Leyendas patagónicas: La increíble historia de “El viejo lobo marino enamorado”

Una interesante leyenda patagónica, tomada de las tradiciones orales de los yaganes fueguinos, nos trae muchos símbolos reconocibles de la actualidad.

Guía de: Patagonia

Pez Piedra (Synanceia horrida).

Pensando en el período de receso escolar invernal publicamos esta leyenda patagónica poco difundida. Ha sido recopilada por Alejandro Horacio Soldano, en su libro “Leyendas nativas argentinas de la Patagonia: Recopilaciones”. Fue originalmente redactada por Esteban Lucas Bridges, hijo del misionero anglicano reverendo Thomas Bridges, conocido como el primer nativo blanco de Ushuaia, quien a su vez la tomara de relatos orales de los originarios yaganes fueguinos.

Lobo marino enamorado de una nativa

El relato cuenta que una bella joven yagán, caminaba sola a orillas del bravo océano que arremetía contra la costa en poderosos estallidos de espuma, sal y frío. Entre los lobos marinos que suelen adormecerse en la orilla, había uno, un macho viejo con mil cicatrices de batallas, que la mirada con mucha atención. Cuando una ola arrastró a la joven al mar el lobo se lanzó de inmediato al acerado gris del bravío mar poniéndose a su lado. la joven, hábil nadadora en esas heladas aguas como lo eran todas las mujeres yaganes, intentó en varias oportunidades acercarse a la costa, pero el lobo marino se lo impedía. Estuvieron varias horas en esos intentos hasta que la joven, exhausta y a punto de ahogarse, enlazó su brazo al cuello del animal. Nadaron mucho tiempo de esa manera. La mayor tarea era llevada a cabo por el lobo marino que no cesaba de mirarla desde lo más profundo de sus grandes ojos negros. Cerca del anochecer llegaron a un roquedal donde emergía una especie de cueva cavada en el acantilado.

LoboMarino

Besos en la frente

La joven, ya consciente de que sería imposible regresar con los suyos, aceptó las insinuaciones de su voluminoso y grotesco enamorado. Reservamos al misterio del amor como fue posible aquel romance, lo cierto es que luego de unos meses ella tuvo un hijo. Era similar a un ser humano, pero cubierto del duro pelaje de los lobos marinos. En tanto, el lobo marino traía cada día la pesca necesaria para alimentar a su amada e hijo. A falta de fuego ella lo consumía crudo, igual que su amado. El animal era tan cuidadoso para con ella que la joven comenzó a sentir un profundo amor por aquel viejo lobo de mar.

El niño – lobo

El fruto de aquella pasión fueguina creció. Además aprendió a hablar como su madre y entenderse con gruñidos con su padre. Sin embargo, a pesar de aquella extraña placidez, ella extrañaba a su familia y a su gente. De a poco fue convenciendo a su amado lobo marino que estaría bien regresar a su tierra para que el niño creciera con ellos. Un día, los tres nadaron durante días hasta que llegaron a la costa donde tiempo atrás se había enamorado de aquella bella joven, hoy madre de su hijo-lobo. Él se tendió sobre en la orilla para descansar tal como hacen todos los lobos marinos. En tanto, la madre y su niño caminaron hasta el asentamiento de su familia. Al llegar, todos se extrañaron de volver a verla luego de tanto tiempo. Mucho más, ante la presencia de aquel niño cubierto de gruesos pelos que parecía una pequeña y lustrosa foca. Todos se reunieron en torno a ella y escucharon el extraordinario relato de lo vivido.

Nativas yaganes (originarios hoy extinguidos por el hombre).

La fiesta terrible

Las mujeres yaganes, que en aquellos tiempos y lugares eran las que dominaban sus grupos familiares, decidieron ir a pescar mejillones de aguas profundas y erizos de mar, de esos que tienen unas grandes y amenazantes púas. La joven madre las acompañó, y su niño quedó junto a los otros niños de la tribu. Los hombres salieron a cazar para colaborar con provisiones para la fiesta del reencuentro. A poco de salir divisaron un gran lobo marino durmiendo confiado en la orilla. Se acercaron de manera sigilosa y hundieron sus temibles lanzas de hueso de ballena en el cuerpo del animal. Luego trozaron su carne y retornaron para cocinar el producto de su matanza.

Todos comieron con mucho gusto. Incluso el niño de pelo de lobo marino, que no conocía el sabor de la carne y desconocía el origen de aquel manjar. Fue entonces que llegaron las mujeres cargadas de mejillones y erizos de mar. El niño-lobo corrió al ver a su madre y contarle alegre la novedad. La madre, que estaba preocupada porque no veía a su amado, al ver el festín de carne de lobo marino y a su hijo ensangrentado con el terrible banquete se sintió horrorizada y culpable. De tal manera, que presa de una profunda desesperanza, horror y furia, tomó un erizo de la canasta y golpeó violentamente a su hijo en la frente. Las púas del erizo se hundieron muy profundo en la frente del niño que cayó al mar, entre las rocas, transformándose de inmediato en un suyna, o pez de las rocas. Luego, la madre lloró desconsoladamente las horribles muertes de su amado y de su hijo. Nunca la volvieron a ver.

Cuentan que la cabeza achatada y con pequeñas hendiduras del pez suyna, o como se le conoce en la región; “pez piedra”, se debe a aquel golpe recibido con el erizo de mar.

Erizo de mar.

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