Bencinas al alza: ¿Por qué el costo de la vida golpea más a las mujeres en Chile?
Guía de: Mujer
- Alejandra Lizana
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Hace pocos días, las bencinas volvieron a incrementar su precio, cuando solo habían pasado tres semanas del llamado “bencinazo”, un alza que representó un aumento de $370 por litro de gasolina. Y aunque estos incrementos afectan a toda la economía —y ya se hacen notar más allá de las estaciones de servicio, en cuentas de supermercado, costos de transporte, entre otros—, lo cierto es que hay un segmento de la población que se ve más golpeado: las mujeres frente al aumento del costo de la vida.
Si bien alguien podría pensar que esto es imposible, porque los precios suben de manera pareja para todos, existen razones estructurales que explican por qué el encarecimiento de la vida impacta más intensamente a las mujeres.
La primera es salarial. Dado que ellas, en promedio, tienen menores ingresos que los hombres, cuentan con menos “colchón” para enfrentar crisis. No es percepción, es estadística: Chile presenta una brecha salarial del 17% en desmedro de las mujeres. En términos concretos, una mujer gana en promedio $260.000 menos al mes que un hombre. Así, cuando el costo de la vida sube, su capacidad de ahorro y reacción disminuye drásticamente. Para quien gana menos, un alza en el dividendo, en el plan de salud o en el transporte escolar representa un porcentaje mucho mayor de su ingreso total.
A lo anterior se suma el llamado “impuesto rosa”, un sobrecosto persistente en las góndolas. Se estima que los productos de cuidado personal orientados a mujeres pueden costar hasta un 13% más que sus versiones masculinas funcionalmente idénticas. En un contexto donde la inflación de marzo y abril se proyecta al alza, alcanzando cerca de un 1,5% mensual, ese sobreprecio invisible deja de ser anecdótico y se transforma en una carga constante para una parte importante de las consumidoras chilenas.
El valor del cuidado es otro factor clave. En nuestro país, la mayoría de quienes realizan trabajos de cuidado no remunerados son mujeres. Somos nosotras quienes sostenemos lo que los economistas denominan la “economía invisible”: más del 70% del trabajo doméstico y de cuidados es informal y no remunerado. Según la última Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), destinamos casi el doble de horas que los hombres a estas tareas. Así, cuando suben los precios de los alimentos o los combustibles, la llamada “gerente del hogar” debe desplegar una compleja ingeniería financiera para estirar el presupuesto.
A lo anterior se suma la alta informalidad laboral femenina, especialmente en sectores como el trabajo doméstico, que deja a muchas mujeres sin mecanismos de ajuste salarial vinculados al IPC, profundizando su vulnerabilidad frente al alza sostenida de los costos.
Con todos estos antecedentes lo que suena a un dato objetivo parece no serlo tanto. Porque la inflación, en la práctica, no es neutra: impacta de manera distinta según las condiciones de base de cada grupo, en este caso las mujeres.
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