Elena Greenhill, bandolera de la Patagonia: La sorprendente historia de una mujer legendaria

Una historia de amores, muertes y delincuencia en la Patagonia de principios de siglo pasado. La historia y leyenda de "La Inglesa".

Guía de: Patagonia

Elena Greenhill

Fotografía de Elena Greenhill. Detrás de tan dulce mirada y delicado rostro se escondía una mujer dura, casi salvaje y también romántica.

Elena Greenhill ha trascendido desde la dura historia patagónica de principios de siglo pasado como “La inglesa”, “La Grinil” o “La bandolera”, a secas.

Una partida policial bajo el mando del comisario Félix Valenciano la emboscó en el paraje Angostura del Chacay, cerca de Gan-Gan, provincia de Chubut. Luego de casi una hora de tiroteo “La inglesa”, herida y desangrándose, continuaba disparando parapetada detrás de su caballo muerto. Dicen que se quedó sin balas. Únicamente así podían vencer a la “La inglesa”. Brava mujer que quedó cara al suelo como besando aquella tierra que le fuera tan hostil. (Podcast del artículo aquí)

Una mujer de la estepa patagónica

Como en casi todas las historias románticas de bandoleros el relato comienza con un crimen no resuelto y muchas dudas. Elena Grinhill Blaker había nacido en Yorkshire, Inglaterra, en 1875. Llegó a Chile con 15 años de edad junto a sus padres y cuatro hermanos (una hermana y tres varones). Cinco años después se casó con Manuel de la Cruz Artete. Comerciante chileno que le doblaba en edad, muy apuesto y habituado a moverse a ambos lados de la cordillera haciendo negocios poco claros. Elena tuvo dos hijos antes que su esposo fuera detenido mientras llevaba un arreo a Chile, del que no pudo comprobar ser su propietario legal.

Elena Greenhill

Una de las pocas fotografías de “La Inglesa”. Aquí con su primer esposo Artete. Puede verse el revólver en su mano y sonrisa beatífica.

Cuando apareció el cadáver de su esposo bajo un montón de piedras, cerca de su casa, la señalaron como la culpable. Evitó la cárcel gracias a la gestión de un abogado, o entendido en leyes muy bien relacionado con el poder, de nombre Martín Coria. Era hijo de conocidos estancieros de la zona de Carmen de Patagones y quizás también pariente del gobernador de Buenos Aires. Lo cierto, es que en el expediente judicial se estableció que el culpable había sido un peón de la familia del que también se comentaba era amante de “La inglesa”. Martín Coria se transformó en su segundo esposo y el policía que investigó el caso fue el padrino de la boda.

Para entonces, “La inglesa” ya era famosa en la región por su habilidad y puntería con las armas y por apropiarse de lo ajeno. Dicen que vestía como hombre y era brava como una serpiente. Junto a su segundo esposo instalaron un almacén de ramos generales en el paraje Monton-Niló de Río Negro. La pareja incorporó al negocio de ramos generales la compraventa de hacienda, crianza de ovejas, robos y estafas. Se afirmaba que vendían hacienda robada y que no solían pagar a los proveedores del almacén.

Elena, quizás consciente del riesgo que corrían sus hijos ante esas habladurías, los instaló como pupilos en un colegio de Buenos Aires. Fue en ese tiempo en que comenzó a convertirse en leyenda al secuestrar a un comisario y hacerle lavar la vajilla en calzoncillos.

Nace una leyenda

Cuando en la cercana Telsen presentaron una denuncia contra “La inglesa” por robo de ganado, salió una partida de 15 hombres bajo el mando del comisario Calegaris a fin de detenerla. El comisario local, de apellido Altamirano, junto a un ayudante, también se encaminaron hasta el almacén de “La inglesa” para participar de la resonante captura. Es que Altamirano se había quedado “con la sangre el ojo” tiempo atrás, tal el dicho popular. Fue cuando descubrió que el misterioso forastero al que le tintineaban espuelas de plata chilena al caminar, era en realidad una mujer de largos cabellos rubios que vestía de hombre y solía acompañarse de un respetable Winchester. En aquellos tiempos y lugares, eso era como una cachetada para los machos de la Patagonia.

Dicen que el comisario la siguió hasta la pulpería y ordenó en voz alta que le proveyeran urgente de una falda “a la dama”. El silencio que siguió a la orden no presagiaba nada bueno. Sin embargo, Elena no le prestó atención y siguió con lo suyo. Aunque lo guardó en su memoria.

El día que iban a detenerla estaba con Carmen, una vecina, su marido y los demás hombres del grupo. Justo habían llegado unos “turcos” mercachifles y estaban eligiendo mercaderías (algunos de estos turcos fueron víctimas de salvajes episodio de canibalismo en la Patagonia). Cuando los policías quisieron rodear el rancho fueron recibidos a balazos. Luego de un largo tiroteo apareció una bandera blanca en una de las ventanas del almacén. Poco después, se abrió la puerta y salió un peón a parlamentar. El comisario Altamirano y su ayudante se adelantaron para quedarse con el mérito de la rendición y captura.

El hombre enviado a parlamentar era sordomudo (sí, un sordomudo como negociador). Mientras el comisario Altamirano intentaba entenderse con aquel hombre se sumó a terciar el marido de Elena, Martín Coria. Todo era parte de la trampa ideada por Greenhill para distraer a los policías. En efecto, cuando unos caballos se encabritaron sin razón aparente, “La inglesa”, Carmen y el resto de los hombres surgieron encañonando a los policías. El resto de los agentes huyó por estar “flojos” de municiones, según alegaron.

El dulce sabor de la venganza

Elena hizo desnudar a los policías. Dicen que el sordomudo bailaba vestido con el uniforme del comisario mientras Altamirano y su ayudante eran obligados a lavar la vajilla vestidos apenas con calzoncillos. Además les hicieron firmar las guías de arreo que certificaban que el ganado de “La inglesa” era legal (el mismo por la que la iban a detener). Después de varios días de humillaciones los dejaron en libertad. Poco después, su marido, fue encarcelado por haber torturado a un mapuche para que firmara el traspaso de titularidad de sus ovejas. Al poco tiempo salió en libertad, pero estaba muy enfermo para volver con Greenhill y partió hacia Buenos Aires, donde murió en 1914.

El final de Elena Greenhill, “La inglesa”

En tanto, Elena ya convivía con otro bandolero de nombre Martín Taboada. Dicen que se dedicaban a robar ganado en Chubut para venderlo en Chile. Los héroes suelen tener un sentimiento de inexorabilidad ante la muerte. Parece que ese sentimiento también estuvo presente en el final de “La inglesa”. Antes de emprender una nueva “recorrida” por Chubut se ocupó de dejar todos sus papeles en orden dejando a resguardo la documentación que acreditaba la titularidad del rancho, y las tierras de Monton-Niló, a nombre de sus hijos.

Aquella mujer tan hábil con las armas y el robo tenía una máquina de coser en su casa con la que confeccionaba la ropa de la familia. También solía cocinar como la mejor y era muy romántica. Dicen que gustaba de perfumar las cartas de amor y ofrecer un mechón de sus cabellos como prenda de pasión a sus amantes. Justamente, habría sido un despechado ex amante quien informó a la policía por donde pasaría “La inglesa”. Cuando se dieron cuenta de la trampa quisieron huir. Taboada pudo hacerlo bajo una lluvia de balas, pero el caballo de “La inglesa” rodó con ella. Tenía 43 años de edad cuando se quedó sin balas. La remataron en el suelo con un tiro en la cabeza. A Taboada lo atraparon al día siguiente.

El pequeño cerro volcánico que se eleva cerca del lugar de la emboscada lleva hoy por nombre Cerro La Inglesa, a modo de silente homenaje a una mujer que hizo historia en un territorio y tiempo de hombres.

Fuentes:

“La bandolera inglesa en la Patagonia” de Francisco N. Juárez.

“Mujeres en tierra de hombres. Las primeras colonizadoras de la Patagonia” de Virginia Haurie.

“La bandolera inglesa” de Elías Chucair.

Diario de Río Negro.

Vista del cerro La inglesa y posible lugar del tiroteo final. Foto Dr. Garrido.

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