La compleja relación entre indígenas y europeos en la Patagonia del siglo XIX

La confraternidad entre europeos y nativos habría ocurrido entre las décadas de 1830 y 1850.

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Se suele presentar al contacto entre indígenas y europeos como apropiación por brutalidad de este último. Sin embargo, hubo un tiempo donde las relaciones e intercambio entre personas y culturas tan diferentes, era motivo de regocijo y placer para ambas partes. Esta es una historia de balleneros, mercaderes y nativos aónikenk conviviendo en estrecha armonía en la feroz Patagonia de mediados del siglo XIX.

 La ansiada calma después de las tormentas

“Lo primero que a los indios solicitan sus capitanes (de los buques) es un cargamento de mujeres igual al número de hombres de que se componen sus tripulaciones. En estos casos los indios se empeñan para que sean elegidas sus mujeres con el objeto de que ganen tabaco y algunos otros artículos con que el cargamento vuelve a tierra”, tal testimonio consta en el relato del secretario de la Gobernación de la Colonia de Magallanes, Santiago Dunne, según le había sido relatado por el cacique Santos Centurión, con relación a lo que ocurría cuando buques extranjeros recalaban en la zona del Estrecho de Magallanes.

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Nativa aónikenk. Fotograma tomado de documental sobre los últimos individuos de la etnia y coloreado por Walter Raymond.

Testimonios y documentos

Tal confraternidad entre europeos y nativos habría ocurrido entre las décadas de 1830 y 1850, según un trabajo de recopilación del abogado e historiador chileno Mateo Martinic Beros. En tal documento se reúnen varios antecedentes que confirman la existencia de un intenso y pacífico intercambio sexual entre aónikenk y navegantes, estos generalmente eran balleneros y foqueros que recalaban con relativa frecuencia en el Estrecho.

Las costumbres y prácticas sexuales de los aborígenes patagónicos apenas si han sido esbozadas en los testimonios de la época. Es que todo escrito y memoria debía ser supervisado en Europa por las autoridades antes de su publicación y estado público. La fuerte impronta moral religiosa de aquel entonces, producto de que la educación y formación estaba a cargo casi exclusivamente de instituciones confesionales, impedía la observación, libertad de comentarios y mucha menos la publicación de tales actitudes o costumbres, aunque ello no evitaba su práctica tal como veremos a continuación.

Es un aspecto que recién ahora sale a la luz, basado en la atenta revisión de los estudiosos e historiadores de los escasos documentos disponibles con menciones de ese tipo y en los cuales se vislumbra una cautelosa autocensura de los autores y también el pudoroso soslayo hacia temas ríspidos por parte de los sacerdotes exploradores.

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Grupo de mujeres y niñas aónikenk frente a su vivienda. Fotografía: Etnohistoria.

Prosiguiendo con el testimonio del cacique Santos Centurión, este mencionaba que: “Las solteras que no tienen padre regularmente son de la expedición porque las madres son fáciles para entregarlas. Por el contrario, los padres cuidan más de las hijas, que de sus propias mujeres, de quienes hacen completa abnegación para estas partidas”.

Otro testimonio, pero esta vez anónimo seguramente por la autocensura antes mencionada, refería que: “Lejos de ser zelosos [los hombres], como muchos otros pueblos de la misma clase, ceden voluntariamente sus mujeres los extranjeros i para lo cual acuerdan con la parentela i a la vez reciben la gratificación en que convienen”.

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Fuente consultada: El comercio sexual entre las mujeres aónikenk y los foráneos. Mateo Martinic B. MAGALLANIA, (Chile), 2008. Vol. 36(1):31-36

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