¿Es acertado disminuir las horas de Arte y Música?

El punto central de la discusión no debiera ser tan sólo la cantidad de horas a la semana que se tengan de educación artística, sino la revisión necesaria a la calidad de la formación en estas áreas.

Guía de: Adolescencia

Disminuir las horas de educación musical y artística para dedicar más tiempo a lengua, matemática e inglés ha sido, sin lugar a dudas, uno de los temas destacados de la semana. La iniciativa responde al Decreto Exento 1363 del Ministerio de Educación, que busca disminuir una hora semanal de Educación Artística en 5º y 6º básico y fundiría Artes Musicales con Artes Visuales en 7º y 8º básico.

Desde ese anuncio han salido voces de todos los sectores a justificar o criticar la medida. Entre los que defienden el Decreto, la explicación responde a la funcionalidad de la escuela: en este momento se necesitan niños exitosos y capaces de insertarse de la mejor manera en el mercado laboral, de esta manera mayores conocimientos de lengua, matemáticas e inglés se encontrarían más “acordes” con las necesidades actuales del país y del mundo.

En tanto las voces contrarias resaltan el carácter funcionalista de la determinación, apelando a la importancia de la formación musical y artística de los niños y adolescentes chilenos.

Clases música

Foto: Yasna Kelly

El tema de las clases de música y arte está vinculado con la calidad de la educación que entregamos.

Sin importar de qué lado se esté, existe una realidad previa a la determinación gubernamental: los programas de artes musicales, visuales y tecnológicas son aplicados como un relleno a la currícula estudiantil, e incluso para los mismos estudiantes estos ramos son considerados de menor categoría que otros tales como matemáticas o lengua.

La valoración peyorativa de las carreras artísticas, debido a la creencia de la baja empleabilidad que éstas poseen y al imaginario social del artista, hacen que muchos jóvenes a pesar de sus reales intenciones y gustos decidan por carreras tradicionales, convencionales, mejor catalogadas a nivel familiar, escolar y estatal.

De esta manera, cada día, nos perdemos la posibilidad de que nuestros jóvenes decidan respecto a su futuro, pues cómo van a decidir, si su decisión está sesgada, delimitada, fragmentada y atravesada por el sentido común que nos invita a no prestarle atención a estos ramos, “total no les sirven de nada”.

Historias de las escuelas

La palabra escuela deriva del griego, y en un comienzo la inventaron como el lugar en dónde pasar el tiempo libre –recreo- todos aquellos que no debían trabajar. En ese tiempo de ocio, los griegos realizaban actividades culturales y artísticas. Con el paso del tiempo, las academias de filosofía recibieron el nombre de escuelas, y no es hasta Roma, donde siglos después, pasan a conocerse como los centros de enseñanza a los que se asocian ahora las escuelas.

Con el surgimiento de la burguesía, entre los siglos XIII al XV, se crean estos primeros centros educativos, muy similares a los que nuestra sociedad conoce como escuelas, donde se enseñan los elementos básicos y necesarios para formar individuos capaces de insertarse en el mundo, una vez que cumplen este periodo de instrucción formal.

De este modo, y ligado a la participación que cada Estado tenga en el país, los contenidos que en ella se imparten se encuentran regulados por diversos organismos, estatales y privados.

Son entonces la escuela y sus contenidos un producto social, que debido a su arraigo en las prácticas cotidianas se han naturalizado hasta olvidar que fueron creadas para satisfacer una necesidad de ésta en un determinado período histórico, pero que mediante avanza la vida y la historia la escuela debería devenir en una nueva escuela, acorde a las nuevas necesidades sociales y culturales.

En este sentido la disminución de las horas de artes partió hace mucho tiempo, parte en la casa todos los días, cuando cientos de padres no le dan el lugar que le corresponde; cuando la sociedad, usándolo como una generalización, desconoce a la estética, a la literatura, a la pintura, a la música como dignas de una elección universitaria. Empieza en el seno de un hogar, se extiende a las salas de clase y culmina con decisiones sesgadas, reduccionistas. ¿Quién dijo que saber inglés o trigonometría era más relevante que escribir una canción o una poesía? Finalmente nuestros premios Nobel no son justamente hombres de ciencia.

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