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¿Cómo sobrevivieron los millennials antes de Instagram y WhatsApp? Con estas aplicaciones prehistóricas

Hubo una época en que nos conectábamos a Internet a través del teléfono fijo.

Facebook, Spotify y WhatsApp son las tres aplicaciones básicas que todos tenemos en nuestros celulares y que cubren nuestras necesidades: enterarnos de la vida de los demás, escuchar música y contactarnos de manera inmediata sin tener que llamar. Pero, ¿cómo era la vida antes de esto?, ¿cómo nos la ingeniamos en la adolescencia para compartir nuestras fotos sin Instagram?, ¿cómo conversamos con extraños sin usar hashtags en Twitter? ¿y cómo conocimos a nuestras primeras conquistas sin recurrir a Tinder?

Hubo una época en que nos conectábamos a Internet a través del teléfono fijo y no fue hasta principios del 2000 en que empezamos a dejar atrás ese sonido y la tarifa barata, para la llegada del módem y, con el paso de los años, abrazamos en el wifi. En esa misma época, debíamos compartir el computador con nuestros hermanos y generalmente pelábamos por quien estaba más rato frente a la pantalla. Durante nuestra adolescencia, así vivimos internet:

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MSN.

MSN: Es cierto, primero fue ICQ, pero nadie puede negar el impacto que tuvo Messenger en nuestras vidas. Desde personalizar nuestros nicknames con caracteres extraños, añadir la extensión “plus” que nos permitía poner colores, pero fue la versión 6.0 la que marcó un hito: podíamos poner nuestra foto de perfil.

Cómo olvidar esas tardes libres en las que para llamar la atención de nuestro crush nos conectábamos y desconectábamos, si queríamos hacernos los interesantes estábamos “no disponible”, enviábamos indirectas con los estados y, por último, nos preocupábamos de elegir la canción adecuada para que el resto conociera nuestros gustos musicales.

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Fotolog:  Las nuevas generaciones jamás sabrán lo que era aprovechar cada vez que tu amigo llevaba la cámara digital al colegio y hacer una sesión de fotos que te aseguraba material para subir por un par de semanas, tener que juntar comentarios cuando completabas los diez permitidos en el sitio o subir solo una foto por día. Fotolog era nuestra vitrina visual y, si no tenías la dicha de tener una cámara digital (porque hace doce años eso era un tesoro), o una webcam (sí, esas mismas que se conectaban al computador de escritorio), no te quedaba más alternativa que subir fotos que encontraras en Internet.

Que lance la primera piedra quién no subió alguna ilustración emocore con letras de Smitten.

LatinChat: Antes de Tinder, podemos decir que LatinChat unió a muchas parejas, pero a diferencia de la actual aplicación, acá sólo bastaba con ingresar un nickname  para entrar a una sala de chat para hablar con todos. Mientras escribías en el “salón abierto”, en el lado derecho revisabas los nombres de quienes estaban en esa sala, si alguien te llamaba la atención, podías abrir una ventana privada para conversar aparte.

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Lo de los salones era todo un tema, porque había desde chats religiosos, políticos, amistades y, por supuesto, para “adultos”… Cuántos púberes a mediados del 2000 no entraron a este último, creyendo que verían contenido triple X en versión HTML. 

My Space: Esto fue una especie de invento previo a Facebook, básicamente consistía en registrar tu perfil, agregar amigos, seguir bandas y nada más que eso.  Fue una buena herramienta para quienes buscaban música nueva.  No era la gran cosa, pero podías personalizar su perfil con colores y podías ordenar por importancia a tus amigos. Y sí, todos tuvimos a Tom.

Kzaa, Imesh y Napster: Fueron los tres principales programas que nos permitieron poder acceder a la música que quisiéramos sin tener que comprar cd’s o esperar que la radio tocara tu tema favorito para grabarla en un cassette. Eran tiempos en que bajar música era ilegal y más aún, no era cuestión de minutos para bajar un tema, sino que podía ser horas y si tu conexión era lenta, incluso un día completo.  Pero valía la pena, incluso si el computador se llenaba de virus, porque poder tener tu canción favorita quemada en un compilado de Mp3 en un cd, era el tesoro más grande que un adolescente pudiera tener.

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