Camping, un panorama inolvidable para los niños

Tal vez el camping sea una de las formas más saludables y directas de hacer sana convivencia con otras personas y nuestros hijos. Comparto mi experiencia para que sepan de lo especial de esta actividad.

La sola idea me aterraba. Mi experiencia durante la juventud había sido deplorable. Me había comprometido a no intentarlo nunca más. Hasta este verano.

Claro, tomé mis precauciones. Fui con mis cuñados ―expertos en estas lides― y siete sobrinos. Sólo una noche.

El Valle del Elqui fue el telón de fondo para una experiencia increíble.

La sola idea de montar la tienda y de estar en el campo ya motiva tanto a niños como a padres; para los padres es una forma fácil y sana de pasar unas vacaciones o un fin de semana; para los hijos supone poder moverse a sus anchas dentro del camping y salir de excursión a pie.

Camping Niños

Foto: El Mercurio

El camping es una buena alternativa para que los niños se relacionen con sus pares de forma sana.

Si bien la zona cuenta con variadas alternativas, fuimos a parar a un espacio que no estaba lo suficientemente bien habilitado. Las instalaciones eran realmente deplorables, no apto para familias, era un asco.

Estuvimos casi todo el día sin agua, teníamos que caminar cerca de un kilómetro para limpiar trastos y acceder a unos baños inmundos.

Y los niños…como si nada. Absolutamente ningún detalle iba a distraerlos de la observación de mariposas y bichos raros; de disfrutar siguiendo a un juguetón gato y a un caballo perdido; de empolvarse de pies a cabeza; de refrescarse en unos pozones idílicos, ¡pero gélidos! Hablo de ese frío que hace que duelan los huesos.

Los adultos demoramos laaaargos minutos en aclimatar nuestro cuerpo a esas aguas (de hecho, nunca logré sumergirme). Mis hijos, mis sobrinos, mi cuñada y los más jovencitos, saltaban, nadaban y festinaban como si estuvieran en una piscina temperada.

Las deposiciones de los caballos, algunas más secas que otras, eran parte del camino. Un obstáculo que los grandes nos afanamos en evitar. Para los niños, eran un circuito natural que debían esquivar. Pero se reían mucho, muchísimo, si el salto no era lo suficientemente largo y caían sobre éstas.

Eso sí, el río, el sonido generoso del río nos acompañó todo el tiempo. Muchos nos concentrábamos en él, convenciéndonos que era mucho mejor que la bulla de la cómoda vida citadina.

Las moscas sobrevolaban el almuerzo, pero los niños parecían ignorarlas.

Sin energía eléctrica

El atardecer nos reunió a todos en nuestro sitio que, por cierto, tampoco contaba con luz eléctrica.

Sólo un par de pequeñas linternas, cuya escasa energía debíamos saber administrar, nos guiaron esa noche.

Algunos adultos y el sobrino mayor, Gonzalo, fuimos a dar una vuelta. Mientras los 10 niños comenzaban a acomodarse en una sola carpa.

Jamás había visto un cielo de este tipo. Todas las estrellas a mi disposición, lo más cercano al planetario de la Universidad de Santiago. Claro que esto era realidad, sin cortes, sin interrupciones. Hasta que Gonzalo y Paula, mi cuñada, se dieron cuenta que unas lucecillas alumbraban el camino. Ahí, en el suelo, en las piedras se encontraban las luciérnagas. Mirar para arriba; mirar para abajo…mirar la oscuridad, era el panorama del verano.

De regreso, los niños no terminaban de acomodarse. Los más pequeños no querían que les impusieran incómodas posiciones. A estas alturas, una de las sobrinas, lloraba por su dolor de cabeza. Y mis hijos, los menores, parecían no empatizar con su malestar. Gritaban y chillaban de sueño y exigiendo un lugar cómodo.

Finalmente los 17 logramos entrar en la carpa. La oscuridad era total. El mayor de los sobrinos, Gonzalo, comenzó a contarles a sus primos chicos, historias de terror. Mis hijos parecían extasiados. A esta altura, la aventura era inolvidable.

Y claro, cómo no, cuando estábamos a punto de dormirnos, uno de mis hijos, Vicente, me susurra: -“Mami, quiero hacer pipí”.

Ni les explico la hazaña que significaba sortear colchones inflables, sacos de dormir…y para peor, yo, sin mis lentes de contacto en medio de la absoluta oscuridad. Fue entonces que Gonzalo, el sobrino mayor, se ofreció a acompañarlo.

Desde fuera, mi hijo gritaba: -“Mamá, no vas a poder creer el cielo que estoy viendo”. Se sentía seguro junto a su primo y extasiado frente al privilegiado panorama.

Como es de suponer, los grandes dormimos muy incómodos. Y los niños, despertaron con la mejor de sus sonrisas.

¿Nos quedamos otra noche? Mmm… “¡Hagamos un cabildo abierto!”, propuse. Y así lo hicimos. Desde el más grande hasta el más pequeño, expuso sus razones para pernoctar una vez más o irse de este lugar.

En resumen, todos los grandes queríamos abandonar el lugar y casi todos los niños, quedarse.

Claramente, las incomodidades eran construcciones adultas que los chicos jamás plantearon. Nunca fueron tema.

Es cierto, venció la voluntad de la minoría adulta, pero cada niño sintió que su espacio de expresión era valioso y valorado. Salieron a flote los sentimientos más puros, el deseo de pasarlo bien en lo simple.

Les propusimos una alternativa. Un parque acuático cercano, sencillo, pero eficiente para la ocasión. Todos lo aceptaron.

El camping pudo no ser lo exitoso que planeamos, pero les aseguro que esta experiencia quedará en su memoria por siempre.

Por nuestra parte, debemos ser más rigurosos en la selección del camping, buscando previamente las mejores opciones a través de las guías anuales de camping o las páginas Web especializadas. Por cierto, mi cuñado, Marcelo, lo llevaba, pero por razones que no vale la pena mencionar, nos decidimos por lo desconocido.

Por si acaso, revisa algunos tips. Son una buena guía para principiantes y un valioso ayudamemoria para los expertos en este tipo de panoramas.

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