Beirut: The Flying Club Cup (2007), un tiempo pasado de ensueño

“Nantes” y sus tímidas notas de órgano nos albergan ya en el universo de Zach Condon y su agrupación Beirut.

Guía de: Música Indie

Cuando las primeras dispersas notas de “A call to arms” entregan esa sensación de guerra y tensión, esa brevísima introducción nos adentra en “Nantes” cuyas tímidas notas de órgano nos albergan ya en el universo de Zach Condon y su agrupación Beirut. Una canción sentida, nacida en el corazón de una Europa desarraigada, nómade y gitana. Desde la cuna de una percusión rica en matices y monotonías, Zach canta: “Ha pasado un largo tiempo desde que vi tu sonrisa. Nadie levanta su voz, sólo otra noche más para estar de luto…” Y las canciones se suceden sin alejarse unas de otras, como una ronda alcohólica y nostálgica. Los deseos expresados verbalmente por Beirut tampoco se alejan de esto y remiten siempre a un tiempo pasado de ensueño, como en “A Sunday Smile”, “Todo lo que quiero es lo mejor para nuestras vidas querida, y sabes que mi deseo es sincero. Qué decir de los días que no puedo tolerar. Una sonrisa de domingo que usaste por un tiempo. Una milla de un domingo en que paramos y cantamos”.

Beirut

Foto: Guioteca

Un joven prodigio que a sus cortos veintiuno ya cantaba: “Tienes todas las oraciones de mi corazón descontrolado. Tienes todas las oraciones. No, no estaba en las escaleras de la iglesia. El viento en mi pelo, una inundación a través de mis lágrimas”. Todo dentro de mini orquestaciones melancólicas, con vientos, acordeones y pianos con vaho a alcohol y miseria de alma, una miseria que llena de emocionadas melodías el aire.

Una miseria adornada por imágenes de guerra, amores inconclusos, eternas esperas de habitaciones que no conocen el descanso, “Plagas en la barraca, plagas ahora sobre los pobres, alimentaré a mi tambor hasta que muera. Ayer, fiebre, mañana, San Pedro, alimentaré a mi tambor hasta entonces, ¿Qué melodía guiará a mi amante desde su cama? ¿Qué melodía le verá en mis brazos de nuevo? (“Cliquot”) y cantos que emulan un funeral de desaparecidos, un canto fúnebre que hace llover la pena de la pérdida, frente a corazones fuertes e impávidos que levantan sus copas al ritmo de estas tonadas, de esta fiesta con sabor amargo.

A veces, Zach se escapa hacia el folk enarbolando su guitarra y, como un Neutral Milk Hotel más recatado y melancólico, dispara joyas como “The Penalty”, “Noche que no avanza en una muchedumbre de nostálgicos de sus hogares, niños crecidos, dejarán las luces, sus familias quizás ya no esperen, caballero, no pierda la fe, nuestros padres se arrepienten del día que nos hallaron de rodillas”.

Otras, se escapa hacia un jazz gitano indefinible para desgranar letras como “El tiempo viaja para aprender de tu vida secreta en el mausoleo Y Berlín es tan feo con la luz de la mañana pero con ellos jamás podría sentirme tan en lo correcto”. (“In the Mausoleum”)

Se suceden baladas al piano, y canciones como “Cherbourg” con su vals de trasnochado: “Mañana de domingo, sólo niebla en las piernas, lo llamé de nuevo, qué sabes tú, y llené nuestros días, con juegos de cartas y gin, estás alineada de nuevo, querida”.

Lo que realmente termina de asestar el golpe definitivo es saber que Zach es originario de Albuquerque, Nuevo Méjico. Y entonces ese manoseado concepto de World Music realmente se acomoda, tranquila, al lado de Beirut. Y nos deleita la idea que los pastiches que arman los ciudadanos del mundo, sin pasaportes ni prejuicios (al menos musicalmente), sean de esta calaña. No pierda la oportunidad de saborear este disco. 

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