronel Alejo San Martín Astorga, comandante del Regimiento de Guardias Nacionales de Santiago.

Cerca de las 3 y media de la madrugada del 19 de agosto, una avanzada rebelde que había ido a observar la situación en el puente ferroviario sobre el río Maipo, regresó a Lo Cañas a todo galope para advertirles a sus compañeros que fuerzas enemigas del gobierno se dirigían al lugar para atacarlos: “Dispersión en el acto. Viene tropa de caballería sobre la casa de Lo Cañas.”

Pero no fueron escuchados. Las fuerzas gobiernistas llegaron a Lo Cañas al poco rato, distribuyéndose en un círculo para rodear a todos los sublevados e impedirle cualquier vía de escape. Los primeros enfrentamientos se produjeron en las casas de Lo Cañas, cuando el teniente coronel Alejo San Martín vio a algunos rebeldes ocultos dentro de las viviendas y les dijo a sus soldados: “¡Fuego! Descuartizar a los futres canallas”. Durante este ataque quedarían diez o doce muertos, mientras que los heridos fueron inmediatamente asesinados a bayonetazos y sablazos.

Grabado popular que ilustra el primer ataque en las casas del fundo  Lo Cañas.

Grabado popular que ilustra el primer ataque en las casas del fundo Lo Cañas.

Los historiadores Francisco Encina y Leopoldo Castedo en su magna “Historia de Chile” relatan que “muchos de los sitiados intentaron la fuga, a pesar de que la claridad de la luna lo hacía muy difícil…San Martín hizo traer a los prisioneros para reconocerlos. Separó a un joven sobre el que recaían sospechas y lo hizo despedazar a balazos y bayonetazos. Apartó ocho más, escogiéndolos por su mejor vestimenta, y los fusiló por la espalda. Formó otro grupo con siete nuevos prisioneros y de inmediato organizó la cacería de los fugitivos, ocultos entre los matorrales…Poco después de las diez de la mañana llegó San Martín con los prisioneros y la tropa a la casa principal de Lo Cañas. Abrió las bodegas a los soldados, ‘entregó las mujeres de los inquilinos a la brutalidad de la tropa media ebria’ e incendió la casa”.

En la tarde del 19 de Agosto de 1891 los últimos prisioneros que se habían salvado de la masacre y aún quedaban con vida fueron enviados a Santiago para enfrentar un juicio, pero a mitad del camino fueron devueltos a Lo Cañas luego que llegara un mensaje del General en jefe del Ejército, Orozimbo Barbosa, haciendo entender que no quería tener prisioneros que atestiguaran lo ocurrido en Lo Cañas y que “se cumpliera lo que de antemano se había ordenado”, precisando una orden terminante: “Que sean ejecutados inmediatamente todos”.

Pintura "Masacre de Lo Cañas", de Enrique Lynch del Solar (1891).

Pintura “Masacre de Lo Cañas”, de Enrique Lynch del Solar (1891).

De ese modo, en Lo Cañas, entre el humo de las casas quemadas y el lamento de los heridos, se formó un improvisado consejo de guerra que condenó a todos los prisioneros a morir fusilados. Durante la mañana del día 20 de Agosto éstos fueron vendados y arrastrados hacia un costado del bodegón de Lo Cañas, en la pared norte, donde fueron ejecutados. Algunos, antes de morir, habían pedido un sacerdote para confesarse, a lo que les respondieron: “No lo necesitan, mueran como buenos soldados”. Después de ser fusilados, sus cuerpos fueron quemados con combustible, pasto seco, ramas de espino y algunas tablas de álamo, para formar una gran hoguera.

Muro de la bodega del fundo Lo Cañas donde fueron fusilados el 20 de agosto de 1891 los últimos 8 prisioneros. Esta fotografía  de Google Street View fue tomada en un ángulo similar al cuadro de Enrique Lynch.

Muro de la bodega del fundo Lo Cañas donde fueron fusilados el 20 de agosto de 1891 los últimos 8 prisioneros. Esta fotografía de Google Street View fue tomada en un ángulo similar al cuadro de Enrique Lynch.

Una de las muertes más horribles la sufrió Wenceslao Aránguiz, el administrador del fundo Lo Cañas que no estaba al tanto de la conspiración que su patrón y amigo, don Carlos Walker Martínez, había preparado contra el gobierno. Fue amarrado a un árbol donde se le dieron 200 azotes para que revelara el paradero de Walker Martínez, pero dijo que nada sabía. Los soldados, enfurecidos, le quebraron las piernas y lo torturaron cruelmente para hacerlo hablar. Pese al dolor, Aránguiz gritaba que lo mataran de una vez y comenzó a darse de cabezazos contra el árbol para desmayarse o morir. Al final, como no podía caminar, debió ser ayudado para ser llevado al banquillo donde fue finalmente fusilado.

Wenceslao Aránguiz Vargas, Administrador del Fundo Lo Cañas.

Wenceslao Aránguiz Vargas, Administrador del Fundo Lo Cañas.

Así terminaba, durante la mañana del 20 de Agosto de 1891, la llamada Matanza de Lo Cañas, que dejaría un cruento saldo de 84 víctimas fatales. Los historiadores Francisco Encina y Leopoldo Castedo relatarían que en la tarde del día 20 “sus cadáveres fueron acarreados al cementerio en cinco grandes carretones. Se ordenó arrojarlos a la fosa común, pero fueron después entregados a sus familias”.

Tras enterarse de estos luctuosos hechos, el presidente José Manuel Balmaceda declinó toda responsabilidad, ordenó un sumario para esclarecer lo ocurrido y en su testamento político rubricó lo siguiente: “Si las fuerzas destacadas en persecución de las montoneras y el cuidado de los telégrafos y de la línea férrea, de la cual dependía la existencia del gobierno y la vida del ejército, no han ordenado estrictamente la ordenanza militar y han cometido abusos o actos contrarios a ella, yo los condeno y los execro”.

Un grupo de combatientes muertos que dejó la decisiva batalla de Placilla.

Un grupo de combatientes muertos que dejó la decisiva batalla de Placilla.

A los pocos días de estos sangrientos sucesos que conmocionarían a la sociedad santiaguina de la época, conocidos desde entonces como la Matanza de Lo Cañas o “La Noche triste” de 1891, se produciría el combate de Concón, el 21 de agosto de 1891, y la batalla de Placilla, el 28 de agosto, que darían la victoria definitiva al bando opositor al gobierno del presidente José Manuel Balmaceda. El 19 de septiembre de 1891, un día después de terminar su mandato presidencial, el mandatario se suicidaría de un disparo en la sien mientras se encontraba asilado en la legación argentina. Posteriormente, todos sus partidarios comenzarían a ser perseguidos con saña por el bando triunfante.

proclama diario el ferrocarril

Los historiadores, deslindando las responsabilidades que provocaron la Matanza de Lo Cañas, además de condenar la postura del General del Ejército Orozimbo Barbosa y el brutal comportamiento de las tropas gobiernistas del teniente coronel Alejo San Martín, culparon sobre todo a Carlos Walker Martínez y los miembros del Comité Revolucionario, quienes comisionaron a un grupo de jóvenes idealistas e inexpertos, sin entrenamiento y sin armamento suficiente, a realizar una tarea de sabotaje casi imposible. Por lo demás, las posteriores batallas que se libraron en Concón y Placilla demostraron que era totalmente factible vencer a las fuerzas gobiernistas sin destruir los puentes Maipo y Angostura.

cruz lo cañas

En el lugar donde ocurrió la sangrienta Matanza de Lo Cañas en 1891 todavía se mantiene en pie el centenario muro de adobe donde fueron fusilados los últimos ocho prisioneros. Cerca de allí se erigió una gran cruz en memoria de las víctimas, que cuenta con una placa conmemorativa; subiendo un poco más arriba, dentro de una propiedad particular, se ubica en tanto la famosa y vetusta Cruz del Fundo Panul, hecha de hierro e instalada sobre lo que podría ser la tumba de algunos asesinados y que recuerda la fecha exacta de la masacre de Lo Cañas: “AGOSTO 19 DE 1891”.

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