Inicio » Mujer »

Rutina de skincare en invierno: ¿Por qué lo que usas en verano no alcanza?

La piel que aguantaba bien en enero empieza a tirantear, descamarse y protestar en julio. No es paranoia: el frío cambia las reglas del juego.

Guía de: Mujer

Hay un momento que muchas mujeres reconocen a mitad del invierno: la crema que funcionaba perfecto en verano ya no alcanza, el rostro se siente tirante, el maquillaje se cuartea antes del mediodía y aparece esa sensación de sequedad que no desaparece, aunque se aplique producto tras producto. No es que la rutina haya dejado de funcionar. Es que la piel de invierno es, literalmente, otra piel.

El verano reseca la piel por exceso: sol, transpiración, cloro y agua de mar. El invierno lo hace por déficit. La combinación del frío exterior, el viento y la calefacción de los espacios cerrados favorece la pérdida de hidratación, la irritación y la descamación. Además, en las pieles más sensibles no es raro que aparezcan brotes de rosácea o dermatitis. El daño existe, aunque el mecanismo es distinto al del verano y, por eso, la solución también debe ser diferente.

invierno piel

El problema de fondo está en la barrera cutánea, esa capa lipídica que actúa como escudo entre la piel y el ambiente. En invierno, el frío reduce la producción natural de sebo, lo que vuelve esa barrera más delgada y permeable. Se trata de una estructura viva y dinámica que determina cómo la piel envejece, se regenera y responde a las agresiones externas. Cuando se debilita, la piel se vuelve más sensible al viento, a los activos que antes toleraba sin problemas e incluso al agua caliente de la ducha. Por eso, la rutina de cuidado también debe adaptarse.

El primer cambio el limpiador: En verano, un gel limpiador con espuma tiene sentido porque elimina el exceso de sebo, el protector solar mezclado con sudor y otras impurezas. En invierno, ese mismo producto puede transformarse en un problema. Lo recomendable es reemplazar los limpiadores espumosos o con ingredientes astringentes por un limpiador cremoso o un aceite limpiador que elimine las impurezas sin alterar el manto hidrolipídico de la piel. Es el ajuste más pequeño de la rutina y, muchas veces, el que genera el cambio más evidente en pocos días.

Lo segundo  aumentar la hidratación: La crema liviana que era ideal para el calor ya no tiene la capacidad de proteger la piel frente al frío. En invierno conviene optar por fórmulas más densas, con ingredientes como ácido hialurónico, ceramidas, glicerina o escualano. Los dermatólogos también recomiendan aplicar la crema sobre la piel ligeramente húmeda para favorecer la retención de agua. No hace falta incorporar diez productos nuevos: una buena crema con estos ingredientes suele ofrecer mejores resultados que acumular varias fórmulas poco efectivas.

El  protector solar sigue siendo indispensable: Este es, probablemente, el punto donde más personas bajan la guardia durante el invierno y donde las consecuencias se hacen más evidentes con el paso de los años. La lógica parece simple: si no hay sol, ¿para qué usar protector? Sin embargo, es un error. Los rayos UVA, responsables del fotoenvejecimiento y de una parte importante del riesgo de cáncer de piel, atraviesan las nubes y mantienen una intensidad relativamente constante durante todo el año.

La diferencia respecto del verano no está en si usar protector solar, sino en cuál elegir. Durante el invierno pueden ser una buena alternativa las cremas hidratantes con protección solar incorporada, ya que permiten hidratar y fotoproteger la piel en un solo paso. Menos productos sobre el lavamanos, el mismo beneficio.

El rostro no necesita una rutina distinta en cada estación por capricho. Lo necesita porque el ambiente al que está expuesta cambia de forma radical y sus mecanismos naturales de defensa también. Adaptar el cuidado a esas condiciones no solo ayuda a mantener una piel más cómoda y saludable durante el invierno, sino que también contribuye a preservar su función protectora y a prevenir el envejecimiento prematuro a largo plazo.

Más sobre Mujer