Estilos Futbolísticos de la Roja (III): La bipolaridad táctica de Luis Santibáñez

El popular Locutín reafirmó en cancha que “el fin justifica los medios”.

Guía de: Selección Chilena

La formación que enfrentó a Paraguay, el 11 de diciembre de 1979, en la definición de la Copa América en la cancha de Vélez Sarsfield. El subcampeonato continental fue uno de los puntos altos de la Era Santibáñez.

La formación que enfrentó a Paraguay, el 11 de diciembre de 1979, en la definición de la Copa América en la cancha de Vélez Sarsfield. El subcampeonato continental fue uno de los puntos altos de la Era Santibáñez.

Últimamente, se ha señalado que el estilo de Reinaldo Rueda en la Selección Nacional es jugar “a no perder”, pensando en el arco propio en desmedro de asumir el protagonismo que lució la Roja hasta hace un año y medio.

Retomando una serie de artículos donde abordamos el paso de técnicos como Luis Tirado, Fernando Riera y Luis Álamos al frente del “equipo de todos”, lo que sucede con el colombiano motiva a la reminiscencia de uno que no tenía empacho en admitir que su prioridad era sacar resultados, de la forma que fuera posible –legal o ilegal- porque sostenía que “los partidos se juegan dentro y fuera de la cancha”. Sin términos medios, Luis Santibáñez fue amado u odiado. El subcampeonato en la Copa América 1979 y la clasificación invicta al Mundial de España 82 fueron los peaks de su proceso en Pinto Durán, mientras que la desastrosa incursión en la cita ibérica fue su mayúsculo tropiezo.

Descartando todas las certezas y leyendas que rodearon al técnico –pillerías, denuncias de dopaje- en la siguiente crónica el acento está puesto en la diferencia táctica que utilizó, en su período en el representativo chileno, en sus partidos oficiales como local y visitante en los mencionados certámenes.

Luis Santibáñez, un hombre que no tenía medias tintas: era querido o despreciado por el medio.

Luis Santibáñez, un hombre que no tenía medias tintas: era querido o despreciado por el medio.

La coyuntura. Luis Santibáñez asumió en abril de 1979, avalado por sus logros en Unión San Felipe –campeón de Segunda División en 1970 y de Primera División, un año después- y en Unión Española –subcampeón de la Copa Libertadores 1975 más tricampeón de Primera División en 1973, 1975 y 1977-. Eran tiempos en que, tácitamente, la trampa era admitida para conseguir el supremo objetivo del triunfo. Como si los postulados que Nicolás Maquiavelo publicó en su libro El Príncipe, dando a conocer al mundo que “el fin justifica los medios” se hubieran materializado en las canchas de fútbol. Están los ejemplo de Estudiantes de La Plata y sus leyendas de que sus defensores utilizaban alfileres para “marcar” a sus rivales; los dineros, por abajo, para los árbitros con el objetivo de favorecer a tal o cual equipo, sobre todo en partidos finales; o de amedrentar al rival con actos de matonaje como apedrear a bus rival o, lo “más suave”, no disponer de calefont en el camarín del visitante, sobre todo si era invierno. Eran años bien agitados en el balompié de esta parte del mundo. En el caso específico de Chile, cuando Santibáñez iniciaba su proceso, estaba aún fresco el escándalo de los pasaportes falsificados en el plantel de la Selección Juvenil que había participado en el Sudamericano Juvenil disputado en la ciudad uruguaya de Paysandú.

Con ese deseo macro de ganar como sea, el estratego –bautizado como Locutín, porque gustaba mucho de hacer declaraciones, sobre todo cuando lograba sus objetivos- logró ilusionar a la hinchada con sus logros. Para ello –reiteramos, en esta crónica sólo nos remitiremos a lo estrictamente deportivo- no escatimó estrategias, basado en su pragmatismo al momento de conformar su alineación en función del rival de turno, para conseguir puntos en sus incursiones en el extranjero y asegurar posteriormente como local denotando la bipolaridad táctica a la que apelaba.

El sistema táctico fijo en el libreto de Santibáñez, el 5-4-1. Con este esquema se construyó el memorable triunfo sobre Paraguay, con gol de Patricio Yáñez, en 1981.

El sistema táctico fijo en el libreto de Santibáñez, el 5-4-1. Con este esquema se construyó el memorable triunfo sobre Paraguay, con gol de Patricio Yáñez, en 1981.

Como visitante, con la Táctica del Murciélago. Tanto en la Copa América 1979 como en las Eliminatorias Mundialistas, lo fundamental para Santibáñez era “asegurar el rancho”. Para ello, en los duelos ante Colombia (0-1), Perú (2-1) y Paraguay (0-3) en Copa América; y con los guaraníes(1-0) en el Premundial apeló a tres defensas centrales, acompañados de dos laterales bien contenidos en su respectiva banda.

El pilar de ese planteamiento era Don Elías Figueroa, quien dirigía todos los movimientos de ese sector, muy bien respaldado por René Valenzuela y Mario Soto –dos perros de presa, de forma literal- quienes ablandaban al rival. Con relación a los laterales, en 1979 los que cumplieron esa tarea fueron, primero, Raúl González –padre de Mark González- y Mario Galindo, quien debía obviar sus característicos piques. Dos años después la responsabilidad fue de Lizardo Garrido. Por el carril zurdo cumplieron la labor Enzo Escobar y Vladimir Bigorra.

Mario Galindo era un arma ofensiva, en los partidos como local, aprovechando su trajín por la banda derecha.

Mario Galindo era un arma ofensiva, en los partidos como local, aprovechando su trajín por la banda derecha.

La influencia de Elías Figueroa se notó en los dos duelos con los paraguayos: en el primero, por la final continental, estuvo ausente por la expulsión que sufrió en la semifinal con los peruanos. Los comentarios coincidieron en que si se hubiera contado, en esa ocasión, con el que era zaguero de Palestino otro resultado se habría logrado. Comentarios que se confirmaron dos años después cuando lideró la defensa, sobre todo después del gol de Patricio Yáñez, donde no se cansó con tanto cabezazo que le ganó a los paraguayos. Ni hablar que todos en aquella zona ni se avergonzaban cuando mandaban el balón a la galería, con tal de conseguir el resultado “haciendo tiempo”.

En el mediocampo, el DT agrupaba a cuatro hombres. De forma fundamental, dos volantes “de corte” –Eduardo Bonvallet y Rodolfo Dubó- y uno de los delanteros retrasado. En esto último, generalmente, era el nominal puntero izquierdo. Leonardo Véliz, el titular de ese sector en 1979, ya había cumplido esas labores en el subcampeonato de Unión Española en la Copa Libertadores cuatro años antes; y Gustavo Moscoso, en 1981, regaló trajín en el desahogo cada vez que jugó.

En el ataque –bueh, lo de ataque es un decir porque sólo se apelaba al contragolpe-, si bien se suponía que formaban dos delanteros, uno de ellos se retrasaba para ayudar en el despliegue de la zona media. De esta manera, Víctor Estay fue la punta de lanza en la caída ante Colombia por la Copa; mientras que Pato Yáñez se llevó todos los premiados en la legendaria victoria sobre Paraguay, con su solitario gol, el 7 de junio de 1981.

Todo esto ayudó al nacimiento de la leyenda de la llamada Táctica del Murciélago… todos colgados del travesaño.

El libreto de local: un elástico 3-4-3 con amplio volumen ofensivo. Así se goleó 7-0 a Venezuela en 1979; y se clasificó al Mundial de España venciendo a Ecuador, dos años después.

El libreto de local: un elástico 3-4-3 con amplio volumen ofensivo. Así se goleó 7-0 a Venezuela en 1979; y se clasificó al Mundial de España venciendo a Ecuador, dos años después.

Como local, atacar con todo. En los partidos como anfitrión el tema cambió, casi de forma drástica. A simple vista, el dibujo táctico variaba entre el 4-3-3 y 4-2-4. Pero, en estricto rigor, se trataba –sobre todo, en los duelos ante Venezuela y Colombia, por la Copa América; y con Ecuador en las Clasificatorias- de un 3-3-1-3.

Porque en la zaga si bien formaban cuatro hombres –siempre con Elías Figueroa dirigiendo la zona, en su papel de líbero-, René Valenzuela, el stopper, cumplía también la labor de volante de corte. Porque con esa movida, el Negro le cuidaba la espalda a los dos creadores que Santibáñez enviaba a la cancha: Carlos Rivas y Manuel Rojas. Y esos dos tenían la ayuda, en el frente ofensivo, de Carlos Caszely de quien se aprovechaba su habilidad innata pata que se moviera por todo el sector, en una suerte de 9 Mentiroso o Media Punta.

Este retroceso se debía porque Santibáñez alineaba dos centrodelanteros o pilotos de ataque para aumentar el volumen. De esta manera, el Rey del Metro Cuadrado acompañó, en la Copa, a Jorge Peredo y Oscar Fabbiani; y a Sandrino Castec, en las Clasificatorias. Ellos fueron escoltados por dos punteros bien abiertos: Patricio Yáñez, por la derecha; y los ya nombrados Véliz y Moscoso, al otro lado. Las incursiones ofensivas se completaban con las incursiones de los laterales, quienes –al contrario de cuando jugaban fuera de casa- tenían libre albedrío para transitar velozmente sus respectivos carriles para protagonizar el centro al área antagonista –característica que lució Lizardo Garrido- o intentar algún ataque –ese remate de Mario Galindo, en la definición de la Copa América, que rozó el parante derecho del portero paraguayo Roberto Fernández aún se lamenta-.

La habilidad de Carlos Caszely fue utilizada en los sistemas de Santibáñez como centro delantero o como media punta.

La habilidad de Carlos Caszely fue utilizada en los sistemas de Santibáñez como centro delantero o como media punta.

Con la inclusión de Rodolfo Dubó en la contención del mediocampo, el dibujo variaba al clásico 4-3-3 con Caszely en su posición natural de centro atacante.

El arquero. Todo lo anterior no se completaría si no se contaba con un muy buen arquero. Y coincidió que en esos años se pudo apreciar la mejor versión de Mario Osbén. Porque el Gato aseguraba, como visitante, toda la labor de sus compañeros de la zaga cuando alguno de ellos era superado por algún habilidoso –para salir al achique- o si se colaba algún remate de distancia o algún cabezazo que iba directo a portería –hay fotos con voladas espectaculares del golero-. Similar a lo que sucedía cuando se jugaba de local, porque con todo el afán de ataque quedaban peligrosos espacios que podían ser muy bien aprovechados por el rival.

No en vano, considerando la Copa América y las Eliminatorias, en los seis partidos que Chile jugó en el Estadio Nacional la portería nacional no recibió goles. Todo gracias a la seguridad que otorgó Osbén –y alguna ayuda de los postes, como aquel remate del paraguayo Miguel María Michelagnoli que dio de lleno en el vertical derecho, en la revancha por las Clasificatorias mundialistas a España-.

Con todo lo anterior, las estrategias de Luis Santibáñez estaban completas. Las estrategias en cancha, porque fuera de ella apeló a triquiñuelas tales como demorar la salida del equipo al campo para sacar de quicio al rival, meterse a la cancha a propósito para “hacer tiempo”, sacarle fotos a los rivales con “amigas” y después entregárselas en la previa del cotejo junto al banderín de cortesía, etc.

Ahora bien, que en el Mundial de España 82 se haya encarnado uno de los peores fracasos en la historia de la Roja, ésa es otra historia.

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