Partido Comunista chileno: Las grandes controversias que han marcado su historia

El partido creado por Juan Emilio Recabarren en 1922 ha exhibido una serie de contradicciones durante sus 100 años de historia.

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“Cuando llueve en Moscú, los comunistas chilenos abren sus paraguas en Santiago”. Con esta famosa frase se solía ilustrar en la segunda mitad del siglo XX la marcada tendencia prosoviética del Partido Comunista de Chile (PCCh), uno de los partidos políticos más antiguos e importantes de la izquierda chilena.

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Fundado el 2 de enero de 1922 por Luis Emilio Recabarren, como heredero del Partido Obrero Socialista (fundado, a su vez, en 1912), desde sus inicios el PCCh se definió como una organización de raigambre obrera, campesina e intelectual, inspirado en el pensamiento de Karl Marx y Vladímir Lenin -el marxismo-leninismo-, el desarrollo del movimiento obrero y social de comienzos del siglo XX y el triunfo de la Revolución bolchevique de 1917.

Luis Emilio Recabarren (1876-1924), obrero tipógrafo autodidacta y  fundador del Partido Comunista de Chile.

Luis Emilio Recabarren (1876-1924), obrero tipógrafo autodidacta y fundador del Partido Comunista de Chile.

Tras la crisis económica mundial de 1929, que terminaría derribando el gobierno del Presidente Carlos Ibáñez del Campo en 1931, el Partido Comunista Chileno, según cuenta el historiador y dirigente de ese partido Alfonso Salgado Muñoz, “vio en esta crisis el derrumbe inminente del capitalismo, confirmando los presagios de la IC o Komintern, y con su retórica revolucionaria aportó una cuota no menor de inestabilidad a la caótica situación reinante. El partido apoyó, por ejemplo, el levantamiento de la marinería en agosto de 1931, intentando radicalizar el movimiento, y militantes de base tuvieron cierta participación en el frustrado asalto al cuartel del regimiento Esmeralda, en Copiapó, a fines del mismo año. La encendida retórica ultra-revolucionaria del PCCh se hizo también sentir en junio de 1932, durante la fugaz República Socialista, cuando los líderes comunistas llamaron a desoír a la Junta de Gobierno y formar soviets”.
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A partir de 1935, tras recibir instrucciones del gobierno comunista de Moscú que planteaba la necesidad de la unión de la clase obrera junto el campesinado y las clases medias para enfrentar el fascismo, el Partido Comunista de Chile se integró al llamado Frente Popular, alianza política y social que integraban además los Partidos Socialista, Radical y Democrático, además de la Central de Trabajadores. Este coalición sería muy exitosa y llevaría a la primera magistratura del país a los presidentes radicales Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.

Después del triunfo electoral de este último, el Partido Comunista entró por primera vez en la historia a un gobierno, contando con tres ministros. Sin embargo, el clima de agitación social propugnado por algunos militantes comunistas, los conflictos internos en la coalición gobernante y la coyuntura de la Guerra Fría llevaron a González Videla a promulgar una Ley de Facultades Extraordinarias que permitió la relegación masiva de militantes comunistas a Pisagua.

Un año después este mandatario obtuvo del Congreso la aprobación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que declaró al Partido Comunista fuera de la ley y permitió a su gobierno profundizar la represión contra los comunistas y sus aliados. Así comenzaría la segunda época de clandestinidad y persecución para sus militantes, después de la ocurrida en tiempos del gobierno de Ibáñez del Campo.

El presidente radical Gabriel González Videla, en cuyo gobierno se promulgó la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que ilegalizó al Partido Comunista de Chile.

El presidente radical Gabriel González Videla, en cuyo gobierno se promulgó la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que ilegalizó al Partido Comunista de Chile.

Al comenzar la década del 50′, los comunistas volverían al sistema político y forjaron con el Partido Socialista una alianza basada en un discurso popular, democrático y antiimperialista, que se expresó en las cuatro candidaturas de Salvador Allende, hasta obtener el triunfo de éste en 1970.

Durante el caótico y breve gobierno de la Unidad Popular, el Partido Comunista sería uno de los partidos más leales de la coalición, apostando todas sus fichas a una estrategia gradualista para alcanzar el socialismo, en contraposición a las posturas más extremistas y radicalizadas de otros grupos de ultraizquierda como el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Sin embargo, los convulsionados mil días de la Unidad Popular terminarían violentamente tras el golpe de Estado de 1973.

En los años siguientes, el Partido Comunista viviría su tercera época de clandestinidad, signada por la dura represión y el exilio que afectaron a muchos de sus miembros.

El Presidente Salvador Allende Gossens y el poeta Pablo Neruda, célebre militante comunista.

El Presidente Salvador Allende Gossens y el poeta Pablo Neruda, célebre militante comunista.

En el ámbito internacional, entre el período comprendido entre 1932 y 1980, el Partido Comunista de Chile justificaría todos los crímenes de la dictadura de hierro de Josep Stalin, como el genocidio de la población ucraniana ocurrido entre 1932 y 1934, las “invasiones fraternales” de Checoslovaquia, Hungría y Afganistán, además del golpe en Polonia contra los trabajadores agrupados en el sindicato independiente clandestino Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, que desafío a la dictadura comunista de ese país.

El militante comunista Luis Guastavino, quien tuvo fuertes discrepancias con el PCCh a fines de los años 80′, comentaría en una entrevista concedida a la revista Ercilla en noviembre de 1990, un año antes de la caída del muro de Berlín, que “existen caricaturas sobre los comunistas, pero no todo es caricatura. Aquella frase de ‘llueve en Moscú y los comunistas chilenos abren los paraguas en Santiago’, tenemos que admitir que es una figura adecuada. Nunca nuestro partido tuvo política internacional propia y definida, sino que dependía de lo que dijera el buró político del PC soviético”.

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Mauricio Rojas, ex militante del MIR, académico y autor de “El libro negro del comunismo chileno”, aseguró que “los comunistas chilenos no solo orientaron sus políticas de acuerdo a los linchamientos soviéticos, sino que se hicieron cómplices entusiastas y apologistas fervientes de todos los crímenes cometidos bajo la dictadura comunista soviética, desde la toma del poder por Lenin en 1917 hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991″.

Rojas agregó que “la lista de complicidades es larga y va desde las matanzas impulsadas por el mismo Lenin hasta la invasión de Afganistán en los años 80′ del siglo recién pasado. Esta larga lista incluye de manera destacada el terrorismo de Estado ejercido por Stalin durante casi tres décadas, que dejó millones de víctimas, entre las cuales se cuentan miles de comunistas disidentes o simplemente sindicados como tales por la paranoia criminal de Stalin”.

La dictadura comunista de Josep Stalin mató de hambre a cuatro millones de ucranianos durante el proceso de colectivización forzosa de la tierra.

La dictadura comunista de Josep Stalin mató de hambre a cuatro millones de ucranianos durante el proceso de colectivización forzosa de la tierra.

Rojas añadió que “también se incluyen, entre muchos otros casos, el apoyo del Partido Comunista de Chile al pacto de la vergüenza entre la Unión Soviética y la Alemania nazi y a las ‘invasiones fraternales’ de Hungría y Checoslovaquia (con el brutal aplastamiento de la Primavera de Praga) por las tropas soviéticas, así como la solidaridad con el golpe militar del general Jaruzelski en Polonia y con las dictaduras prosoviéticas del este de Europa”.

Según el mismo Rojas, “esta política de complicidad con las ‘dictaduras amigas’ se ha mantenido incluso después de la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, como en los casos de Cuba y Venezuela. Por todo ello es que resulta tan chocante leer declaraciones como las formuladas recientemente por el actual secretario general del partido, Lautaro Carmona, afirmando que desde su fundación en 1912 ‘la política del Partido Comunista se consagra en la lucha por las causas democráticas más nobles y libertarias’ (El Siglo, 4.6.2020). Nada podría estar más lejos de la verdad”.

El historiador italiano Carmelo Furci, en su obra “El Partido Comunista de Chile y la vía chilena al socialismo”, comentó que “desde comienzos de los años 50′, luego que el Partido expulsara al grupo de Reinoso, que pregonaba la lucha armada, el PCCh propuso la vía pacífica como la mejor manera de obtener el socialismo en Chile. Este tema fue debatido regularmente con los socialistas, partido que incorporó la lucha armada a su línea oficial en el Congreso de Chillán de 1967″.

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Furci agregó que “la derrota de la Unidad Popular cambió esta cuestión completamente. El fracaso de la vía pacífica fue una seria caída de toda la estrategia política del Partido Comunista de Chile. Aunque haya probado que era posible llegar al poder mediante elecciones, también probó que si el gobierno mismo va a llevar a cabo un programa revolucionario– como el de la Unidad Popular –entonces se hace necesario algún tipo de defensa armada, y esto no sólo mediante el alineamiento de masas, sino también, capturando a sectores de las FF.AA. a su estrategia. La vía pacífica mostró ser viable sólo hasta cierto punto. Cuando la polarización de clases y el conflicto político se volvieron urgentes, la Vía Chilena al Socialismo no tenía manera de defenderse a sí misma. Analizando el cambio de estrategia del PCCh en 1980 (en otras palabras, la incorporación de la lucha armada para derrotar al régimen militar) consideramos que, precisamente, fue la constatación de la derrota de la vía pacífica, una de las razones que llevaron a dicho cambio”.

En efecto, a principios de los años 80′, la Dirección del Partido Comunista de Chile decidió asumir y materializar la consigna de utilizar “todas las formas de lucha contra la dictadura”, incorporando la resistencia armada –mediante protestas populares y ataques terroristas- frente al gobierno militar, fundando a su famoso e implacable brazo armado, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).

 

Tras el fracaso total de esta estrategia de insurrección popular, los comunistas participarían a regañadientes en el histórico plebiscito de 1988, cuyo resultado significó el fin del gobierno militar del general Augusto Pinochet y la convocatoria a elecciones libres en 1989.

Durante los últimos años de la década de los 80′ e inicios de los 90′, un grupo de dirigentes del PCCh y de las Juventudes Comunistas contrarios a la línea política dura del Partido, como Luis Guastavino, Fanny Pollarolo, Gonzalo Rovira, Jorge Insunza, Luis Godoy Gómez, Antonio Leal y Alejandro Toro Herrera, renunciarían a la colectividad y fundarían el Partido Democrático de Izquierda (PDI), integrándose posteriormente a las filas del Partido Socialista y al PPD (Partido por la Democracia).

Según confesaría el dirigente comunista Luis Guastavino, “frases como ‘la religión es el opio de los pueblos’ son lo que yo llamo lecturas petrificadas de Karl Marx. Esa es una frase que tiene mucho de contingencia coyuntural de su época y nosotros, los marxistas del mundo, en general, sacralizamos íntegramente todo lo que escribieron Marx, Engels o Lenin y se levantó entre nosotros una concepción errada…hasta cambiamos la semántica. Al termino revisionista, que es una concepción extraordinariamente rica, le dimos el valor semántico de traidor”.

Luis Guastavino, histórico dirigente del Partido Comunista de Chile (foto: Archivo Fortín Mapocho).

Luis Guastavino, histórico dirigente del Partido Comunista de Chile (foto: Archivo Fortín Mapocho).

Guastavino agregó que “se hizo una lectura dogmática del marxismo. El problema está en que la práctica con que se llevó a cabo el marxismo es una práctica perversa y que la podemos resumir con lo que se llamó el estalinismo. Una mentalidad que aplicó conceptos dogmáticos como el partido único y otras aberraciones que se conocen”.

Luis Guastavino, quien tuvo serias discrepancias con la directiva del Partido Comunista que por entonces lideraba el dirigente Volodia Teitelboim, quienes lo acusaron de querer terminar con el carácter revolucionario del partido, concluyó que “hoy lo único revolucionario es entender que la clásica revolución socialista de clase contra clase no tiene viabilidad alguna en Chile. Ya no creo en la hegemonía de una clase y menos en la dictadura del proletariado, ni hoy ni mañana ni nunca más en el futuro. Es algo que quedó sepultado absolutamente. Es algo que nunca vivió ni debió haberse planteado. Es un error de Carlos Marx. La dictadura del proletariado no se produce jamás. No existe, no puede existir. Imagínese, el proletariado debía ser estructurado políticamente en un partido y ese partido, representante del proletariado, era el que ejercía el poder en nombre del proletariado…No, eso se vino al suelo porque resultó la dictadura burocrática de un partido, centralizada y autoritaria”.

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En 1991 el Partido Comunista de Chile viviría un golpe durísimo, tras la caída, como verdaderas fichas de dominó, del Muro de Berlín y los regímenes socialistas en Europa.

“El ‘socialismo real’, como eufemísticamente se llamaba a las dictaduras totalitarias del este de Europa, se derrumbó. Lo que por doquier se vivió como una liberación fue para los comunistas chilenos un verdadero ‘fin de mundo’: de pronto, y sin haberlo podido imaginar, se habían quedado sin su querida ‘valla de protección antifascista’, como en jerga comunista se denominaba al Muro de Berlín (‘Antifaschistischer Schutzwall” era su nombre oficial), y, peor aún, sin ‘Casa’ ni faro iluminador, ya que tanto la Unión Soviética como el PCUS pasarían a ser historia el año 1991″, comentaría el académico Mauricio Rojas.

La caída del Muro de Berlín en 1991 marcó el derrumbe de los regímenes comunistas en Europa.

La caída del Muro de Berlín en 1991 marcó el derrumbe de los regímenes comunistas en Europa.

Desde las elecciones de 1990, el Partido Comunista de Chile se incorporaría a la lucha electoral, como una forma más de concretar sus objetivos políticos, aunque al finalizar el siglo XX, su marginación de las alianzas de gobierno y el derrumbe de la Unión Soviética le restarían protagonismo y electorado.

De ese modo, terminó participando en todas las elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales entre 1990 hasta 2013 de manera semi solitaria, siempre llamando a votar al final por los presidentes de la centro izquierda (Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet) como una suerte de “mal menor” frente a los candidatos presidenciales de la Derecha.

En el año 2013 el PCCh volvería al gobierno durante el segundo mandato de la Presidenta Michelle Bachelet, con dos ministros de Estado, advirtiendo eso sí que iban a estar “con un pie en el gobierno y con otro pie en la calle”. Durante el segundo gobierno del Presidente Sebastián Piñera, tras el “estallido social” de octubre del 2019, el timonel de la colectividad de la hoz y el martillo pidió de inmediato la renuncia del mandatario, mientras otros personeros comunistas justificaban la violencia en las calles –con saqueos y quema de estaciones del Metro e iglesias incluidos-, asegurando que eran muestras absolutamente legítimas del descontento del pueblo.

Quema de una histórica iglesia ubicada en el centro de Santiago, durante el "estallido social" del 2019.

Quema de una histórica iglesia ubicada en el centro de Santiago, durante el “estallido social” del 2019.

Simultáneamente, mientras el PCCh reivindicaba el llamado “octubrismo” y el uso de la violencia como un legítimo instrumento de acción política, algunos de sus dirigentes manifestaban su total solidaridad con los gobiernos de Corea del Norte, Cuba, Nicaragua y Venezuela, sindicados en el ámbito internacional como verdaderas dictaduras de izquierda.

Respecto de si el Partido Comunista de Chile es realmente un partido democrático o no, hay opiniones ciertamente contrapuestas, aunque el lector debe sacar sus propias conclusiones a la luz del remanente de la historia.

Francisco Vidal, ex ministro del gobierno de Michelle Bachelet, opinó por ejemplo que “el Partido Comunista a lo largo de su historia ha tenido una tradición democrática y participó lealmente en el segundo gobierno de la presidenta Bachelet”, mientras que la militante comunista Izkia Sitches, ex presidenta del Colegio Médico, aseguró que “los comunistas no venimos a quemar el país, sino queremos que le vaya bien”.

Las diputadas comunistas Karol Cariola y Camila Vallejo son parte de los nuevos cuadros del Partido Comunista de Chile.

Las diputadas comunistas Karol Cariola y Camila Vallejo son parte de los nuevos cuadros del Partido Comunista de Chile.

La historiadora Lucía Santa Cruz, por el contrario, comentó que “tengo un santo respeto por el Partido Comunista, un partido disciplinado, organizado, con claridad absoluta de sus objetivos y una gama inmensa de medios que van desde la vía electoral, si conviene, a la armada. La diputada Camila Vallejo ha dicho que la vía armada siempre es una alternativa. El Partido Comunista ha crecido en los votos y controla la mayoría de las organizaciones sociales como el Colegio de Periodistas, que apoya una candidatura de izquierda (Gabriel Boric) que propone controlar a los medios de comunicación, la CUT y el Colegio de Profesores, que a través de la Mesa Nacional de Unidad estuvieron muy detrás del octubrismo”.

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Santa Cruz agregó que “no me identifico con quienes temen ser clasificados como anticomunistas. Lo soy. Y exactamente por las mismas razones por la cuales el nazismo me parece una doctrina aberrante. Ambos son igualmente totalitarios, comparten como dogma esencial la idea de una dictadura: racial en un caso, de clase en el otro; quieren destruir -y así lo han hecho siempre allí donde han triunfado- lo que ha sido los mayores procesos civilizatorios en la historia de la humanidad, que son el imperio de la ley, la democracia y el respeto a los derechos humanos de todos. Y todo ello a un costo estimado de entre 80 y 100 millones de vidas humanas, por hambre, guerras civiles o asesinatos, incluidas las purgas entre sus propios militantes. Por eso, es difícil entender que en el pasado haya habido partidos democráticos dispuestos a entrar en alianzas y pactos electorales con el PC chileno”.

El ex Presidente de la República Ricardo Lagos, finalmente, en unas recientes declaraciones concedidas al diario español El País, comentó que “el Partido Comunista ha definido una línea política que, a mi juicio, no es lo que uno entiende por un conjunto de principios democráticos”.

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