Pobreza, soledad y hambre: Así fueron los días de juventud de Adolf Hitler en Viena

Antes de convertirse en Canciller de Alemania en 1933, el futuro Führer conoció en la capital de Austria la miseria y las privaciones.

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La figura de Adolf Hitler, uno de los personajes más odiados y controvertidos de la historia de la humanidad, marcó un antes y un después en el devenir del siglo XX . Sin embargo, pocos saben que este demagogo de cervecería que combatió como cabo en la Primera Guerra Mundial, fundó el partido Nacional Socialista y terminó por convertirse en Canciller de Alemania, en su juventud fue un indigente que malvivió y pasó hambre en Viena mientras soñaba con convertirse en un gran artista.
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El historiador inglés Ian Kershaw, autor de “Hitler, la biografía definitiva”, la obra más completa que alguna vez se haya escrito sobre la vida del lider nazi, relató que la adolescencia de Adolf fue, como él mismo observó en su obra “Mi lucha”, “muy dolorosa”. Después de asistir a la escuela de Linz y el comienzo del conflicto soterrado con su padre, Alois Hitler, se inició una importante etapa informativa en el desarrollo de su carácter, pues el otrora muchacho feliz y alegre de los tiempos de la escuela primaria se convirtió en un adolescente perezoso, resentido, rebelde y huraño.

“En esos dos años Adolf llevó una vida de parasitaria ociosidad. Su madre, que lo adoraba, le daba dinero, lo mantenía, lo cuidaba y lo mimaba, y tenía su propia habitación en el confortable piso de Humboldtstrabe, en Linz, al que la familia se había mudado en junio de 1905. Su madre, su tía Johanna y su hermana pequeña, Paula, estaban allí para atender todas sus necesidades, para lavar la ropa, limpiar y cocinar para él. Su madre incluso le compró un piano de cola y recibió clases durante cuatro meses, entre octubre de 1906 y enero de 1907. Durante el día pasaba el tiempo dibujando, pintando, leyendo o escribiendo “poesía” y reservaba las noches para ir al teatro o la ópera.; y soñaba y fantaseaba a todas horas sobre el futuro que le esperaba como un gran artista. Se quedaba despierto a altas horas de la madrugada y se levantaba muy tarde por las mañanas. No tenía ningún objetivo concreto en perspectiva. Su estilo de vida indolente, la desmesura de sus fantasías y su falta de disciplina para el trabajo sistemático (todas ellas características del Hitler posterior) son evidentes ya en aquellos dos años en Linz. No es extraño que Hitler llegara a describir aquella época como “los días más felices, que se me antojaban casi un sueño maravilloso”.

Adolf Hitler en su niñez.

Adolf Hitler en su niñez.

Ian Kershaw agrega que por esa época, acompañado siempre de su mejor amigo, August Kubizek ( “Gustl”, hijo de un tapicero de Linz), Hitler solía ir ataviado con sus mejores galas al teatro o a la ópera. Allí se apasionó por las obras de Wagner, lo que lo llevó a pensar que él también podría convertirse en un genio del arte. “Aquel mundo imaginario también incluía el encaprichamiento de Adolf con una chica que ni siquiera sabía que él existía. Stephanie, una elegante y joven dama de Linz a la que podía ver paseando del brazo de su madre y a la que de vez en cuando saludaba algunos de los admiradores que tenía entre los jóvenes oficiales, era para Hitler un ideal al que había admirar de lejos y no acercarse en persona, un personaje de su fantasía que esperaría al gran artista hasta que llegara el momento adecuado para su matrimonio y, a partir de entonces, ambos vivirían en la magnífica villa que él diseñaría para ella”.

Kershaw relata que cuando llegó el verano de 1907, Adolf Hitler tenía 18 años, pero aún a esa edad no había trabajado ni un solo día de su vida para ganarse el pan y seguía llevando una vida de zángano sin ninguna perspectiva profesional.

“A pesar del consejo de algunos familiares de que ya era hora de que buscara un trabajo, Hitler convenció a su madre, que ya estaba enferma de cáncer de mama, para que le dejara regresar a Viena, esta vez con la intención de ingresar a la Academia de Artes, donde reprobaría el examen de admisión: “Prueba de dibujo insatisfactoria. Pocas cabezas”, fue el veredicto. Su intento fallido de ingresar en la academia y la muerte de su madre, dos hechos que se produjeron en menos de cuatro meses a finales de 1907, supusieron un doble golpe demoledor para el joven Hitler. Su sueño de convertirse en un gran artista y alcanzar la fama sin esfuerzo había sufrido un duro revés, y había perdido a la única persona de la que dependía emocionalmente, ambas cosas casi al mismo tiempo”.

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El historiador inglés detalla que en ese momento se produjo un hecho crucial en la vida de Adolf Hitler, y que ayudaría a fomentar y consolidar sus futuros prejuicios y fobias: pasó de vivir del acogedor provincianismo de Linz y se trasladó al crisol político y social de Viena, capital del Imperio Austro húngaro. Cuando llegó a Viena, Hitler no le contó a su familia que había sido rechazado en la academia de Bellas Artes, posiblemente porque su tutor en Linz, Josef Mayrhofer, le hubiera negado las 25 coronas mensuales que recibía como parte de su pensión de orfandad y se habría visto sometido a una presión aún mayor por buscar trabajo.

Kershaw relata que “con respecto a las mujeres durante su estadía en Viena, su amigo Kibizek creía que Hitler era totalmente misógino, sin mencionar que nunca conoció ninguna relación de Hitler durante los años de amistad en Linz y Viena. Cuando su círculo de conocidos se ponía a hablar de mujeres y sus experiencias sociales, lo mejor que Hitler podía ofrecer era una velada alusión a “Stephanie”, que había sido su primer amor, pero “ella nunca supo porque él nunca se lo dijo”. La impresión que tuvo Reinhold Hanisch, un conocido de aquella época, fue que “Hitler tenía muy poco respeto al sexo femenino, pero ideas muy rígidas sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Solía decir que los hombres, si quisieran, podían adoptar un estilo de vida estrictamente moral”…es probable que Hitler tuviera miedo a las mujeres, y seguramente a su sexualidad. Hitler describiría más tarde su propio ideal de mujer como “una cosita linda, adorable e ingenua, tierna, dulce y estúpida”. Su afirmación de que una mujer “prefiriría someterse a un hombre fuerte a dominar a un pelele”, muy bien podría haber sido una proyección compensatoria de sus propios complejos sexuales”.

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Kershaw agregó que “la mojigatería de Hitler, reforzada por los principios de Georg Ritter Von Schönerer, cuyo nacionalismo alemán y antisemitismo racial Hitler había admirado desde sus días en Linz, coincidía hasta cierto punto con los principios morales externos de la clase media de Viena en aquella época…Hitler evitaba el contacto con la mujeres y, durante sus visitas a la ópera, reaccionaba con fría indiferencia a los supuestos intentos de coquetear con él o de tomarle el pelo a las muchachas, que probablemente lo veían como una especie de bicho raro. Le repugnaba la homosexualidad. Se abstenía de masturbarse. La prostitución le horrorizaba, pero le fascinaba. La asociaba con las enfermedades venéreas, que le aterrorizaban”.

El historiador inglés precisa en su biografía que los recuerdos de Kubizek, que compartió habitación con Hitler hasta 1908, pese a todos sus errores, trazan una acertada semblanza del joven Hitler cuyos rasgos de carácter son reconocibles a posteriori en el jefe de partido y dictador posterior. “La indolencia de su estilo de vida, aunque acompañado de un entusiasmo y una energía frenéticos y totalmente volcados en sus fantasía, el diletantismo, la falta de realismo y de sentido de la proporción, el autodidactismo dogmático, el egocentrismo, la extravagante intolerancia, los repentinos estadillos de ira y los arrebatos de cólera, las maliciosas invectivas lanzadas contra cualquier persona y cosa que impidiera el ascenso del gran artista, todo esto ya se puede apreciar en el Hitler de 19 años retratado por Kubizek. Su fracaso en Viena había transformado a Hitler en un joven colérico y frustrado, cada vez más enfrentado con el mundo que le rodeaba”.

Pobreza y hambre en Viena

Después de haber agotado todos sus ahorros, Adolf Hitler se vio obligado a abandonar su habitación en Felberstrabe a mediados de agosto de 1909 y mudarse a un alojamiento mucho más sórdido. Durante los meses siguientes Hitler aprendió lo que era la pobreza. Su recuerdo posterior de que el otoño de 1909 había sido un período “infinitamente amargo” no era una exageración. Todos sus ahorros se habían esfumado…Durante el húmedo y frío otoño de 1909 tuvo una vida llena de penalidades, durmiendo a la intemperie cuando el tiempo lo permitía y probablemente en alojamientos baratos cuando las circunstancias lo obligaban a guarecerse bajo techo.

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Ian Kershaw relata que “Hitler había tocado fondo. En algún momento en las semanas posteriores a la Navidad de 1909, flaco y desaliñado, con la ropa sucia e infestada de piojos, y los pies llagados de tanto andar, Hitler se sumó a la caterva de excluidos que acudían al hogar de los sin techo recién fundado en Meidling, no lejos del palacio de Schönbrunn. El declive social del pequeño burgués tan temeroso de formar parte del proletariado era total. El aspirante a genio artístico de 20 años se había unido a los vagabundos, los borrachos y los indigentes del escalafón más bajo de la sociedad”.

Kershaw agrega que “en ese hogar, un centro de alojamiento nocturno que sólo ofrecía alojamiento por un corto período de tiempo, proporcionaba un baño y una ducha, la desinfección de la ropa y un poco de ropa y pan, y una habitación, Hitler conoció a Reinhold Hanisch, un sujeto que decía ser dibujante pero que tenía varios antecedentes penales por delitos menores y que había recorrido casi toda Alemania con empleos episódicos. Hanisch cuenta que Hitler por ese entonces tenía un aspecto lamentable y estaba deprimido e iba por las mañanas con otros indigentes hasta un convento cercano donde las monjas repartían un poco de sopa. Hanisch intentó trabajar con Hitler quitando nieve, pero, al no tener un abrigo, Hitler no estaba en condiciones de aguantar mucho tiempo. También intentó llevar las maletas a los pasajeros de la Westbahnhof, pero lo más probable es que con su aspecto no consiguiera muchos clientes. Finalmente, al enterarse de que Hitler sabía pintar, Hanisch le sugirió que pintara escenas de Viena que él se encargaría de vender, y después se repartirían las ganancias. De ese modo, Hanisch se encargaba de vender por las tabernas los cuadros de Hitler, normalmente de tamaño postal. También encontró compradores entre los fabricantes de marcos y los tapiceros, que así podían utilizar aquellas ilustraciones baratas. La mayoría de los comerciantes con los que mantenía una relación buena y regular eran judíos. Hitler siempre copiaba sus cuadros a otros, a veces después de visitar museos o galerías de arte para buscar los temas adecuados. Era perezoso y Hanish tenía que estar encima de él, ya que podía vender los cuadros más rápido de lo que Hitler los pintaba. El ritmo normal de producción era de un cuadro al día y Hanisch calculaba que los vendía por unas cinco coronas, a repartir entre él y Hitler. De esta manera podían ganarse la vida modestamente”.

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Por esa época Hitler dejó el hogar para indigentes de Meidling y se mudó a un albergue para hombres, donde se hospedaban unos 500 huéspedes, entre los que se contaban oficinistas, académicos y funcionarios jubilados. Por un precio de 50 heller por noche, los huéspedes tenían sus propios cubículos, que debían desocupar durante el día, pero que podían conservar de manera más o menos indefinida. La mayoría de los huéspedes estaba fuera durante el día, pero un grupo de unos 15 o 20, en su mayoría de clase media o baja y a los que se consideraba la intelectualidad, solían reunirse en una sala más pequeña, conocida como la “sala de trabajo” o “sala de escritura”, para realizar allí algunos trabajillos: pintar anuncios, escribir direcciones y demás tareas similares. Allí es donde Hanisch y Hitler establecieron su centro de operaciones.

Kershaw explica que “la política era un tema de conversación frecuente en la sala de lectura del albergue y los ánimos se caldeaban con facilidad. Hitler participaba muy activamente. Sus virulentos ataques contra los socialdemócratas creaban problemas con algunos de los huéspedes. Aunque su vida se había estabilizado mientras estuvo en el albergue para hombres, parece ser que durante el tiempo que estuvo vendiendo cuadros siguió sin asentarse”.

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El historiador agregó que “Karl Konisch conoció a Hitler en 1913 y lo describió como un hombre poco corpulento, desnutrido, con las mejillas hundidas, el pelo oscuro raído sobre la cara y la ropa raída. Hitler rara vez se ausentaba del albergue y se sentaba todos los días en el mismo rincón de la sala de escritura, cerca de la ventana, para dibujar y pintar en una larga mesa de roble. Todos sabían que aquel era su sitio y los demás huéspedes enseguida le recordaban a cualquier recién llegado que “ese lugar está ocupado. Ahí se sienta Herr Hitler”. Los que frecuentaban la sala de escritura consideraban a Hitler un tipo algo raro, un artista. Él mismo escribió más tarde: “Creo que los me conocieron en aquellos días me tomaron por un excéntrico”. Pero, aparte de su talento pictórico, nadie pensaba que tuviera un don especial”.

Kershaw añadió que Honisch señalaba que, aunque estaba bien considerado, “Hitler tenía la costumbre de mantener las distancias con los demás y no “dejar que nadie se le acercara demasiado”. Podía ensimismarse, absorto en un libro o en sus propios pensamientos. Pero se sabía que tenía un temperamento irascible y que podía estallar en cualquier momento, sobre todo durante los frecuentes debates políticos que entablaban. Todos tenían claro que las ideas de Hitler sobre política eran firmes. Normalmente se quedaba en silencio cuando se iniciaba una discusión, y hacía algún comentario de vez en cuando sin dejar de dibujar. Sin embargo, cuando decían algo que le resultaba ofensivo, se levantaba furioso de la silla, arrojaba violentamente el pincel o lápiz sobre la mesa y se hacía oír de una manera acalorada y enérgica antes de, en ocasiones, quedarse callado en medio de la frase y, con un gesto de resignación por la incomprensión de sus compañeros, volver a retomar el dibujo. Había dos temas en especial que desataban su agresividad: los jesuitas y los “rojos”. Nadie mencionó ninguna invectiva contra los judíos”.

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Con respecto al antisemitismo que caracterizaría su vida política posterior, los historiadores no saben a ciencia cierta cuando Hitler se convirtió en un antisemita maniático y obsesivo. No obstante, el propio Hitler afirma que se volvió antisemita en los dos primeros años de su estancia en Viena y menciona un episodio concreto que le abriría los ojos a la “cuestión judía”: “En una ocasión, mientras paseaba por el centro de la ciudad, me encontré de pronto con una aparición, un hombre vestido con un caftán negro y tirabuzones negros. ¿Es esto un judío? Fue mi primer pensamiento. Porque, sin duda, en Linz no tenían ese aspecto. Observé a aquel hombre furtivamente y con cautela, pero cuanto más contemplaba su rostro extranjero, escudriñando cada rasgo, mas adoptaba mi primera pregunta una nueva forma: ¿Es esto un alemán?”. Según Hitler, después de aquel encuentro empezó a comprar panfletos antisemitas. Ahora podía ver que los judíos “no eran alemanes de una religión especial, sino que un pueblo en sí mismo”. Viena cobraba un aspecto diferente. “Empecé a ver judíos dondequiera que iba, y cuanto más veía, más claramente se diferenciaban a mis ojos del resto de la humanidad”.

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El 24 de mayo de 1913, Hitler, cargado con una ligera maleta negra que contenía todas sus pertenencias, con mejores ropas que el raído traje que solía usar y acompañado de Rudolf Häusler, un joven dependiente, míope, desempleado y cuatro años más joven que él, al que había conocido hacía poco más de tres meses en el albergue para hombres, se despidió de sus huéspedes habituales de la sala de escritura, que les habían acompañado un breve trecho, y partió hacia Munich.

Ian Kershaw concluye que “la etapa vienesa había terminado. Había dejado una huella indeleble en la personalidad de Hitler y en su “repertorio básico de opiniones personales”. Pero estas “opiniones personales aún no habían cuajado en una ideología o en una “visión del mundo completa”. Para que eso sucediera, tendría que pasar por una escuela aún más dura que Viena: la guerra y la derrota. Y fueron las circunstancias únicas que generaron esa guerra y esa derrota las que hicieron posible que un marginado austríaco pudiera despertar interés en un país diferente, entre la gente de su país de adopción”.

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