¿Por qué los españoles no pudieron vencer a los mapuches en la Guerra de Arauco?

Tras conquistar con facilidad el imperio inca y azteca, se encontraron en el sur de Chile con un indómito pueblo al que jamás pudieron sojuzgar.

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En el siglo XVI, los españoles eran considerados los mejores soldados del mundo y los temidos tercios, las unidades militares de la casa de los Austria, la mejor infantería de Europa. Por ello, no extrañó que a poco de comenzar la conquista de América, se adueñaran con relativa facilidad y en muy poco tiempo los imperios inca y azteca, considerados las mayores organizaciones sociopolíticas que existían en la América Precolombina.

Fundacion_de_Santiago

Sin embargo, en su incontenible avance por el continente americano, tras llegar a la futura Capitanía General de Chile, en el sur de nuestro país, donde el paisaje estaba compuesto por tupidos y helados bosques, ríos torrentosos, cristalinos lagos y volcanes en lontananza, los españoles se encontraron con un indómito y belicoso pueblo que no tenía grandes ciudades, que vivía en tribus dispersas y cuyo principal característica era profesar una innata voluntad guerrera, gatillada por el amor a la libertad y la tierra que los había visto nacer: los mapuches o araucanos.

Lautaro

En 1536, el mismo año en que el conquistador español Diego de Almagro descubrió Chile, se produciría la batalla de Reinohuelén, considerada como el inicio de la Guerra de Arauco, después que el mismo Almagro enviara una expedición al sur con la misión de explorar el país hasta el estrecho de Magallanes, al mando de Gómez de Alvarado.

“Gómez de Alvarado penetró hasta el sur sin encontrar resistencia, mas al llegar a la confluencia de los ríos Ñuble con el Itata se encontró con un cuerpo numeroso y bien organizado de guerreros. Dispuestas sus fuerzas, los indios atacaron desplegándose en línea de batalla en campo descubierto. La pelea no se definía. Los indios se lanzaban al combate en grandes masas que los españoles clareaban. Por fin cedieron, desorientados por los caballos, las corazas y las armas de acero, dejando en el campo muchos muertos y un centenar de prisioneros. Se había trabado la batalla de Reinohuelén, en el que se midieron por primera vez araucanos y españoles”, cuentan los historiadores Francisco Antonio Encina y Leopoldo Castedo en su “Historia de Chile”.

Batalla_entre_Mapuches_Españoles

Pedro de Valdivia, el conquistador extremeño que llegaría a Chile en 1540, fundando al año siguiente la ciudad de Santiago, se dirigiría con sus huestes al sur y traspuso las aguas del caudaloso río Itata, cruzándolo y llegando “a dónde no había llegado ningún español”.

En Andalién, donde se fundaría la ciudad de Concepción, Valdivia, que era militar de profesión, tendría su primer encuentro cara a a cara con los araucanos: “La segunda noche vinieron, pasado la media della, sobre nosotros tres escuadrones de indios, que pasaban de 10 mil, con un tan grande alarido e ímpetu que parecía hundirse la tierra y comenzaron a pelear con nosotros tan reciamente, que a treinta años que peleo con diversas naciones de gente e nunca tal tesón he visto en el pelear como éstos tuvieron contra nosotros”, recordaría el conquistador español.

Sin embargo, pensando erróneamente que los mapuches eran un pueblo como el resto de los indígenas precolombinos de América, al que los españoles terminarían venciendo con facilidad, Pedro de Valdivia dispuso la fundación de varias ciudades y fuertes en el sur del país, confiando también en la superioridad europea de sus armas de fuego y acero.

Soldado español

Por entonces, los españoles usaban como arma de fuego el arcabuz, aunque el arma ofensiva por excelencia eran las picas, símbolos de los tercios en los campos europeos de Flandes, lanzas de 3 metros de largo, de madera de fresno, rematadas en punta de acero de tres o cuatro filos, que eran usadas por los jinetes a modo de bayoneta.

El arma favorita del infante español, no obstante, era la espada de acero, que también empleaba el jinete. El soldado de a pie resguardaba su pecho y espalda con una coraza, mientras que el de a caballo usaba una coraza completa que lo cubría de pies a cabeza. Los capitanes y algunos soldados ricos usaban cota de malla, en tanto los escudos y adargas de cuero, que se sostenían con el brazo izquierdo, contrarrestaban los ataques enemigos. Tales defensas, por descontado, hacían casi invulnerable al soldado español contra las flecha, hondas, lanzas y picas de los mapuches y amortiguaban los golpes de mazas y macanas.

Conquistadores españoles

Pedro de Valdivia, durante sus campañas militares en el sur del país, había tomado como prisionero a un vivaz e inteligente mapuche de 12 años, de linaje noble, hijo del cacique Curiñancu, llamado Leftraru, a quien los españoles pronto bautizarían Felipe Lautaro y que se transformaría en paje personal del conquistador español. Lautaro pronto se convertiría en un buen jinete y conocería de primera mano las estrategias y tácticas militares de los españoles, a quienes comenzaría a detestar, especialmente después de la batalla de Andalién, cuando Pedro de Valdivia mandó amputar la nariz y la mano derecha a los sobrevivientes mapuches en señal de escarmiento.

Unos pocos años después de ser capturado, cuando tenía unos 18 años, Lautaro finalmente se fugaría del campamento español y regresaría con su pueblo, dispuesto a enseñarles todo lo que había aprendido.

Encina y Castedo cuentan que “Lautaro era un mozo favorecido por una extraordinaria intuición guerrera, que, mientras desempeñaba funciones de caballerizo de Valdivia, había estudiado el punto débil de los españoles. Demostró a los mapuches que no sólo eran invulnerables, sino que, como todo mortal, se rendían a las fatigas y el cansancio. Más no se limitó a copiar sus métodos guerreros, sino que improvisó, con su genio creador y su poderosa imaginación, sistemas propios, adecuados al terreno y a las circunstancias, y supo dominar las mentes primitivas de los toquis, con un arrastre y una fuerza magnéticas sorprendentes”.

Lautaro.

Lautaro.

Encina y Castedo agregan que “el plan de Lautaro era sencillísimo. Clavar a Gómez de Almagro en el fuerte de Purén por medio de un ardid e impedir a Pedro de Valdivia la retirada, levantándole obstáculos insalvables: Derrotar a los españoles por el cansancio, oponiéndoles escuadrones sucesivos, que descansarían mientras otros de refresco no daban tregua al enemigo, y derribar los caballos a golpes de maza y de macana, prescindiendo casi de hondas y arcos”.

En Tucapel, el plan de Lautaro se cumpliría a la perfección. Los araucanos atacaron a los españoles en oleadas sucesivas de guerreros, desmontando a los jinetes a golpes de mazo. Cuando la mitad de los soldados de Pedro de Valdivia yacían muertos, el conquistador les preguntó a sus lugartenientes: “¿Caballeros qué hacemos?”, a lo que el capitán Altamirano le respondió: “¡Qué quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!”.

Captura del conquistador Pedro de Valdivia, quien después sería muerto de un mazazo en la nuca.

Captura del conquistador Pedro de Valdivia, quien después sería muerto de un mazazo en la nuca.

En efecto, la batalla fue feroz y ningún español sobrevivió. Pedro de Valdivia fue capturado cuando su caballo se empantanó en una ciénaga y murió de un mazazo en la nuca en el campamento araucano, aunque otras versiones sostienen que murió luego de sufrir atroces tormentos durante tres días, cuando le extrajeron a carne viva su corazón para que fuera devorado entre los victoriosos toquis.

Tras masacrar a los españoles dirigidos por Pedro de Valdivia en la batalla de Tucapel, Lautaro se apoderó de otros bastiones de los conquistadores en el sur y pronto reunió un ejército de 2.000 hombres para marchar sobre Santiago.

La situación para los españoles era crítica, y así lo entendió el conquistador Francisco de Villagra, que había sido recientemente nombrado Corregidor y Justicia Mayor de Chile. En 1557, en un audaz golpe de mano, a sabiendas por indios afectos que las fuerzas de Lautaro habían pasado una gran borrachera el día anterior, Villagra, junto a 57 de sus soldados y 400 indios auxiliares, al grito de “¡Santiago y cierra España, adelante!” sorprendieron a los araucanos en Peteroa y los vencieron después de cinco horas de batalla, matando en la larga refriega a Lautaro. “¡Aquí españoles que Lautaro es muerto!”, gritaron enfervorizados los soldados peninsulares, tras comprobar que por fin habían dado muerte al joven general mapuche.

Guerra de Arauco

Encina y Castedo comentan que “el peligro que entrañaba el genio militar de Lautaro había sido conjurado y los españoles creyeron que su muerte determinaba el fin de la resistencia mapuche: pero Lautaro no era un caudillo ocasional, sino el reflejo, iluminado por el genio, del alma de una raza. La lucha habría de prolongarse durante más de tres siglos”.

García Hurtado de Mendoza, el nuevo gobernador interino de Chile, decidió someter a los araucanos con el terror. El soldado y poeta Alonso de Ercilla, autor del célebre poema épico “La Araucana”, relataría que después de la batalla de Lagunillas, que finalizó sin vencedores ni vencidos, los españoles cometieron varias atrocidades contra los prisioneros, mutilándolos, para después dejarlos libres, de modo que sirvieran de escarmiento a sus compañeros.

Ercilla cantaría en su poema épico el brutal sacrifico y la conducta altiva de Galvarino, que con las dos manos amputadas, pidió a sus verdugos españoles que le dieran muerte, y al serle negada, se deshizo en insultos, partiendo de inmediato a reunirse con sus compañeros para incitarlos a la venganza.

El suplicio de Galvarino.

El suplicio de Galvarino.

Los mapuches, ahora dirigidos por nuevo toqui o general llamado Caupolicán, “un atlético mocetón de fuerzas hercúleas” que usaba una capa grana sujeta sobre los hombros que flameaba al viento, presentarían batalla en Millarapue. Entre los guerreros araucanos que encabezaban las primeras filas se encontraba el mutilado Galvarino, luciendo en los muñones de sus dos manos amputadas dos afilados cuchillos. Esa batalla duraría desde el amanecer hasta las dos de la tarde, con la total derrota de los mapuches.

El implacable gobernador García Hurtado de Mendoza hizo ahorcar a 30 caciques, entre ellos al mismo Galvarino. Se cuenta que otro cacique pidió que lo colgaran del árbol más alto, para que su martirio sirviera de ejemplo a los suyos de cómo había muerto en defensa de su suelo. Posteriormente, en Purén, debido a una traición del indio Andresico, sería capturado Caupolicán, el jefe mapuche. Reinoso, el jefe español en Tucapel, lo hizo empalar en una estaca aguzada que le atravesó las entrañas.

Muerte de Caupolicán.

Muerte de Caupolicán.

Sin embargo, pese a estos contratiempos, los mapuches seguirían luchando, aprenderían de sus derrotas y refinarían su innato talento guerrero. Tras la desastrosa derrota de los españoles a manos de los araucanos en la batalla del fuerte Lincoya (1563), donde perdieron la vida varios capitanes veteranos, los españoles llegaron a la triste conclusión de que si en la batalla de Andalién (1550) cada conquistador podía enfrentar a 100 indígenas, ahora apenas podía medirse con dos.

Los informes que los españoles enviaban a Europa, por cierto, darían cuenta de esta realidad. En 1664 Eguía escribía al rey diciendo que “los indios de esta tierra son la gente más bárbara, belicosa y de ánimo que jamás se ha visto, son altivos, soberbios e inclinados a la guerra y desde que nacen instruyen a sus hijos en el arte militar, haciéndolos diestros en las armas que han manejado”. El padre Olivares escribía por su parte que “saben bien desplegar, desfilar y doblar sus escuadrones cuando conviene, formarse en punta cuando quieren romper y en cuadros para estorbar que los rompan, simular la fuga cuando quieren sacar al enemigo de algún lugar fuerte”. También, en 1664, el padre Ponce de León escribió: “. . .han defendido su tierra y la defienden hasta morir queriendo esto más que retirarse de ella”.

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Encina y Castedo comentarían que “la guerra de Arauco, en las décadas siguientes, que se había caracterizado por los progresos mapuches en la táctica y en la estrategia, así como en la elaboración de nueva armas, va a tomar otro cariz, derivado del progreso político acumulado en las derrotas infligidas por don García. Ya no va a ser una concentración momentánea de tribus para librar una batalla, sino la expresión de la voluntad colectiva de un pueblo que lucha a muerte por su supervivencia con un objetivo lejano y permanente. Pierde el carácter tumultuoso, suicida, de los primeros tiempos, para evolucionar hacia la campaña sistemática que obliga al conquistador español a renunciar al dominio de Arauco y limitarse a defender la siempre amenazada frontera del Bio Bio”.

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Los historiadores añaden que “la contumaz brega con el mapuche diferenció esencialmente al pueblo chileno de los restantes conglomerados que se formaban en América. Desde la batalla de Reinohuelén (1536) hasta mediados del siglo XVII, se computaban cerca de 30 mil españoles muertos en Arauco, más de 60 mil indios auxiliares y cerca de 200 mil mapuches. Chile pronto fue llamado el ‘Flandes Indiano’ y un gobernante español afirmó que ‘la guerra en Arauco cuesta más que toda la conquista de América’. La selección en cuanto al espíritu belicoso de los españoles llegados a Chile, iniciada con los hombres de Pedro de Valdivia, se prolongó hasta el mismo siglo XVIII, mientras en el resto de América, al terminar la conquista en el XVI, el aventurero de psicología turbulenta fue reemplazado por el funcionario y el comerciante””

En el siglo XVIII, tras la llegada al trono de España de la Casa de los Borbones, los españoles, definitivamente convencidos de que jamás podrían someter militarmente al pueblo araucano, institucionalizaron en la zona de Arauco los Parlamentos, instancia que reunía a las autoridades de la Corona y a los distintos líderes indígenas mapuches, para tratar los problemas que surgieran en la convivencia fronteriza.

Parlamento entre los españoles y araucanos.

Parlamento entre los españoles y araucanos.

Respecto del insólito hecho de que la Corona española, el mayor imperio de la tierra de su tiempo, que disponía de los mejores soldados, no hubiera podido sojuzgar a un pueblo indígena que vivía en un remoto y agreste lugar de América (en un hecho que ha sorprendido a muchos historiadores europeos y norteamericanos), Tomás Bonilla Bradanovic, en su obra “La gran Guerra Mapuche 1541-1883″, comenta que “jamás se había observado en la lucha de América que nativos, sin preparación técnica para la guerra, fuesen capaces de concebir un plan estratégico, como lo hicieron Lautaro o Pelantaro. Máxime si se considera que combatían contra los mejores soldados del mundo…. El valor del mapuche no era producto del salvajismo e ignorancia, era un valor psicológico, ancestral, hereditario, que los hizo despreciar el dolor ante el enemigo que luchaba con armas de hierro y cercenaba sus cuerpos horrorosamente. Este valor y la rápida imaginación militar creadora, le permitieron luchar durante cuatro siglos contra enemigos poderosos. Simplemente, de alumnos se convirtieron en profesores en el arte de hacer la guerra”.

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