Las Sirenas, criaturas marinas mitad mujeres mitad peces: Las historias que alimentaron el mito

A estas criaturas marinas mitológicas se les atribuía un irresistible y melodioso canto con el que atraían y perdían a los marineros.

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Las sirenas (palabra que proviene del antiguo vocablo griego Σειρῆνες o Seirēnes, “las que atan y desatan/encadenan”) son fabulosas criaturas marinas mitológicas a las cuales se las representó en la Antigüedad clásica como seres híbridos con rostro o torso de mujer y cuerpo de ave, aunque a partir de la Edad Media adquirieron una apariencia pisciforme, es decir, fueron descritas como hermosas mujeres con cola de pez en lugar de piernas que moraban en las profundidades de los mares. En la tradición oriental, en tanto, las sirenas son descritas anatómicamente como idénticas a los seres humanos, con la única diferencia de su capacidad de respirar y vivir bajo el agua.

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Según la tradición, “las sirenas son doncellas marinas que engañan a los navegantes con su gran belleza y la dulzura de su canto; de la cabeza al ombligo tienen cuerpo de virgen y forma semejante al género humano, pero poseen una escamosa cola de pez, que siempre ocultan en el mar”. El escritor Jorge Luis Borges, en su artículo “El arte narrativo y la magia”, agrega que “el idioma inglés distingue la sirena clásica (Siren) de las que tienen cola de pez (Mermaids). En la formación de estas últimas habían influido por analogía los tritones, divinidades del cortejo de Poseidón. En el décimo libro de La República, ocho sirenas presiden la rotación de los ocho cielos concéntricos”.

El mismo Jorge Luis Borges precisa que “a lo largo del tiempo, las sirenas cambian de forma; su primer historiador, el rapsoda del duodécimo libro de La Odisea, no nos dice cómo eran: para Ovidio, son pájaros de plumaje rojizo y cara de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo para arriba son mujeres, y en lo restante, pájaros. Para el maestro Tirso de Molina (y para la heráldica) ‘la mitad mujeres, peces la mitad’. No menos discutible es su índole; ninfas las llama; el diccionario clásico de Lempriére entiende que son ninfas, el de Quicherat que son monstruos y el de Grimal que son demonios. Moran en una isla del poniente, cerca de la isla de Circe, pero el cadáver de una de ellas, Parténope, fue encontrada en Campania, y dio su origen a la famosa ciudad que ahora lleva el de Nápoles, y el geógrafo Estrabón vio su tumba y presenció los juegos gimnásticos y la carrera con antorchas que periódicamente se celebraban para honrar su memoria”.

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Independientemente de su aspecto, a las sirenas se les atribuía una irresistible voz melodiosa con la que atraían fatalmente a los marineros, a quienes perdían, tal como queda graficado en el famoso pasaje del poema épico La Odisea de Homero, cuando Odiseo (Ulises), durante su accidentado periplo de regreso a su patria Ítaca y prevenido por la maga Circe, pasa en su bajel junto a la isla rocosa del Mediterráneo cercana al estrecho de Mesina (Italia) donde moraban las sirenas.

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El ingenioso Odiseo lograba salir indemne del fatal peligro del canto de las sirenas gracias a que se hacía atar al mástil de su barco, para no arrojarse a las aguas al oír sus melodiosas e irresistibles voces (también había tomado la precaución de poner tapones de cera en los oídos de resto de su tripulación, para que éstos no sucumbieran al hechizo de estas mitológicas criaturas). En la leyenda de Jasón y los Argonautas, en tanto, los marineros encantados por la voz de las sirenas se salvaban del desastre gracias a la habilidad de Orfeo, quien lograba con su melodioso canto eclipsar la música de aquéllas y distraer a los Argonautas que, de otro modo, hubieran encallado en los sirenum scopuli donde éstas habitaban.

Jorge Luis Borges relata que “La Odisea refiere que las sirenas atraían y perdían a los navegantes y que Ulises, para oír su canto y no perecer, tapó con cera los oídos de sus remeros y ordenó que lo sujetaran al mástil. Para tentarlo, las sirenas prometían el conocimiento de todas las cosas del mundo: ‘Nadie ha pasado por aquí en su negro bajel, sin haber escuchado de nuestra boca la voz dulce como el panal, y haberse regocijado con ella, y haber proseguido más sabio. Porque sabemos todas las cosas: cuántos afanes padecieron argivos y troyanos en la ancha Troya por determinación de los dioses, y sabemos cuánto sucederá en la tierra fecunda’ (Odisea, XII). Una tradición recogida por el mitólogo Apolodoro, en su Biblioteca, narra que Orfeo desde la nave de los argonautas, cantó con más dulzura que las sirenas y que éstas se precipitaron al mar y quedaron convertidas en rocas, porque su ley era morir cuando alguien no sintiera su hechizo. También la Esfinge se precipitó de lo alto cuando adivinaron su enigma”.

Estatua funeraria de una sirena (museo arqueológico de Atenas).

Estatua funeraria de una sirena (museo arqueológico de Atenas).

En la mitología siria existe la figura de Atargatis, la diosa con forma de sirena a la cual los peces le eran consagrados y que era adorada en templos en los que había grandes estanques. En las Islas Británicas, en tanto, las sirenas eran consideradas presagios de mala suerte, pues se creía que éstas podían nadar también en agua dulce y llegar hasta los ríos y lagos y ahogar a sus víctimas, haciéndoles creer que eran personas que se estaban ahogando, aunque en ocasiones estas criaturas también podían curar enfermedades.

Las sirenas durante la época medieval fueron representadas en el arte cristiano como un símbolo eficaz de la peligrosa tentación encarnada por las mujeres, mientras que en el siglo XVII algunos escritores jesuitas comenzaron a afirmar su existencia real. El escritor dominico español Antonio de Lorea y el erudito y jesuita alemán Atanasio Kircher argumentaron que las sirenas habrían aparecido a bordo del Arca de Noé, mientras que otros estudiosos estimaban que estas criaturas eran pecadoras que de alguna forma habían logrado sobrevivir al diluvio universal.

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El célebre navegante genovés Cristóbal Colón, descubridor de América, en su Diario de su Primer Viaje al Nuevo Mundo (1492-1493), relató que había visto a las sirenas en la zona que él creía era la parte más oriental de Asia. Según la transcripción de Bartolomé de las Casas, “el día pasado, cuando el Almirante iba al río del Oro, dijo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo que otras veces vio algunas en Guinea, en la costa de la Manegueta”.

Jorge Luis Borges, respecto de los avistamientos históricos de estas mitológicas y pisciformes criaturas, cuenta finalmente que “en el siglo XVI, una sirena fue capturada y bautizada en el norte de Gales, y llegó a figurar como una santa en cientos de almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgan. Otra, en 1403, pasó por una brecha en un dique, y habitó en Harleem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era mujer porque podía vivir en el agua”.

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