Esa famosa escuela llamada adversidad: ¿Cómo logran vencerla los voluntarios?

Voluntario y estudiante de derecho describe su experiencia en una nueva vivencia de Invierno.

Guía de: Voluntariado

Esta semana se toma el espacio Jorge Marimon, voluntario y estudiante de derecho que nos describe y cuenta su experiencia en una nueva vivencia de Invierno, trabajando en los campamentos Girasoles y Fuerzas Unidas de Valdivia. 

El reloj avanza lento. Las nubes amenazan. Ya se asoman algunas caras nuevas. Es la tarde del sábado 14 de julio aquí en Valdivia y se espera con ansiedad la llegada de los voluntarios del sur para la vivencia de invierno. Las horas pasan y las caras decaen. La preocupación aparece en los rostros. Un dejo de angustia alcanza a asomarse en las gargantas de los encargados. Pero sus voces no dan tregua: Animan y levantan el espíritu a los allí presentes. Lideran con alegría. Quien pelea no está muerto.

Esa famosa escuela llamada adversidad

 

Llega la mañana del domingo y la delegación se completa. Las noticias no son buenas: de los casi 50 voluntarios esperados, serán sólo 27. La misma pega para la mitad de manos. Se doblará la carga de trabajo. ¿Se lograrán los objetivos? Eso esperamos, pero no lo sabemos. Sólo el tiempo dirá si sabremos soportar la adversidad. ¿Cómo reaccionarán los nuevos voluntarios frente a esta carga excesiva de esfuerzo? Existe la posibilidad de que no lo aguanten. No lo sabemos. Pero habrá que saber liderarlos, dirigirlos y hacerse cargo.

Llegamos a terreno. La lluvia nos saluda. Valdivia, la ciudad más lluviosa de Chile, nos da la bienvenida. Las nucas mojadas y las manos heladas acompañan a los ojos impertérritos que observan pasmados el difícil escenario: en un campamento hay que convertir un basural de barro en una plaza con suelo firme, juegos y reja. En el otro, hay que techar de alguna forma dos juegos en plazas distintas. Con la lluvia en la cabeza. Con las nucas mojadas. Con las manos heladas.

Nos sacudimos los rostros y empezamos a trabajar con la alegría de siempre. No quedaba otra. Las palas, los chuzos, las huinchas y las carretillas acompañaban esperanzados las jornadas de trabajo; mientras la música que nos ponía la gente azuzaba las energías y las espaldas empezaban a soportar cargas que normalmente no habrían podido. Y cuando ya no pudieron más, apareció la gente. Los niños, los adultos y algunos jóvenes –todos de los campamentos– se sumaban al trabajo con un compromiso y una voluntad maravillosa, esa que sólo aparece cuando se hacen las cosas por amor al arte.

Las treguas que otorgó la lluvia fueron cortas, pero ayudaron. El ripio, los postes, el cemento, la reja, los techos, los juegos… Todo llegó finalmente a su lugar. La algarabía de la gente y de los voluntarios se hizo incontenible cuando fue colocado ese último perno que al rodar convirtió en funcional al último columpio que quedaba por instalar.

Las lágrimas de algunos voluntarios liberaban la tensión acumulada por días mientras observaban la genuina alegría de los rostros y el bullicio de los niños que veían inaugurada su plaza. La emoción del logro escondía una fundamental conclusión: no hay mejor escuela para aprender a hacerse cargo que la adversidad.

Pasa que en la vida la adversidad siempre va a existir. Es parte de la existencia humana. Los problemas y obstáculos pueden nacer de cualquier parte. La clave es hacerse cargo de ella. Unirse y enfrentar juntos la adversidad desde la alegría porque sencillamente no existe otra manera de superarla.

Los voluntarios de Desafío Levantemos Chile y las personas de los campamentos Fuerzas Unidas y Girasoles de Valdivia, se unieron para enfrentar una adversidad inesperada. Y vaya que lograron superarla. La sociedad civil se hizo cargo.

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