Los fusilados de Zainuco: La trágica fuga de la prisión federal de Neuquén

Se cree que a los fusilados de Zainuco se les aplicó la ley de fuga.

Guía de: Patagonia

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Formación carcelaria en la Unidad 9, pero en 1908.

Los hechos ocurrieron hace más de cien años, en la planicie neuquina. Las crónicas narran sobre una fuga masiva de reclusos y la posible aplicación de la ley de fuga para un grupo de ellos. La historia se recuerda como “Los fusilados de Zainuco”.

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Paraje donde ocurrieron los hechos y la cruz que lo recuerda. Foto LM de Nequén.

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La fuga

A principios del siglo pasado las condiciones de vida de los pioneros en la Patagonia eran difíciles, austeras y habitualmente signadas por la violencia. Mucho más complicada era la vida para los presidiarios alojados en la Prisión Federal U9 en Neuquén. El panorama dentro de la cárcel era de hacinamiento, falta de higiene, de abrigo y de medicamentos. Aún más con el arribo de unos 30 reclusos peligrosos desde la cárcel de La Pampa. Eran 172 reclusos en total, custodiados por apenas 12 guardias. Parecía fácil, entonces un grupo bajo el mando del pampeano Sixto Ruíz Díaz, comenzó a planear la fuga.

El 23 de mayo de 1916, pasadas las 7:00 horas, un sargento forcejeó con un recluso que se negó a acatar sus órdenes. Se cree que todo era parte del plan de fuga. Los presos comenzaron una protesta que rápidamente se convirtió en motín.

Los reclusos atacaron la guardia matando a uno de los centinelas, hiriendo a otro y dejando escapar a un tercero. Tomaron por completo el penal y se aprovisionaron de armas en el depósito de la prisión. Fue allí que uno de los reclusos de apellido Gonella se negó a tomar un fusil y escapar. Los confabulados lo mataron al tiempo que amenazaban de correr la misma suerte a todo aquel que no se plegara al motín. Aún así no todos escaparon.

Por voluntad, o miedo, 86 reclusos de los 172 internos corrieron hasta la puerta. Algunos disparando sus armas. Fue un desbande por los arenales que rodeaban la prisión. Un grupo intentó tomar la Jefatura de Policía para conseguir caballos y armas pero fueron rechazados. El plan incluía la toma de la estación de trenes y el Juzgado Federal. Al fracasar se dividieron en grupos tomando rumbos diferentes. Los que no consiguieron caballos fueron capturados o se entregaron en los alrededores. Un grupo fugó en dirección noroeste pero fueron alcanzados y rendidos en Vista Alegre. Otro grupo intentó dirigirse al sur, a Santa Cruz, pero pudo llegar hasta el paraje El Cuy, donde fueron recapturados.

Alertadas de la fuga, las autoridades de la región desplegaron partidas policiales reforzadas con vecinos armados para evitar que los reclusos atacaran propiedades y se aprovisionaran. De a poco fueron capturando a la mayoría.

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Vista de la Prisión Federal U9, en 1916. Foto masneuquén.com

Un tercer grupo, el más violento y que encabezó el motín, se dirigió a Chile. Lo comandaba el recluso Sixto Ruíz Díaz, secundado por el sudafricano Martín Bresler. El pampeano Ruíz Díaz tenía cargos por homicidio. Bresler, de San Martín de los Andes, por abigeato. Un detalle interesante es que el sudafricano Martín “Boer” Bresler, estaba por ser indultado por el gobernador ese próximo 25 de mayo, dos días más tarde, gracias a las gestiones de su padre. En total eran 18 hombres, la mayoría purgando condenas por homicidio, salvo uno de apellido Cancino, de tan solo 16 años de edad, que estaba detenido por robar tres mulas, y Martín “Boer” Bresler, por abigeato.

En su huida asaltaron el comercio de ramos generales del paraje Morillón, abasteciéndose de dinero, bebidas, ropas y cigarrillos.  Los dueños del comercio, y algunos pobladores, resistieron a balazos el asalto. Allí cayo asesinado defendiendo el almacén el ingeniero Adolfo Plottier. También murió el evadido Antonio Ríos, quien tenía su condena cumplida hacía un mes.

Más tarde, en Arroyito, asaltaron el almacén de ramos generales de Finocchetti, llevándose armas, caballos y mercadería. Ya en cercanías del paraje El Chocón, Bresler se apartó del grupo para continuar solo hacia San Martín de los Andes y luego a Chile. El resto, bajo el mando de Sixto Ruíz Díaz, tomó rumbo a la pampa de Lonco Luán, más precisamente al paraje Valle Zainuco, con la intención también de cruzar a Chile pero por otro paso.

Cuando el grupo de Sixto decidió hacer noche en Zainuco, estaban a solo un día de marcha de la frontera.

Rodeados

Una partida de seis policías, bajo el mando del sargento Vivot, le seguía el rastro de cerca al peligroso grupo de evadidos. En la mañana del 30 de mayo la partida policial alcanzó y rodeó en silencio a los fugados que dormían en el rancho de Fix. El sargento Vivot, sabiéndose en desventaja numérica despachó un hombre para pedir refuerzos. Los fugados no sabían que eran rodeados por apenas cinco policías. Eso dio tiempo a que llegaran al mediodía el jefe del operativo, comisario Adalberto Staub, con los comisarios Juan Blanco, García Ponte y Fomaguera, y más de 40 oficiales bien armados.

Los fugados resistieron poco tiempo más. Hasta que cayó muerto por un disparo en su cabeza, su jefe Sixto Ruíz Díaz. Se rindieron.

Capturados, fueron divididos en dos grupos. Ocho que estaban en condiciones de cabalgar fueron enviados bajo custodia a Zapala. El resto, heridos o que no podían desplazarse, quedó en el lugar bajo la vigilancia del resto de las fuerzas de seguridad.

Ley de fuga

El parte policial dice que el grupo que quedó en Zainuco fue llevado hasta una laguna cercana a beber agua e higienizarse. Que durante el trayecto se sublevaron arrebatando dos carabinas e intentaron huir. Sin otro recurso, el comisario dio la orden de reprimir y todos fueron acribillados.

Los cadáveres quedaron a la intemperie durante una semana. Un poblador de la zona, Don Félix San Martín, relató que encontró los cadáveres y que todos tenían un disparo en la cabeza. Fue cuando el subcomisario de Aluminé, Manuel de Castro, ordenó que se los sepultara en el lugar y en fosa común. Colaboraron en la tarea Félix San Martín, y otros puesteros más un par de gendarmes. Al culminar señalaron la fosa con una cruz de tablas. Luego, Félix San Martín, puso otra de ramas y tientos hecha por él.

Desde entonces descansan allí los restos de dos chilenos, un italiano, dos españoles, dos argentinos y otro hombre del que no se tiene filiación.

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Imagen del rancho donde resistieron los evadidos. En primer plano puesteros de la zona. Foto masneuquen.com

El único sobreviviente no pudo declarar

Al final el evadido Martín Bresler, logró cruzar a Chile. Los evadidos, al ser detenidos, le asignaban toda la responsabilidad a Bresler. Sin embargo, el cabecilla violento y decidido era su socio Ruíz Díaz. Desde Chile, Bresler pasó a los Estados Unidos mediante una historia digna de ser recuperada del olvido. Peleó en la Primera Guerra Mundial y la sobrevivió, pero quedó con sus facultades mentales alteradas. Intentó regresar a San Martín de los Andes, donde vivía antes de estos episodios, pero fue detenido en la frontera y enviado a un manicomio de Buenos Aires. Los registros indican que murió allí, en 1942.

La otra parte de la historia

El puestero Félix de San Martín, tuvo activa participación para develar la otra parte de la historia de los hechos del paraje Zainuco. El periodista local Abel Chaneton, fundador y director del diario Neuquén en 1908, recogió su testimonio sobre lo ocurrido. Investigó sobre el caso y encaró una campaña para esclarecer los hechos. En una oportunidad publicó en el diario una carta donde el puestero Félix de San Martín relata:

“…Y aquí comienza el misterio, el tejido de cosas posibles e inverosímiles que se han dicho y comentado privada y públicamente. La versión oficial de lo sucedido y de la que los diarios se han hecho eco, es de una infantilidad desesperante. Llevar a beber a los presos a un faldeo arenoso y cubierto de una vegetación arborescente enmarañada, a trescientos metros de distancia, donde no hay una gota de agua, cuando a dos metros de la puerta del rancho está la vertiente de que sus habitantes se surten, es poco menos que inexplicable, tanto más cuanto el lugar donde fueron muertos esos ocho hombres está a un rumbo diametralmente opuesto al que debieran seguir en marcha a Zapala.

Sublevarse los presos pretendiendo arrebatar dos carabinas cuando acababan de entregar voluntariamente todas sus armas, y luego caer todos en un espacio reducidísimo de terreno y todos con un balazo en la cabeza, excepción de uno que presenta dos en la parte superior del tórax, es también muy singular, máxime si se tiene en cuenta que un caballo tordillo que los evadidos tenían atado en las inmediaciones del rancho, el “nochero” posiblemente, fue blanco del fuego de la policía durante todo el combate, pues querían matarlo para evitar la fuga en él de algunos de los presos, y no lo consiguieron. [ …]

La condición de los tiradores resulta muy distinta en uno y otro caso. En el primero, cuarenta hombres pretendieron matar a un caballo a 250 metros de distancia tirando parapetados y con apoyo durante varias horas, y sólo lo hirieron levemente. En el segundo, unos cuantos de esos mismos tiradores, sorprendidos y atacados por ocho hombres, vale decir, apurados, hacen una descarga y todos dan magistralmente en el blanco. Es raro…”.

“…Muertos esos hombres de manera tan singular, no merecieron de los empleados policiales el favor que se le dispensa a un perro. Quedaron insepultos, tirados en la falda de la montaña; unos, sin más prenda de vestir que el calzoncillo, otros, con sólo jirones de la camisa, descalzos, y todos en actitudes sugerentes. El que no tenía las manos crispadas sobre el rostro, como queriendo alejar la visión pavorosa de la muerte inminente, las había cruzado sobre el pecho a manera de escudo en el supremo esfuerzo de la defensa. De bruces unos, de espaldas otros, los ojos inmensamente abiertos, yacían en la misma posición en que cayeron, conservaban la misma actitud y el mismo gesto de espanto con que murieron”.

Duelo de guapos

Abel Chaneton murió en un enfrentamiento el 18 de enero de 1917. Fue un duelo de “guapos” en un boliche marginal de Neuquén. Chaneton se enfrentó con su rival periodístico, Carlos Palacios, y lo mató de dos tiros en duelo criollo. Palacios había disparado primero sin puntería. Al salir del bar, Chaneton fue encarado por el custodio de Palacios quien le apoyó el arma en el pecho y disparó. Se atribuyó la muerte de Chaneton a una emboscada cuya autoría intelectual sería compartida por el entonces gobernador Eduardo Elordi, el juez Enrique Zinni (a cargo de la investigación de los hechos de Zainuco), y el comisario Adalberto Staub. Tales sospechas nunca pudieron ser comprobadas.

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Lugar donde se desarrollaron los hechos. El punto rojo señala al paraje Zainuco, muy cerca de la frontera con Chile. En el mapa se puede apreciar las localidades de Plottier, Arroyito y otras nombradas en la crónica.

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