El Río, las confesiones de Alfredo Gómez Morel

En este libro, Alfredo Gómez Morel nos cuenta, en primera persona, todas sus experiencias delictuales, las normas del hampa y la vida en el río Mapocho

Alfredo Gómez Morel es un hombre que decide contar la verdad, su verdad. Si bien los delitos no se justifican, es muy valorable una persona que se detiene mira para atrás, reflexiona y comparte sus sentimientos, acciones y también sus errores.

En El Río, Alfredo Gómez nos traslada a su juventud -hace más de 30 años atrás, como diría en el libro- considerando que este fue escrito a comienzos de la década de 1960, la narración comienza cuando Alfredo era sólo un niño.

El Río

Foto: El Mercurio

En El Río, Alfredo Gómez Morel nos introduce en su vida.

Si bien la delincuencia no se justifica, el relato de Alfredo Gómez Morel nos introduce en su vida,  su sufrida infancia, de lugar en lugar, con una madre que no es madre, que lo castiga, le pega, y que incluso lo erotiza. Podemos ver que en El Río no existe una estructura familiar, la madre no inculca valores, funciona a través de la violencia y el abandono, mientras que el padre, es un padre ausente, que no se tiene bien claro quien es, y una vez que este es identificado, sólo sirve como proveedor económico. La infancia Alfredo Gómez está fuertemente marcada por su madre, una mujer de vida fácil, que va turnando sus parejas y que es incluso capaz de seducir a su propio hijo, para luego volver a maltratarlo física y emocionalmente. Es esta situación de extrema violencia la que hace que Alfredo finalmente escape de su casa y encuentre en El Río el cobijo y la verdadera familia que buscaba.

Es en El Río donde Alfredo conoce a sus nuevos compañeros, comienza a delinquir y a aprender sobre el mundo del hampa, del cual en el relato explica ciertas reglas y códigos, inquebrantables por los habitantes del Río, todos niños sin hogar que se acompañan entre sí en sus aventuras delictuales.

El recorrido de Alfredo, incluso desde antes de llegar al Río marcan su personalidad. Pasa una temporada en un internado, en el que sufre abusos por parte de dos Padres, pero él, en vez de ser una víctima, saca provecho de la situación chantajeando a los sacerdotes, para así obtener beneficios que el resto de sus compañeros no tiene. El puede salir del internado, y en general, hacer lo que quiera, sólo tiene que aguantar “la hedionda boca del sacerdote cuando lo besa” pero eso para Alfredo es parte de lo que debe pasar para obtener las libertades que busca dentro del internado.

Podemos ver en Alfredo un Maquiavello, ya que el fin justifica los medios sin importar lo que sea. Alfredo no tiene compasión por las personas a las que roba, incluso se jacta, diciendo que “no hay viejita que pase por el puente del Río y  que lo cruce con su cartea en la mano” es capaz de robar a mujeres, estafar a personas que le brindan apoyo y la lealtad sólo existe con sus compañeros del Río.

Esta novela es autobiográfica, por lo que la linea del tiempo no es lineal, vemos que el tiempo es circular, Alfredo comete un robo y decide salir de la delincuencia, pero lo vemos nuevamente inmerso en el Río, robando y maquinando asaltos. Alfredo siempre vuelve a su origen, el de un niño “pelusa” del Río que es detenido, llevado a reformatorios, incluso a la cárcel, pero siempre vuelve a delinquir.

Un detalle no menor, es que cuando esta novela es publicada en Francia, es prologada por Pablo Neruda, quien personifica a Alfredo Gómez Morel como un escritor autodidacta, que cuenta su verdad.

Esta novela es cruda, violenta y a ratos picaresca. Gómez Morel nos invita a conocer el “Lado B” de la ciudad, lo que no vemos, pero que sabemos que existe.

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