#BecomingSeñora: Cuando el “señorismo” se apodera de nuestras vidas y hasta nos gusta

No queda más que asumir que ya no eres tan jovencita, pero a no preocuparse, pues tiene muchas cosas buenas.

Guía de: Millennials

Desde hace rato que ya dejé la senda de los veintitantos y, a dos semanas de cumplir los treinta, uno de mis temas favoritos a analizar es cómo la edad empieza a cambiar pequeños detalles que antes no quería aceptar. Si bien siempre he sido la misma personal jovial e inmadura como para pintarme la cara en festivales, tener pósters de mis artistas favoritos y jugar en el suelo con mi sobrino, hay algo que desde hace mucho tiempo acepté:  hace rato que ya no soy una joven veintañera.

Empecé a aceptar mi señorismo cuando me tocó trabajar en la modalidad del turno matinal, entrar en la madrugada y salir a la hora de almuerzo para acostarme a dormir a las diez en punto en la semana. Si bien al principio me cargaba ese training de vida, con el tiempo empecé a disfrutar lo que era poder tener la tarde libre para ver teleseries (como las señoras), ir a comprar ropa o incluso ir al gimnasio en la hora en que no había nadie. Sin embargo, mi primera alerta en que me estaba trnasformando fue el día en el que le dije al hermano adolescente de una amiga que se abrigara “porque el cambio de temperatura le podía hacer mal”.

¿Pero qué significa exactamente el #becomingseñora? Llegar a esta etapa de la vida es cuando ya te das cuenta que el carrete en modo universitario con piscola y papas fritas ya no es un panorama viable para el fin de semana, ha pasado un buen tiempo desde que miraste la ropa del sector juvenil del retail y quizás una buena señal muy decidora es el momento en que no conoces quién es el nuevo artista que es el más reproducido en Spotify.

senora

Es cierto, las mujeres nos espantamos en mala cada vez que nos dicen señora, nos ofrecen el asiento en el metro o micro, los escolares nos llaman tía o incluso los vendedores de sepulturas nos dicen que ya debemos pensar “en ese día”. Y no se trata de sentirnos viejas, sino que nos asusta lo rápido que pasa el tiempo y nos seguimos sintiendo igual que cuando teníamos 18 años y estábamos recién saliendo del colegio, inseguras y sin saber aún la forma correcta de vivir la vida.

El panorama suena terrible, pero finalmente no lo es, porque en el momento en que empezamos a abrazar el “señorismo” como un estilo de vida, todo se vuelve mejor. Ya no iremos a carretes universitarios, pero disfrutamos de cenas con los amigos, de un buen vino; no nos vestimos a la moda, pero encontramos ese pantalón que nos queda bien; mientras los cementerios nos dicen que compremos la última casa, muchos ya están pensando en el departamento propio; y aunque no sepamos el nombre de quien interpreta esa canción que repite al menos tres veces la misma estrofa, nuestro gusto musical evoluciona a lo que realmente nos gusta.

A todos aquellos que están en el limbo de los 25 y 30, les traigo un mensaje de esperanza: la vida no acaba después del primer cuarto siglo, sino que mejora. Así que no se sientan culpables si en vez de ir a un carrete prefieren quedarse viendo Netflix; disfruten esa mañana haciendo deportes en vez de quedarse durmiendo hasta las 12 del día un domingo cualquiera y, por sobre todo, disfruten esa supremacía moral que nos da la edad para poder aconsejar a los más jóvenes.

Mientras escribo esta columna escucho a Chavela Vargas, porque a pesar de seguir siendo fanática de una banda pop el #becomingseñora me permitió asumir que me gustan los boleros, y disfruto de una cerveza porque ese saborcito al terminar el día me hace creer que estoy en unas minis vacaciones. Una de las tantas formas de vivir la adultez.

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