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De la diplomacia tradicional a la Diplomacia Pública

Las grandes manifestaciones que están ocurriendo a lo largo del mundo y la necesidad, por parte de los gobiernos, de recuperar credibilidad y lograr ampliar sus esferas de influencia hacen imperioso una nueva forma de diplomacia. ¿Cuál es? A continuación una explicación.

Durante siglos, la diplomacia ha sido algo lejano al ciudadano común y, en paralelo, se la ha asociado a las típicas conversaciones de pasillo entre dos señores muy serios de terno y corbata. Los cuerpos diplomáticos se dedicaron, por décadas, a, simplemente, atender en las embajadas y consulados. También, a realizas fiestas y organizar eventos caritativos.  Todo parte del movimiento social típico de los diplomáticos.

Junto a eso, la población –fuese del país en el cual se encuentra la misión diplomática o de sus compatriotas en el exterior- debía recurrir a los trámites burocráticos que muchas veces sólo servían para maldecir a la embajada o consulado de turno. El embajador parecía ser un personaje inalcanzable, quien más bien parecía estar preocupado de otros asuntos que de relacionarse con la gente.

Diplomacia

Foto: El Mercurio

Todo eso ha comenzado a cambiar, ya que desde algún tiempo se han producido grandes innovaciones en el campo de la diplomacia. Conceptos como “e-government” (“gobiernos en línea”), Diplomacia Pública 2.0 y “Open Government” (“gobiernos abiertos”), entre otros, han llegado para generar una ola de modificaciones de la cual, posiblemente, ningún cuerpo diplomático podrá escapar.

Los gobiernos han comprendido que en el mundo actual, ya no sirve establecer nexos y acuerdos entre cuatro paredes, sino que hay que buscar puntos de encuentro con los ciudadanos.  Y esto último, no sólo con sus coterráneos, sino que también con aquellos que viven en el país en el cual se ubica un consulado o una embajada.

La ciudadanía es vital a la hora de gobernar y eso es una realidad que no se puede discutir. La caída de gobiernos dictatoriales como los de Hosni Mubarak (Egipto) y Ben Alí (Túnez), las protestas de los indignados (España), las diversas manifestaciones en varios países africanos (Camerún, Malawi y Swazilandia, por dar tres casos) y la fuerza de los movimientos sociales en Chile sólo son algunos ejemplos de cómo se está ejerciendo el poder.

Fue así que en 2008, Barack Obama comprendió que para tener éxito en su campaña para las elecciones presidenciales de Estados Unidos, tenía que acercarse a la gente. Su estrategia fue clara y evidente. Su equipo de asesores le abrió una cuenta en Twitter, le generó un grupo en Facebook (ahora tiene otra para 2012) y usó una página web como fuerte plataforma de publicidad. Los resultados fueron evidentes y su victoria final lo comprobó. Obama ganó porque presentó una postura que atrajo a más personas, pero, no queda duda que esto se logró, en buena parte, gracias a la estrategia de penetrar en las masas y, específicamente, entre la de los jóvenes.

Hoy, cerca de un tercio de los jefes de estado y/o de gobierno es usuario de Twitter y varios de ellos han logrado tener millones de seguidores.

En paralelo a eso, Facebook ha sido otro interesante punto de innovación. En este sentido, nuevamente aparece Barack Obama, quien tuvo un gran acierto en su visita a Indonesia, realizada durante el segundo semestre de 2010. Entendiendo que dicho país posee cerca de 180 millones de musulmanes y que el presidente estadounidense había vivido ahí durante algunos años de su infancia, se creó un grupo de Facebook, de la Embajada de Estados Unidos en Yakarta. A través de esto, la gente se pudo involucrar e incluso, por medio de concursos, se sortearon entradas para ver el discurso de Barack Obama en una universidad.

Diplomacia cultural

Pero las redes sociales –dentro de las cuales no sólo destacan Facebook y Twitter, sino que muchas otras- no son la panacea, ni tampoco el único eje de la nueva diplomacia. Los cuerpos diplomáticos están comenzando a elaborar lo que se conoce como “Diplomacia Cultural”, que, básicamente, consiste en organizar diversas actividades que, finalmente, terminan transmitiendo un mensaje. Sin embargo, este no llega a través de los diplomáticos o de los gobiernos, sino que por medio de los ciudadanos.

Por ejemplo, un embajador decide que escritores del país en el cual se encuentra dicho cuerpo diplomático publiquen un libro sobre el país al cual pertenece la embajada. O se puede realizar una conferencia sobre poesía, una exposición fotográfica, un foro de estudiantes en una universidad, etc. En todos estos casos, el denominador común será que se entrega un mensaje, pero en forma silente y por canales diferentes a los tradicionales. Así, en paralelo, se va incluyendo a los ciudadanos, para que también participen y sientan que pueden conversar y compartir con una embajadora, un cónsul o un encargado de comunicaciones (que cada vez serán más importantes).

Por último, no olvidar la importancia de los gobiernos que publican toda su información en sus respectivas páginas web oficiales. Esto último, mediante videos, archivos PDF, podcast, noticias y otras variantes. Y, muchas veces, acompañadas con la posibilidad que los ciudadanos puedan comentar ahí mismo o, al menos, puedan enviar un mail.

Como muestra, ya para terminar, el caso de Islandia, que para establecer la nueva Constitución ha incluido a la población islandesa en este proceso.  El Consejo a cargo de esta tarea –que tiene 25 integrantes- no sólo recibe las sugerencias de la población (vía redes sociales y otros canales), sino que también ha tomado en cuenta y ha incluido propuestas que fueron entregadas por un grupo de islandeses –elegido al azar- que durante un día debatió nuevas ideas. Además, se llevan a cabo foros en línea a través de Facebook.

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