Serrat, escalofriante: A 20 años de su histórico monólogo sobre la pobreza infantil en el mundo

El Guía del Canal recuerda en primera persona cómo le impactó el recordado prólogo para la canción “Niño Silvestre”.

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El mundo se divide entre quienes piensan que las personas cambian y quienes piensan que no. A mí, que crecí leyendo a Scroogge y sus espíritus navideños, me subleva la idea de que el mundo es un sitio concluido, que es como es, que al rey muerto lo seguirá el rey puesto, que las cosas son como son.

No nací con esa rebeldía. Pero una noche de 1996 fui a un concierto de Joan Manuel Serrat; el ídolo de mis padres, los discos de vinilo, esas cosas. No sabía que aquel sería un momento formativo: uno de esos instantes que harán que seas como eres.

“Las cifras mandan, las cifras se imponen”, dijo Serrat en una pausa. Aquel momento se repetiría cientos de noches durante aquella gira, “A vuelo de pájaro”. “¿Les gusta  hablar de cifras? Pues hablemos de cifras”. Recuerdo eso; sonó extraño, acusatorio. ¿A quién acusaba Serrat? No lo supe entonces: a mí, como parte del mundo. Serrat confiaba: si me cambiaba a mí, que era parte del mundo, ergo, cambiaba el mundo.

“Dicen las cifras que en el mundo más de cien millones de niños viven en la calle”, continuó, “y que sólo en el Brasil, los escuadrones de la muerte, financiados por los comerciantes de las ciudades asesinan cada año a más de 7.000 de estos niños, por el delito de ahuyentar la clientela de turistas.”

“Las cifras dicen que 40.000 niños mueren a diario en el mundo”. El Nano tomó aire y concluyó: “Las cifras dicen que hoy día en el mundo, la mayor parte de nuestros niños son pobres. Y la mayor parte de nuestros pobres, son niños.”

Aquella gira comenzó en 1995 y culminó en el 97. Cada noche un monólogo similar, luego el estribillo demoledor de “Niño silvestre” (“Se vende a piezas o entero, como onza de chocolate”) y por fin “Disculpe el señor”, el desenlace de un orden aterrador: tras años de ser abusados, los pobres se rebelan y lo queman todo.

Dicen que el arte no cambia el mundo. Error. El arte lo modifica todo, DE UNO A LA VEZ, en cada película, cada obra, cada novela. Serrat sabía eso y más. Sabía sobre arte, cultura y cambios verdaderos. A diferencia de una revolución, que cambia nombres (“This is the new boss, same at the old boss”, explica The Who), el arte actúa sobre la cultura. Ése es su hallazgo: contaminarla antes que volarla por los aires. Cuando no haya una persona que desee pobreza en el mundo, no habrá más. ¿Parece tonto? No lo es: todavía hay demasiados que disfrutan del estado de las cosas. Serrat, otra canción: “Corren buenos tiempos para sacar tajada / de desastres consentidos y catástrofes provocadas”.

Salí distinto de aquella noche; viendo algo que hasta entonces permanecía oculto: una duda. ¿Qué cambia a qué? ¿El individuo al mundo o el mundo al individuo? Ahora escribo, por artistas como Serrat escribo. Artículos como éste. Que leerán miles de personas y, con suerte, cambiarán la vida de un puñado. Está perfecto. DE A UNO A LA VEZ.

“La mayoría de los niños son pobres. Y la mayoría de los pobres, son niños.” Una certeza que algún día no será así. Cuando no haya nadie que lo desee, no será así. Se puede lograr, porfío en ello. Con artistas como Joan Manuel Serrat se puede lograr.

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