Los Grammy lo hicieron otra vez: ¿Un buen show que sigue perdiendo su alma?

La industria de la música siempre se las apaña para dejar una noche memorable a sus televidentes ; nuestro Guía de música tiene una visión alternativa de la ceremonia

Guía de: Música Pop

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Quien te ha visto, quien te ve. Michelle Obama, la esposa del expresidente Barack, pasó por los Grammy y dijo: La música nos ayuda a compartir nuestras dignidades y tristezas, nuestras esperanzas y alegrías. Cada historia dentro de cada voz, cada nota dentro de cada canción. ¿Es cierto, señoras?

El Staples Center estalló en aplausos. Y hay que reconocer: ni una línea sonó desafinada en tal discurso. Hasta ese final fue acertado, Michelle le habló a los presentes, estrellas y presentes de trajes caros y vestidos largos. ¿Eso es la música? ¿En serio?

Qué quedó de aquellos primeros discursos de Barack, treinta años atrás que parecen mil. El hombre que mencionaba las canciones más rupturistas de los Rolling Stones en las entrevistas. Al final Michelle se encuentra más cómoda que nunca: lejos del fragor de la batalla, enzarzada en la temática del momento que tanto gusta a la industria, porque la incómoda poco o nada, más nada que poco.

Repasemos: La música nos ayuda a compartir nuestras dignidades y tristezas, nuestras esperanzas y alegrías. Michelle olvidó algo. La música, el arte en general, tiene un rol aún mucho más importante: nos ayuda a resistir y nos da fuerza para combatir. Combatir precisamente a quienes dan orden a este planeta donde el horror es muestra gratuita a diario. La música es barricada y trinchera. Es el último recinto rebelde que queda, el único sitio que los poderosos del planeta no pueden conquistar. Tienen los sellos, los medios, la entrega de premios. Pero no tienen los artistas. Siempre surge algún artista con carisma de líder que agrupa miles de fans detrás.

Lo que vemos años tras años en los Grammy es un banquete cerrado de la industria; millones de televidentes miran, pero no comen; no son invitados. Allí están las estrellas y los productores y por la tele nos llegan las imágenes, pero no las vivencias. No puedes oler la pana de los asientos, porque tu te encuentras en la silla de tu hogar, resistiendo el sueño porque mañana comienza la semana y debes ir a trabajar. Por supuesto: ellos no. Mañana, por hoy, no trabajan.

Todo ha salido a la perfección: se trata de un sistema que se ha ajustado a la perfección. El show mediático de la música indolora. Que funciona porque otorga justo lo que sus televidentes quieren. Las veces que algo pretendió cambiar el asunto, todos bostezaron. ¿Recuerdan a Lorde el año pasado? Los aburrió a todos, pobre.

El mundo se divide entre conformistas e irreverentes. Los primeros son funcionales; los segundos, molestos. Pero la industria y sus premios y sus montajes tienen la fórmula perfecta: no mezclar unos con los otros. Quienes miran la entrega de los Grammy quieren a Britney a los besos con Madonna. Y los Grammy se la dan. Quienes buscan algo más, no miran la entrega. Sucederá lo mismo con este texto: ningún espíritu crítico de tales festines buscará un artículo de opinión respecto de esa fiesta ajena.

La nueva muestra dejó nuevas imágenes para la historia: el discurso de Lady Gaga jactándose de no se sabe bien qué, junto a la maquinaria JLo y la nueva Michelle Obama. ¿Sabrá Gaga que ya no importa para las personas de carne y hueso? ¿Que por fuera de la pantalla nadie piensa en ella? Nada quedó de sus sueños de adolescente y su nombre es uno más de los miles que saltan al estallido gracias al gigantesco impulso de la maquinaria: hablan de tí hasta en las sopa y ellos ganan dinero; tu también: si quedas drogadicta, si tu cerebro vuela en el medio, lo lamento.

Hay quienes dicen que esto no importa: que la industria hace dinero y listo. Más o menos, no es tan así. Un sello invirtió en Los Beatles, mil años atrás, una pequeña inversión e hizo una agujero colosal de millones; ahora es al revés: gastan sumas colosales de millones y apenas obtienen pequeñas negocios. Con lo que muestran, no es poco. ¿Fue el propio Lennon que lo dijo alguna vez? «Antes tenías una ideología y después te llegaba la fama. O tal vez fue siempre al revés: tu objetivo era ser famoso y la ideología la pienso después».

Siempre existió la música pasatista. Es cierto. Tal vez por aquello de las personas conformistas. Décadas atrás fue la disco, después la electrónica, hoy el reggaetón. Siempre existieron artistas pasatistas; su nombre se nos repite hasta el hartazgo, los olvidamos rápidos, el prestigio lo tienen otros y ellos se quedan con una pequeña fortuna que lo enorgulloce.

En su cultura endogámica, la muestra de ayer fue descomunal: Jen deslumbra desde lo visual, es espectacular: da espectáculo a los ojos. Pero no olvidemos que esto, justamente, es música: se oye, no se ve. Y es por eso que sigue existiendo, aunque la industria los ignore, millones de personas que buscan artistas por otros lados: porque encienden la tele pero no escuchan nada. Es como si estuviera la tele en «mute». Y entonces se van a buscar a otros lados, los mismos de siempre: los pubs, los garages, archivos que pasan de mano en mano, como ayer pasaban los cassetes piratas. Música que tiene algo para decir. La música que escuchaba Barack Obama y lo llevó a querer ser presidente. La música que su esposa olvidó.

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