Operación Valquiria: Historia de la audaz conspiración para matar a Hitler

El 20 de julio de 1944 el coronel Claus von Stauffenberg casi cambió para siempre la historia de la Segunda Guerra Mundial.

Guía de: Mitos y Enigmas

El 8 de noviembre de 1939 la suerte salvó a Adolf Hitler de una muerte segura. El carpintero suavo Georg Elser había estado a punto de acabar con la vida del Führer tras poner un artefacto explosivo en el Bürgerbraükeller, un local de Munich, pero Hitler se había salvado gracias a que se había retirado del lugar 20 minutos antes que la bomba -que mató a 8 personas y dejó a otras 63 heridas- estallara.
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El proyecto de derrocar a Adolf Hitler por parte de los propios militares alemanes empezó a gestarse de manera soterrada en 1938, por parte de algunos altos oficiales de la Wehrmacht deseosos de evitar una gran guerra a escala europea. Entre estos conspiradores se encontraban el general Ludwig Beck, antiguo jefe de Estado Mayor, y el mariscal de campo Erwin von Witzleben, sin embargo la indecisión de los generales del ejército Franz Halder y Walter von Brauchitsch impidió ejecutar tales planes.

En 1941, después del comienzo de la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión soviética, se formó otro grupo de resistencia dirigido por el coronel Henning von Tresckow, quien trabajaba como parte del Estado Mayor del general Edor von Vock, su tío. Tresckow pensaba que la guerra contra los rusos estaba perdida de antemano y que esta situación conduciría a Alemania (tal como terminó ocurriendo) al abismo.

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Henning Von Tresckow, jefe del estado mayor del segundo ejército en la sección meridional del frente oriental desde finales de 1943, un militar profesional y ferviente defensor de los valores prusianos, había sido un admirador de Hitler desde el principio, pero pronto se había convertido en un implacable detractor del régimen nazi. Después del desastre de Stalingrado, que supuso la captura por parte de los soviéticos del VI ejército alemán del mariscal von Paulus, Tresckow consideraba a Hitler el responsable de la ruina segura de Alemania, por lo que se mostró dispuesto a asesinarlo, tras asegurarse la colaboración de otros militares y funcionarios como el antiguo jefe del estado mayor Ludwig Beck, el comisario de precios del Reich Carl Goerdeler, el ministro de finanzas de Prusia Johannes Pipitz, el ex embajador alemán en Roma Ulrich von Hassell, el coronel Hans Oster, el magistrado Hans von Dohnanyi y otros uniformados, entre los que destacaban Fabian von Schalebrendorff y Rudolph-Christoph Freiherr von Gersdorff.

Uno de los problemas evidentes de la conspiración para matar al Führer consistió en cómo acercarse lo suficiente a Hitler, ya que éste siempre estaba fuertemente custodiado por sus guardaespaldas de las SS, con sus pistolas siempre a la mano. Por ello, el principal plan consistió en matar a Hitler con una bomba. Tresckow le pidió a uno de los miembros del séquito de Hitler, el teniente coronel Heinz Brandt, que viajaba en el avión de Hitler, que le llevara un paquete de su parte al coronel Helmuth Stieff, del alto mando del ejército. El paquete parecía contener dos botellas de coñac, pero en realidad se trataba de las dos partes de una bomba que había construido Tresckow.
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Schalebrendorff llevó el paquete al aeródromo y, después de activar la bomba para que estallara 30 minutos después, se lo entregó a Brandt justo cuando éste subía al avión de Hitler. Todos pensaban que el avión explotaría en el cielo antes de que Hitler aterrizara en Minsk, pero nada de eso sucedió, pues Hitler aterrizó sano y salvo en ese lugar. Al parecer, el intenso frío había impedido la detonación de la bomba. Hitler se había salvado milagrosamente por segunda vez.

Al poco tiempo se produciría otra ocasión para acabar para siempre con Hitler. Gersdorff se ofreció a sacrificar su vida para matar a Hitler durante la ceremonia del “Día de los Héroes”, que se iba a celebrar en Berlín el 21 de marzo de 1943. El atentado se cometería mientras Hitler estuviera visitando la exposición del botín de guerra capturado a los soviéticos. Cuando llegó el día, Gersdorff se puso a la entrada de la exposición y levantó el brazo derecho para saludar a Hitler cuando éste paso por su lado junto a su séquito, accionando al mismo tiempo con la mano izquierda el detonador de una bomba que debía estallar en 10 minutos. Se suponía que Hitler permanecería en el lugar durante media hora, el tiempo suficiente para que la bomba estallara en el lugar y lo matara, pero Hitler, por miedo a los bombardeos aliados, sólo permaneció en el lugar unos cuantos minutos antes de irse. Gersdorff no pudo seguirlo y debió ir de prisa a uno de los baños para desactivar la bomba. Una vez más, una suerte asombrosa parecía acompañar a Hitler.

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En 1942, Tresckow, con ayuda del general Hans Oster, logró reclutar en su núcleo de oposición al general Friedich Olbricht, quien dirigía la oficina principal del ejército en Berlín, controlando allí un sistema de comunicaciones autónomo que unía a las unidades militares de reserva aún estacionadas en territorio de Alemania. Los conjurados buscaron sin éxito unir a su conspiración a los mariscales de campo Erich von Manstein y Gerd von Rundstedt, dos militares veteranos que gozaban de gran prestigio en la Wehrmacht por sus éxitos y conocimientos de táctica en combate, quienes podrían ayudar a un efectivo derrocamiento del régimen nazi y no a un mero asesinato de Hitler y, aunque éstos rehusaron unirse al derrocamiento, no delataron la conspiración. “Los mariscales prusianos no se amotinan”, fue la respuesta que les dio Manstein, famoso por ser el cerebro de la guerra relámpago que supuso la caída en 1940 de Bélgica y Francia.

Cuando el coronel Treschkow fue trasladado en 1943 al mando de un regimiento, lejos de su influyente puesto en el cuartel general de Ejércitos Centro, todos pensaron que la conspiración debía suspenderse. Para mayores inconvenientes, casi simultáneamente, el general Günther von Kluge, comandante del Grupo de Ejércitos Centro en el frente ruso, quien estaba al tanto de los planes para matar a Hitler, resultó herido en un accidente y fue reemplazado por el general Ernst Busch, un decidido partidario del líder alemán. Esa situación hubiera permanecido stand by durante largo tiempo, de no mediar la intervención de un militar que le imprimiría nuevos dinamismos a los esfuerzos de los conspiradores para acabar con la vida de Adolf Hitler. Su nombre era Claus Schenk Graf Von Stauffenberg.

Stauffenberg

El historiador Ian Kershaw, en su notable libro “Hitler: la biografía definitiva”, cuenta que Claus Schenk Graf Von Stauffenberg “procedía de una aristocrática familia suava. Como muchos jóvenes, al principio se sintió atraído por algunos aspectos del nacionalsocialismo, especialmente por su insistencia en unas fuerzas armadas fuertes y su política exterior al tratado de Versalles, pero se oponía a su antisemitismo racial. La creciente barbarie del régimen le horrorizaba. A finales de la primavera de 1942 se volvió irremediablemente en contra de Hitler, influido por los incontrovertibles relatos de primera mano de las matanzas de judíos ucranianos efectuadas por hombres de las SS. En abril de 1944, mientras servía en el norte de África, con la décima división Panzer, resultó gravemente herido: perdió el ojo derecho, la mano derecha y dos dedos de la mano izquierda. Pero después de que le dieran de alta en el hospital, en agosto mientras hablaba con Friedrich Olbricht, éste le tanteó para ver si se quería unirse a la resistencia. No había muchas dudas de cuál sería su respuesta. Ya había llegado a la conclusión de que la única forma de librarse de Hitler era matándole. Ya, a principios de septiembre, Stauffenberg ya había conocido a los principales hombres de la oposición. Como Treschkow, era un hombre de acción, un organizador más que un teórico”.

El coronel Claus von Stauffenberg.

El coronel Claus von Stauffenberg.

Stauffenberg en su juventud.

Stauffenberg en su juventud.

Los conjurados decidieron que, después de matar a Hitler, debían apoderarse también del Estado Nazi, así que se les ocurrió la idea de reformular un plan operativo, cuyo nombre en clave era “Valquiria”, que ya había elaborado Olbricht y habría aprobado Hitler para movilizar al ejército de reserva dentro de Alemania en caso de que hubiera graves disturbios internos. El único problema era que la orden debía darla el coronel general Friedrich Fromm, un oportunista militar que si bien no era especialmente devoto de Hitler, era alguien que en todo orden de asuntos no tomaba partido y no se comprometía sino hasta último momento, cuando estaba seguro que las circunstancias estaban a su favor.

Tras conversar, Staufenberg y Tresckow decidieron que, dadas las fuertes medidas de seguridad que siempre rodeaban a Hitler, el atentado debía realizarse en el cuartel general del Führer, que por ese entonces era su residencia del Berghof, en Baviera, y la famosa “Guarida del Lobo”, en Prusia oriental. El siguiente problema que quedaba pendiente era entonces uno sólo: ¿Qué persona perpetraría el atentado contra Adolf Hitler?

El coronel Claus von Stauffenberg y su esposa.

El coronel Claus von Stauffenberg y su esposa.

El coronel Claus von Stauffenberg (a la izquierda)  antes de ser herido en el norte de África.

El coronel Claus von Stauffenberg (a la izquierda) antes de ser herido en el norte de África.

Stauffenberg quería que el atentado a Hitler se realizara a fines de noviembre. Así que contactó al capitán Axel von dem Bussche, quien se ofreció a sacrificar su propia vida detonando una granada mientras el Führer visitaba una exposición de nuevos uniformes que debía celebrarse en diciembre de 1943, pero la mala fortuna seguía conspirando contra los planes de los conjurados, pues un bombardeo aéreo destrozó el tren que llevaba los uniformes y el mismo Bussche resultó herido en el frente oriental en enero de 1944, perdiendo una pierna. Posteriormente el edecán Rittmeister Eberhard Von Breitenbuch, que debía acompañar al mariscal de campo Busch en su reunión con Hitler el 11 de marzo de 1944 en su residencia del Berghof, se ofreció para dispararle a Hitler en la cabeza con su pistola Browning que llevaba oculta en su bolsillo trasero, pero en esa oportunidad no pudo acercarse a Hitler, pues no se permitió entrar a la reunión a los edecanes.

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Sin embargo, el 1 de julio de 1944 Stauffenberg fue ascendido a coronel y nombrado jefe del estado mayor del general Fromm, lo que le permitió tener acceso a las reuniones informativas con el mismo Hitler. De ese modo, Stauffenberg ya no necesitaba buscar a nadie para perpetrar el asesinato, pues podía hacerlo él mismo. “Es hora de hacer algo. Pero el hombre que tenga el valor de hacer algo debe hacerlo sabiendo que pasará la historia de Alemania como un traidor. Sin embargo, si no lo hace, será un traidor de su propia conciencia”, les dijo Stauffenberg a sus compañeros.

El atentado en la “Guarida del Lobo”

El 20 de julio de 1944 Stauffenberg y su edecán, el teniente Werner von Haeften, después de un vuelo de dos horas desde Berlín, llegaron a la “Guarida del Lobo”, el centro de operaciones de Hitler en Prusia Oriental, para reunirse con el mismo Hitler y otros oficiales. Stauffenberg llevaba en su maletín dos artefactos explosivos, que estallarían 15 minutos después de ser activados. Con el pretexto de que tenía que refrescarse y cambiarse de camisa, ambos fueron al baño a colocar los temporizadores de las bombas, pero justo en ese momento se requirió urgentemente la presencia de Stauffenberg en el salón, por lo que éste cerró rápidamente su maletín, por lo que no alcanzó a activar el temporizador del segundo aparato explosivo, que su edecán guardó nerviosamente en su propio maletín. El historiador Ian Kershaw explicó que ese “fue un momento decisivo. De haber metido Haeften el segundo artefacto en el maletín de Stauffenberg junto al primero, incluso sin la carga, la explosión lo habría hecho estallar, con lo que su efecto se habría más que duplicado. En ese caso, lo más seguro es que no hubiera sobrevivido nadie”.

Operación Valquiria

Los cabecillas de la Operación Valquiria, personificados en la película del mismo nombre.

Tras volver al salón, donde se encontraba Hitler y varios de sus generales en plena reunión informativa, Stauffenberg y su edecán se las arreglaron para poner el maletín con la bomba en la pata derecha de la gran mesa de roble del despacho, a pocos metros de Hitler. A continuación, Stauffenberg y su edecán buscaron una excusa para salir de nuevo de la sala, algo que no llamó la atención entre los presentes pues eran comunes las idas y venidas durante las reuniones diarias. Cuando Stauffenberg y Haeften se aprestaban a tomar un auto para salir de la “Guarida del Lobo”, escucharon una ensordecedora explosión procedente de la cabaña donde se encontraba Hitler. A continuación, no sin dificultad, se dirigieron al aeródromo para regresar a Berlín, no sin que antes Haeften tirara el paquete que contenía el segundo explosivo por el camino. Ambos estaban satisfechos, pues creían que Hitler había muerto en la explosión.

La salvada milagrosa de Hitler

El historiador Ian Kershaw, rememorando lo que ocurrió después que explotó la bomba, relata que “Hitler estaba inclinado sobre la pesada mesa de roble, estudiando en un mapa posiciones de reconocimiento aéreo, apoyado en un codo y con la barbilla en la mano, cuando la bomba estalló con un refulgente fogonazo azul y amarillo, y una explosión ensordecedora. Las ventanas y las puertas reventaron, se elevaron densas nubes de humo y volaron por todas partes cristales rotos, trozos de madera y de papel, y otros desechos. Partes de la cabaña destrozada estaban en llamas. Durante algún tiempo aquello fue un caos. Había 24 personas en la cabaña en el momento de la explosión. Algunos fueron arrojados al suelo o lanzados por la habitación. Otros tenían el pelo o la ropa en llamas. Se oían gritos pidiendo ayuda. Unas formas humanas caminaban dando tumbos (conmocionadas, medio cegadas, con los tímpanos rotos) en medio del humo y los escombros, buscando desesperadamente la salida entre las ruinas de la cabaña. Los menos afortunados yacían entre los escombros, algunos mortalmente heridos. De todas las personas que se encontraban en la cabaña, sólo el mariscal Wilhelm Keitel y Hitler no sufrían conmoción, y Keitel era el único que no tenía los tímpanos rotos”.

Adolf Hitler y el dictador italiano Benito Mussolini inspeccionando la sala donde estalló la bomba dejada por Stauffenberg.

Adolf Hitler y el dictador italiano Benito Mussolini inspeccionando la sala donde estalló la bomba dejada por Stauffenberg.

Kershaw agrega que “sorprendentemente, Hitler había sobrevivido y sólo había sufrido algunas heridas superficiales. Tras la conmoción inicial de la explosión, comprobó que estaba ileso y que se podía mover, y se dirigió a la puerta entre los escombros, apagando a golpes las llamas de sus pantalones y quitando el pelo chamuscado de la nuca. Tropezó con Keitel, que le abrazó, llorando y gritando: “¡Mi Führer, estás vivo, estás vivo!”. Keitel ayudó a salir del edificio a Hitler, que tenía rasgada la chaqueta del uniforme, y los pantalones negros y los largos calzoncillos blancos hechos jirones, pero podía andar sin problemas. Regresó inmediatamente al búnker. Avisaron en seguida al doctor Morell. Hitler tenía el brazo derecho hinchado y dolorido, y apenas podía levantarlo, hinchazones y rasguños en el brazo izquierdo, quemaduras y ampollas en las manos y las piernas (que también estaban llenas de astillas de maderas) y cortes en la frente. Pero éstas, junto con los tímpanos rotos, eran las peores lesiones que había sufrido. Cuando su ayuda de cámara, Linge, entró corriendo y presa del pánico, Hitler estaba tranquilo y le dijo con una sonrisa sardónica: “Linge, alguien ha intentado matarme”… Para entonces, las sospechas del atentado ya recaían sobre el desaparecido Stauffenberg”.

Fracasa la Operación Valquiria

En Berlín, en tanto, comenzó a reinar la incertidumbre y la indecisión entre los conjurados. El general Fromm, que estaba al tanto del intento de asesinato, se negó a firmar la orden para poner en marcha la operación Valquiria, pues no estaba seguro de que Hitler hubiera muerto. De hecho, había hablado telefónicamente con Keitel y éste le había asegurado que el Führer sólo tenía heridas leves. La conspiración para matar a Hitler y derrocar al régimen nazi había fallado no sólo porque éste estaba vivo, sino porque también se habían dejado demasiados cabo sueltos (los amotinados no habían volado el centro de comunicaciones del cuartel de Hitler, no detuvieron a los altos dirigentes del Partido Nazi y de las SS, no se silenciaron las radios de Berlín y no transmitieron ningún mensaje radiofónico a la población alemana).

Un oficial alemán muestra cómo quedaron los pantalones de Hitler después de la explosión.

Un oficial alemán muestra cómo quedaron los pantalones de Hitler después de la explosión.

El grupo de conspiradores, recluidos en el edificio del alto mando de la Werhmacht en el Bendlerblock, finalmente fueron rodeados por un batallón de guardias que ya habían sido alertados del frustrado atentado. Después de un intercambio de disparos, Stauffenberg fue herido en un hombro, mientras que el general Fromm, que había estado detenido en un cuarto, retomó el control de la situación y arrestó a todos los presentes, aunque permitió que el general Ludwig Beck se quedara con su arma para que pudiera suicidarse, cosa que éste consiguió a medias (debieron rematarlo después). Intentando demostrar que no tenía nada que ver con la conspiración, Fromm volvió a su despacho y celebró un consejo de guerra sumarísimo en nombre del Führer: Mertz Von Quirnheim (un amigo de Stauffenberg muy involucrado en la conspiración), el general Olbricht, el edecán Hoeften y “este coronel cuyo nombre no mencionaré” (refiriéndose a Stauffenberg), fueron condenados a muerte. Fromm desconocía que después de estos acontecimientos sería igualmente arrestado y ejecutado en marzo de 1945.

El actor Tom Cruise personificando al coronel Claus Von Stauffenberg en la película "Operación Valquiria".

El actor Tom Cruise personificando al coronel Claus Von Stauffenberg en la película “Operación Valquiria”.

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A las 0:10 del 21 de julio los cuatro condenados fueron llevados al patio del edificio, donde les aguardaba un pelotón de fusilamiento formado por 10 hombres del batallón de guardia. Cuando el pelotón se disponía a disparar sobre Stauffenberg (el general Olbricht ya había sido fusilado), su edecán Hoeften se arrojó delante de él y murió primero. Cuando volvieron a colocar a Stauffenberg en el paredón, esté exclamó antes de caer abatido por los disparos: “Larga vida a la sagrada Alemania”.

El coronel Claus Von Stauffenberg (a la derecha de la fotografía).

El coronel Claus Von Stauffenberg (a la derecha de la fotografía).

Con motivo del atentado fallido a Adolf Hitler, la GESTAPO, la policía política del régimen nazi, arrestaría a más de cinco mil personas. La mayoría de las ejecuciones relacionadas con el golpe de julio de 1944 se producirían durante las siguientes semanas e incluso en los meses posteriores. Cuando terminó la matanza, la cifra de muertos entre los implicados ascendía a unas 200 personas.

Después de reunirse con el dictador italiano Benito Mussolini el mismo día 20 de julio (la reunión estaba agendada desde hacía semanas y Hitler no quiso suspenderla pese a sus heridas), el Führer le dijo que lo había protegido la Providencia: “Cuando lo pienso detenidamente, llego a la conclusión, debido a mi maravillosa salvación, mientras otros que estaban en la habitación sufrieron grandes heridas, de que no me va a suceder nada”.

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A la medianoche de ese día, Hitler se dirigió a todos los alemanes por radio en cadena nacional, informándoles que “una pequeña camarilla de oficiales estúpidos, ambiciosos, sin escrúpulos y al mismo tiempo criminales han urdido una conspiración para eliminarme y al mismo tiempo erradicar conmigo a (la cúpula) del estado mayor de las fuerzas armadas alemanas…Pero he sobrevivido, lo que es una señal de la Providencia de que debo seguir con mi tarea y, por tanto, la continuaré”.

El historiador Ian Kershaw, a este respecto, concluyó en su biografía que “en realidad, como tantas otras veces en su vida, no había sido la Providencia lo que había salvado a Hitler, sino la suerte; una suerte endemoniada”.

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