¿Qué habría pasado con los tres Clavos Sagrados que se usaron para crucificar a Jesucristo?

Uno de estos clavos se encontraría en la basílica de Santa Cruz en Jerusalén de Roma, en la capilla de las reliquias.

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Los clavos, según las fuentes históricas, eran usados en la pasión de los condenados a muerte por crucifixión durante la dominación romana de muchos territorios ocupados. Y, por ende, fueron clavos los que se utilizaron hace más de 2.000 años para clavar a Jesucristo a la cruz durante su martirio y muerte.

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Los Santos Clavos, también conocidos como Clavos Sagrados o Clavos de la Santa Cruz, son las reliquias cristianas que corresponden a los tres clavos que se utilizaron durante la crucifixión de Jesucristo. Y, por el hecho de estar “bendecidos” por su sangre, han merecido siempre una gran veneración.

Según la tradición cristiana, después del descendimiento de Jesús de la Cruz, los Clavos Sagrados fueron enterrados junto al aspa de madera. La emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, durante su viaje a Tierra Santa en los años 326-328 mandó excavar el sitio del Calvario en Jerusalén y descubrió -el 3 de mayo de 326- las reliquias de la Pasión de Cristo. Se cuenta que durante estas excavaciones una luz habría brillado en la ubicación exacta de estas reliquias, en presencia de la misma emperatriz y del obispo que la acompañaba, Ciríaco de Jerusalén.

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La tradición cristiana también relata que la emperatriz Elena envió una parte de la Cruz a su hijo, el emperador Constantino, dejando el resto en Jerusalén y se llevó con ella los tres clavos sagrados de regreso a Constantinopla. Con uno de ellos habría creado un brocado para engarzar el caballo de Constantino y con otro su yelmo, destinados ambos para la protección del emperador en las batallas.​ El tercer clavo habría sido llevado a Roma.

Este tercer clavo, al parecer, es el que se encuentra hoy en la basílica de Santa Cruz en Jerusalén de Roma, en la capilla de las reliquias. En ese templo, desde tiempos muy antiguos, se venera un santo clavo que siempre se ha considerado como uno de los que trajo la emperatriz Elena y, por lo tanto, auténtico. Por esta razón se le hicieron numerosas copias, como evidencian las señales de rascado para obtener partículas del mismo.

El tamaño de este clavo, por cierto, parece corresponder al usado para soportar el peso de una persona. Actualmente tiene una longitud de 11,5 cms y 0, 9 cm en el punto más ancho, siendo la sección cuadrada. Falta la cabeza y la punta, por lo que originalmente debió de tener unos 16 cms de longitud.

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Los Santos Clavos fueron mencionados por primera vez el 25 de febrero de 395 en una oración del Obispo Ambrosio de Milán, quien también habló de la existencia de las reliquias en la oración fúnebre por el emperador Teodosio. ​ El Obispo e historiador galorromano Gregorio de Tours, en cambio, habló de cuatro clavos, mencionando que uno de ellos se había sumergido en el mar para calmar una tempestad.

Debido a la costumbre de la época de formar un réplica usando solo una limadura o pequeña parte de la reliquia original, hoy existen varios sitios en todo el mundo que reclaman la propiedad de reliquias sagradas hechas a partir de estos Clavos.

En 1990 se encontró en un parque en el sur de Jerusalén una cueva funeraria judía del siglo I, que, según las inscripciones de dos de los 12 osarios revelados por la Autoridad de Antigüedades de Israel (AAI), apuntaban a que fue el lugar donde fue sepultado Caifás, el Sumo Sacerdote judío que confabuló para que Jesucristo fuera condenado a morir en la cruz.

En 2011 un documental llamado “Los Clavos de la Cruz”, del investigador Simcha Jacobovic, reveló que había encontrado dos clavos de hierro que podrían haberse utilizado para crucificar a Jesucristo. Un grupo de especialistas de la Universidad de Tel Aviv investigó estos clavos y, tras un exhaustivo análisis químico y físico, el geólogo Aryeh Shimron confirmó que los clavos tenían 2.000 años de antigüedad y que en el metal se habían encontrado rastros microscópicos de hueso y madera.

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Estos rastros incrustados en los clavos apoyarían la versión de Simcha Jacobovic o, al menos, que un individuo fue crucificado con esos dos pedazos de metal hace más de 2000 años.

Según los investigadores, el hecho de que el hallazgo de los clavos se haya hecho en una tumba del siglo I que perteneció supuestamente al sacerdote Caifás, “es de profundo interés porque en el Nuevo Testamento el sumo sacerdote Caifás fue el responsable de pasar a Jesús a los romanos, quienes luego lo enviaron a la cruz. Basándonos en la evidencia colectiva, concluimos, con considerable confianza, que los clavos sin procedencia son los clavos perdidos excavados en la tumba de la familia Caifás en 1990 y, además, que estos clavos se utilizaron en una crucifixión”.

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