Christina Rosenvinge; “Lo Nuestro” (2015): Meter los pies al barro profundo

Hincando el diente en la médula, "Lo Nuestro" es un disco que baja la temperatura. No porque no despierte pasiones (que lo hace) sino por su atmósfera.

Guía de: Música Indie

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¿Qué buscamos en un nuevo disco de alguien que vive sorprendiéndonos? ¿Sorpresas familiares, extrañeza absoluta, tal vez el hilo conductor que quedó de su último trabajo, una patada al tablero rotunda, las mismas canciones con otros títulos?

Christina se lanza sin muchos miramientos a un nuevo trabajo, quizás porque ya sabe que “La Joven Dolores” (2011) no merece ser comparable y porque para la cantautora mirar hacia atrás es un ejercicio que no le va bien (algunas versiones remozadas de su época con Los Subterráneos dan cuenta de ello).

Pero hincando el diente en la médula, “Lo Nuestro” (2015) es un disco que baja la temperatura. No porque sea un álbum que no despierte pasiones (que lo hace) sino que su atmósfera -propiciada por sus arreglos con sintetizadores y sus vocalizaciones reverberadas- suena más gélido, más distante; algo que se ahonda más con sus letras en tercera persona -que de todas maneras son marca de la casa.

Para los nostálgicos de una ternura melódica, pueden volver sus oídos a canciones como “Pobre Nicolás”, una elegía íntima; “Líquen” (sabe a desolación) o la inmediata adherencia de “Romeo y Los Demás”, con todas sus bondades melódicas compiladas en perfecto orden. o “Segundo Acto” que debiese ser un single: una canción que empuja una melodía saborizada con especias familiares y que nunca parece apagarse al transitar por diversas capas sonoras.

Como epílogo, Christina baja sus revoluciones hasta hacer ronrronear las canciones en las rejas finales de “La Absoluta Nada” (cuyo arrullo cansado tiende a hipnotizar) o la cobertura de piano en “Alameda” que podría llegar a sonar levemente forzada.

“Lo Nuestro” es un paso con huella de barro; marca y demarca la exquisita elegancia y el sentido de aventura de una mujer que, sin necesidad de probar nada, sigue en la búsqueda de una perfección melódica que jamás le deja satisfecha. Y para ello incluso juega con formas extravagantes en ella (“Alguien Tendrá La Culpa”) o se reviste de dureza cruda (“La Muy Puta”), para avisarnos que la cosa va en serio y en broma. Para que esperar el siguiente disco no sea una ilusión, si no un punzante dolor que no pasa hasta que arribe el siguiente.

 

 

 

 

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