Pegaso: El mito del caballo alado que nació de la sangre de la Medusa

Dos héroes griegos montaron al equino alado para destruir a la Quimera y al monstruo marino Cetus.

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Uno de los animales más conocidos y fabulosos de la mitología griega es Pegaso, el caballo alado de los dioses que según la leyenda nació de la sangre derramada por la horripilante Medusa (una de las tres hermanas Gorgonas que con su mirada podía convertir a cualquiera en piedra), cuando el héroe Perseo, hijo de Zeus y de la mortal Dánae, le cortó la cabeza con su espada.
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Según el mito heleno, Pegaso fue el primer caballo que llegó a estar entre las divinidades del Olimpo y estaba provisto de dos alas que le permitían volar. Tal como mostraba la película “Furia de Titanes” (1981), una característica de su vuelo es que cuando volaba, movía sus patas como si en realidad estuviera corriendo por el aire. Y si bien esta misma cinta mostraba a Perseo domando y montando a Pegaso, las fuentes clásicas relatan que el héroe griego también volaba gracias a las sandalias aladas que le había obsequiado el dios Hermes.

El mito griego relata que, tras decapitar a la Medusa, Perseo guardó su cabeza en un zurrón y se montó en Pegaso para emprender el regreso a Argos, su patria, haciendo un alto en los dominios del rey Atlas, que lo recibió con hospitalidad y sorpresa por el caballo volador.

Posteriormente, montado en el lomo de Pegaso y usando la cabeza cortada de la Medusa, Perseo desde el aire convirtió en piedra al monstruo marino Cetus, rescatando a la princesa Andrómeda que se encontraba encadenada a unas rocas, casándose con ella. Posteriormente, Pegaso se transformó en el caballo de Zeus, quien lo llevó al Monte Olimpo y mandó construir para él un establo al lado de la bodega de los rayos.

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Pegaso, aparte de Perseo, aparece relacionado fundamentalmente con el héroe griego Belerofonte, quien a lomos del equino alado logró dar muerte con su lanza a la espantosa Quimera, una criatura terrorífica con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente que escupía fuego por las fauces y asolaba los territorios de Licia.

Gracias al corcel alado, Belerofonte también consiguió vencer a las Amazonas, mujeres guerreras que eran enconadas antagonistas de los griegos.
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Belerofonte en la mitología griega encarna el defecto de la excesiva ambición, pues después de domar a Pegaso y vencer a la Quimera y a las Amazonas, obligó al caballo alado a llevarlo al Monte Olimpo para convertirse en un dios. Sin embargo, Zeus, indignado por su atrevimiento, envió a un insignificante mosquito para que picara el lomo de Pegaso, lo que le hizo encabritar, precipitando al vacío al orgulloso Belerofonte sin matarlo. El héroe quedó lisiado y condenado a vagar apartado del resto del mundo durante toda su vida.
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Posteriormente, Pegaso volvería a su vuelo en solitario, ahora al servicio de Zeus, padre de todos los dioses, que hizo de él su mensajero portador del rayo hasta que al final de su vida lo transformó en una brillante constelación que todavía permanece en el cielo.

De todas las criaturas fantásticas de la mitología griega, Pegaso es uno de los más célebres. Aparece mencionado en la “Teogonía” de Hesíodo, que sugiere que el nombre de Pegaso deriva de la palabra en griego antiguo para agua, pēgē, porque Belerofonte encontró al caballo alado en la fuente Pirene, cerca de Corinto.

Ovidio también habla del nacimiento del caballo alado en “Las Metamorfosis”, mientras que el poeta griego Píndaro habla de cómo Belerofonte captura y doma a Pegaso en el siglo vi a. C.

Píndaro, en sus Olímpicas (XIII), relata que “Belerofonte ardía de deseos de domar a Pegaso que debía su existencia a una de las Gorgonas, con el pelo erizado de serpientes; pero los esfuerzos de Belerofonte fueron en vano hasta que la casta Palas le trajo una brida enriquecida con riendas de oro…Ebrio de alegría, el intrépido Belerofonte se apodera del caballo alado: como una pócima calmante, la brida que le pone en la boca modera su impetuoso ardor; luego, saltando sobre su lomo, Belerofonte, ataviado con sus armas, lo adiestra para la batalla. Pronto, transportado con él al vacío del aire bajo un cielo helado, arrolla a las Amazonas, diestro en el arte del tiro con arco, mata a la Quimera que vomitaba llamas y vence a los sólimos. No hablaré de la muerte de Belerofonte: sólo diré que Pegaso fue recibido en los establos del inmortal rey del Olimpo”.
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A Pegaso se le atribuye la creación de una serie de manantiales en Grecia con una pisada de su pezuña. Los más famosos eran el manantial Hipocrene en el monte Helicón, en Beocia, cerca de la arboleda sagrada de las musas, y el manantial en Trecén, en el Peloponeso.

El mito de Belerofonte y Pegaso se convertiría en un tema popular en el arte romano, donde el caballo alado se convirtió en símbolo de la inmortalidad. En el siglo de Oro español, el escritor Miguel de Cervantes se basaría en el mito de Pegaso cuando relata como don Quijote monta a un supuesto caballo volador -que en realidad era un caballo de madera- llamado Clavileño El Alígero: “No es como el caballo de Belerofonte, que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro llamado Bucéfalo; ni como el del furioso Orlando cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalbán…Porque se llama Clavileño El Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño y con la clavija que trae en la frente y con la ligereza con que camina”.

Hoy, el mito de Pegaso, el caballo alado de los dioses que nació de la sangre de la Medusa, simboliza la inmortalidad, la imaginación y la libertad sin límites y todavía se mantiene vivo como inspiración literaria y poética. El poeta Rubén Darío, en unos versos, escribió: “No se concibe a Alejandro sin Bucéfalo; / al Cid sin Babieca; / ni puede haber Santiago en pie, / Quijote sin Rocinante / ni poeta sin Pegaso”.

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