La otra emergencia que enfrentan las mujeres cuando pasa la tormenta
Guía de: Mujer
- Alejandra Lizana
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Las últimas semanas, Chile ha sido testigo vivencial de lo que significa el cambio climático. Un aluvión en la zona alta de la ciudad, inundaciones, granizos en primavera y el colapso de la capital son solo una muestra de lo que significan las alteraciones atmosféricas, las que, como tantas otras cosas, tienen un sesgo de género y afectan mayoritariamente a las mujeres, según un análisis del Banco Mundial.
Hace un tiempo, la entidad publicó el reportaje “Cuando pasa la tormenta, para las mujeres no viene la calma”. Su tesis es que la vulnerabilidad femenina frente al clima no nace del clima, sino de la desigualdad que existía antes del desastre: brechas de ingreso, de propiedad, de crédito, de educación, de tecnología y de participación política. Cuando llega la sequía, el huracán o la inundación, esas brechas dejan de ser estadísticas y se vuelven obstáculos concretos para evacuar, sobrevivir y recuperarse.
Un ejemplo práctico: ¿quiénes dirigen y afrontan la limpieza del hogar después de que este se inunda? Aun cuando exista una pareja varón, en la mayoría de los casos son las mujeres. Lo mismo ocurre con el cuidado de menores, que a veces se quedan sin ir a clases, adultos mayores y enfermos.
El informe ofrece ejemplos de cómo un desastre borra años de avance económico femenino en pocas horas. Tras la tormenta tropical Erika, en Dominica, las mujeres fueron más vulnerables porque participaban en cerca del 55 % de las actividades económicas informales interrumpidas. En Granada, el huracán Iván (2004) devastó la industria de la nuez moscada y el turismo, sectores en los que ellas concentraban la cosecha, el embalaje y los servicios hoteleros.
Vamos a un análisis más cercano. El sistema frontal que en julio pasado dejó a Coquimbo como la región más golpeada del país terminó con un total de 13.316 damnificados y 9.725 personas aisladas, luego de que se declarara zona de catástrofe seis días después del evento climático.
En ese escenario, la diputada del Frente Amplio Carolina Tello advirtió que las mujeres habían quedado fuera de la agenda pública. Se refería a pescadoras artesanales, trabajadoras del mundo rural y cordillerano, y a las que sostienen sus casas como “jefas de hogar, emprendedoras y trabajadoras precarias”. Su descripción recuerda el patrón que el informe documenta en el Caribe: ingresos informales, ligados a un oficio o a un territorio, que desaparecen primero. Junto a otras diputadas del Frente Amplio, propuso un bono de emergencia para cuidadoras, jefas de hogar y emprendedoras.
Desde el sector de Barrancas, en la región afectada, Elizabeth Castillo, dirigenta vecinal de 68 años, contó a una agencia de noticias que pasaron más de siete días sin luz y que la comida de los refrigeradores se echó a perder. La ayuda, dice, llegaba “a cuentagotas”.
El aluvión de Las Condes fue distinto en velocidad y en respuesta, pero con un detalle: Senapred explicó que todo ocurrió tan rápido que no hubo tiempo de evacuar ni de enviar la alerta SAE, lo que dejó a vecinos encerrados en sus casas.
Ese punto se relaciona con una de las recomendaciones del informe: asegurar que las mujeres accedan a información meteorológica, tecnologías digitales y sistemas de alerta temprana, con una educación climática que considere barreras de lenguaje, movilidad y responsabilidades familiares. La zona de catástrofe se decretó en Las Condes en cinco horas. La comparación con los seis días de Coquimbo ilustra lo que el Banco Mundial describe cuando habla de quién se recupera antes y quién espera más, en función de la ubicación urbana o rural.
Y si bien los balances oficiales conocidos hasta ahora en ningún caso distinguen por sexo a las personas damnificadas, menos aún informan quiénes perdieron su fuente de ingresos o quiénes cargan con el cuidado de niños, adultos mayores y enfermos en medio del barro. Ese era, justamente, el llamado del informe del Banco Mundial: no basta con contar cuántas mujeres resultan afectadas; hay que medir cómo las desigualdades previas determinan quién pierde más, quién se recupera antes y quién puede participar en las soluciones.
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