La teoría de la infidelidad de Albert Einstein: Sostenía que la monogamia era una “fruta amarga”

El célebre premio Nobel de Física tuvo durante su vida seis amantes.

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El científico alemán de origen judío Albert Einstein (1879-1955), célebre por formular su famosa Teoría de la Relatividad, fue una de las mentes más brillantes y prodigiosas de todos los tiempos, aunque sus elevados estudios no le impidieron preocuparse de cosas más mundanas, como cuando detalló en su correspondencia la complicada opinión que había desarrollado sobre las relaciones amorosas entre hombres y mujeres.

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En una carta fechada en junio de 1953, Albert Einstein, tratando de consolar a una amiga que había descubierto que su marido la engañaba con otra mujer, le aconsejó que evitara tomarse esa infidelidad como una afrenta personal, pues el engaño amoroso, en su opinión, era moneda corriente entre los seres humanos.

“Estoy seguro de que sabes que la mayoría de los hombres (y un gran número de mujeres) no están dotados para la monogamia por naturaleza…La naturaleza supera siempre a la convención, y las circunstancias colocan obstáculos en el camino del individuo”, escribió Einstein en la misiva, agregando que la gente común y corriente tenía un deseo natural por tener amoríos y no era nada bueno resistirse al impulso de hacerlo. Según el científico, cuando un hombre se forzaba a seguir siendo monógamo, “es como una fruta amarga para todos los implicados”.

Albert Einstein junto a Mileva Maric, su primera esposa.

Albert Einstein junto a Mileva Maric, su primera esposa.

El premio Nobel de Física sabía perfectamente de lo que hablaba, pues, según sus biógrafos, a lo largo de su vida llegó a tener seis amantes. Tras casarse en 1903 con su primera esposa, la matemática Mileva Maric, con quien tuvo dos hijos, Einstein le fue infiel con su prima Elsa Einstein, aunque al parecer no sintió ninguna prisa para dejar a su mujer para casarse con ella. En una carta de 1951 reconoció que “los intentos de forzarme a casarme vienen de los padres de mi prima y se atribuyen principalmente a la vanidad, aunque el prejuicio moral, que está todavía muy vivo en la generación anterior, también juega un papel”.

Albert Einstein, tras 16 años de matrimonio y cuando el científico tenía 39 años, finalmente se divorciaría de Mileva Maric en 1919, para poder casarse con su prima Elsa, una mujer paciente y tolerante, aunque Mileva le puso una curiosa condición para otorgarle la separación conyugal: si Einstein alguna vez obtenía el premio Nobel, todo el dinero sería para ella. Y no tuvo que esperar demasiado, ya que el genial físico ganó este galardón dos años más tarde.

Albert Einstein junto a su prima Elsa, su segunda esposa.

Albert Einstein junto a su prima Elsa, su segunda esposa.

Tras casarse con su prima Elsa, rozando los 40 años y saboreando el progresivo salto a la fama, Einstein iniciaría su época más desenfrenada con las mujeres, aunque con la tolerancia de Elsa. En 1928, de hecho, se llevó a un balneario a su esposa y a su amante de aquel momento, Toni Mendel, una adinerada judía berlinesa. Por esa época, el físico también comenzó una apasionada aventura amorosa con su secretaria, Betty Neumann. En algunas de sus cartas, Einstein incluso llegó a fantasear con la idea de vivir con Elsa y Betty -su esposa y su amante, respectivamente- en una gran casa, pero cuando Betty descartó la descabellada idea, el físico admitió que ella sabía más acerca de “las dificultades de la geometría del triángulo que yo”.

Peter Plesch, cuyo padre fue amigo íntimo del físico, declararía muchos años más tarde que “Einstein amaba a las mujeres…Y cuanto más plebeyas, sudadas y olorosas, más le gustaban”.

En otra carta que Einstein escribió a su esposa Elsa, quien acababa de descubrir que el científico sostenía un encendido affair con una de sus amigas, Ethel Michanowski, miembro de la alta sociedad de Berlín, Einstein le explicaba que “uno debe hacer aquello con lo que disfruta y no hacer daño a nadie más”.

Einstein women

Según Einstein, quien también llegó a sostener un romance con una espía rusa llamada Margarita Konenkova, sus deslices amorosos eran sólo aventuras informales que no interferían con los sentimientos de cariño y devoción que sentía por su esposa. En una carta de 1931 que escribió a su hijastra Margot, hija de Elsa, el físico relataba que “es verdad que M. me ha seguido [hasta Inglaterra], y que su persecución se está volviendo fuera de control , pero de todas las mujeres, el hecho es que solo siento apego por la señorita L. -Margarete Lebach, una dama austriaca- quien es absolutamente inofensiva y decente, y ni siquiera esto supone un peligro para el orden mundial divino”.

Según el científico, la infidelidad siempre acarreaba una gran carga, normalmente para el hombre atrapado entre dos mujeres que eran hostiles entre ellas por su culpa. “Para una persona de bien, no existe ninguna solución satisfactoria a este problema”, escribió Einstein, aunque no aclaró si esa “persona de bien” era el marido infiel o la mujer engañada.

De todas maneras, Einstein sostenía la teoría de que si un marido trataba a su esposa de manera decente y amorosa, ella debería tolerar su adulterio: “Deberías poder responder a sus pecados con una sonrisa y no convertirlo en un motivo de guerra”, escribió en una carta a Elsa, agregando que la decencia incluía la discreción sobre las aventuras. En otra carta escrita a Elsa acerca de su aventura con Ethel Michanowski, el físico elogió el comportamiento de a la «señorita M.» porque ella no había hecho daño a Elsa confesándole su relación. «No te dijo ni una palabra»- escribió Einstein. «¿Acaso no es eso irreprochable?».

En la época final de su vida, Einstein al parecer reconoció que su aversión por la monogamia pudo haber acarreado costos personales para él. Cuando su mejor amigo de la universidad, Michele Besso, murió, Einstein le dijo al hijo de éste: “Lo que admiro en tu padre es que, durante toda su vida, se quedó siempre con una mujer. Ese es un proyecto en el que he fracasado estrepitosamente, dos veces”.
Según el biógrafo de Einstein, Walter Isaacson, lo más llamativo de la actitud del físico sobre las relaciones amorosas entre hombres y mujeres fue su «atención dispersa», así como su hábil construcción de un código moral con matizaciones en el que la infidelidad podía encajar cómodamente., aunque su actitud casual sobre las relaciones podría tener algo que ver con su propia incomodidad con los sentimientos más profundos. «Al confrontar las necesidades emocionales de los demás», escribió Isaacson en su biografía, «Einstein tendía a retirarse a la objetividad de su ciencia».

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