¿Dónde quedaron los sueños? La miseria está junto a nosotros y nos negamos a verla

Hay niños que ya no sueñan con ser abogado, doctor o astronauta, sueñan con ser narcos.

Guía de: Voluntariado

la foto (1)En poblaciones como El Castillo, Los Nogales, La Serena o  Bajos de Mena las personas viven asustadas, pero lo que es peor, sin esperanza de tener acceso a una vida más digna. Lo que para muchos parece normal o cotidiano, como dar un paseo por el parque o una plaza con sus hijos, para miles de familias es un calvario.  ¿Esta es la libertad por la que tanto hemos trabajado? ¿este es el país en el que queremos que nuestros hijos crezcan? Hay niños que ya no sueñan con ser abogado, doctor o astronauta, sueñan con ser narco.

La violencia tiene múltiples rostros. Uno de sus rostros más silenciosos y peligrosos ocurre a solo kilómetros de su hogar, a un par de estaciones del metro, o quizás a un par de cuadras. En estos territorios existen jardines infantiles amurallados en donde los niños no pueden salir a jugar al patio ni estar cerca de una ventana por miedo a que una bala pérdida pueda quitarle la vida o ser testigos de transacciones de droga. El día a día no es vivir, es sobrevivir, personas que quieren trabajar y tener una vida familiar tranquila, pero se les hace imposible ante el constante peligro.

La violencia y el miedo están haciendo nido en muchos hogares chilenos, no solo por los índices de criminalidad o las tasas de victimización, sino por factores sociológicos que parecen desdibujar el mapa de la segregación, cuyos contornos parecen señalar fronteras incognoscibles para las estadísticas, quizás porque el drama humano detrás no puede ser cuantificado.  En Puente Alto, y solo a modo de ejemplo, hay departamentos donde las puertas y ventanas de las piezas están con reja, viven presos en sus propias casas, allí, donde justamente el ser humano aspira a construir su identidad y a forjar su libertad, ¡en sus propias casas!, hoy miles de compatriotas viven como reos.

La beligerancia de algo que la crónica muestra como un micro clima social, parece permear de a poco otras capas de la sociedad, lo que genera estos índices de desconfianza en las instituciones y la sensación de sospecha permanente hacia “el otro”. Y es que la violencia, en sus muy variadas formas, atenta en última instancia sobre la capacidad de respetar y reconocer a “el otro”, condición básica de cualquier sociedad sana y robusta.

Estamos llamados a transformar Chile. A todo aquel al que no le guste lo que está pasando a 20 minutos de su casa le decimos que existe otro camino, uno donde todos podemos hacer la diferencia, un camino donde desde la alegría, desde lo que más te gusta hacer puedes cambiarle la vida a alguien.

Los jóvenes tenemos un papel protagónico en el Chile que se construye. Para tener éxito, es indispensable luchar hoy y de manera decidida contra uno de los gérmenes de violencia más presente en nuestra generación: la indiferencia.

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