Biophilia Live: El gran regreso de Björk

Biophilia Live, el último álbum de Björk, es un trabajo que llenará los oídos de sus fans más leales y de aquellos que no lo son tanto.

Guía de: Música Indie

Björk

El proyecto que parecía ser (o puede serlo) el más magnánimo de la islandesa Björk, “Biophilia” (ese proyecto que primero fue una aplicación de descarga para los productos Apple, luego Android y que después fue un artículo más común para la música, traducido a CD o vinilo) terminó cerrando su ciclo en el celuloide (en realidad probablemente en un archivo de video digital) a través de la obra “Biophilia Live”, básicamente una transcripción de uno de sus shows en vivo relacionados a esta tarea gigantesca por parte de la cantautora, un trabajo que la llevó a alejarse un paso más nuevamente de la vanguardia, de la forma tradicional de hacer música y, tal vez, de algunos fans.

Y es que para cualquiera que lleve algunos años siguiendo la carrera de esta mujer con rasgos esquimales, sabe que la música de Björk siempre ha estado autoexiliada a un recóndito lugar (como su natal Islandia), que sus canciones responden a algo que, a falta de un mejor concepto, llamaremos “orgánico”, donde la materia prima no se basa en ningún otro instrumento (al parecer) que no sea su singular voz. Y desde ahí van surgiendo y asomándose diversas sonoridades (hablar de instrumentos es casi absurdo a estas alturas) que más parecen simplemente acompañar a su voz principal para después dejarla a medio camino, como sugiriendo que lo que nos indica la ruta no es otra cosa que una voz que seguimos y que cubre todo el recorrido.

“Biophilia Live” es eso y algo más: en la cosmogonía de la Islandesa hay espacio para muchas cosas (y espacio es un palabra que encaja de manera potente acá) y todo parece indicar que en ella la reflexión de que lo micro es en realidad lo macro cuaja de perillas junto a su elaborado show de luces, colores, imágenes proyectadas, y un gran número de personas que deambulan por su espacio -llegando incluso a verse algo claustrofóbico- para implantarnos su cosmovisión, su ética armada vía contemplación de auroras boreales y otros fenómenos naturales que sólo pueden darse en aquella isla perdida en el frío.

El registro será del gusto de los fans acérrimos, y los otros mortales también podemos disfrutarlo sin resquemores como lo que es: un espectáculo único en su género, la representación del universo interno de una mujer que se acomoda cada vez más en sus propias estereotimias (si es más renuente puede reemplazarla por “clichés”), donde uno no deja de preguntarse si en realidad será tan necesario que remarque tanto su acento Islandés al cantar inglés, o si realmente responde a un capricho artístico la cantidad de retruécanos y giros vocales, o si su vestimenta que nos retrotrae a una especia de Gaia sicodélica será imprescindible. Por encima de todos esos cuestionamientos, uno debe entender y disfrutar el hecho que Björk exista, que exista alguien capaz de adentrarse en terrenos baldíos, aún a costa de cualquier precio. Aún a costa que su arte no pueda ser valorado en su verdadera valía ni ahora ni en una gran cantidad de años más. Acá siempre estará ella: alguien con la etiqueta más dura de solista, en todo su espectro.

  

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