Concierto de The Cure: Lágrimas, emociones, espiritismo musical
- Daniel Vilches, ex guía de Música Indie
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Primero, quiero ver este concierto de una manera un poco fría y hablar de él en términos de estructura y secciones, organizadas en grupos de canciones que llamaban a una gran variopinta de emociones (algunas inclusive pueden haber caído en el tedio, pero en su gran mayoría eran un puñetazo directo a esas emociones que gatillaban imágenes, olores, y recuerdos vividos bajo el alero de alguna canción/disco de The Cure):

- Una primera sección sin concesiones que era una seguidilla de hit tras hit sin apenas respiro, la primera casi hora del concierto fue para que nos rindiéramos ante una banda que, simple y llanamente, tocaba cada canción que anhelábamos estuviera en el set.
- Una segunda sección compuesta principalmente por canciones de discos como “Disintegration” y “Wish”, con las debidas concesiones, por supuesto.
- Una tercera compuesta por una sección un poco más exigente para el público y que, cual vibración, dejó a la audiencia en un pequeño letargo, más de concentración que de aburrimiento (aunque algo pudo haber de ello).
- Una cuarta sección (y final) donde el grupo parecía mezclar “Staring at the Sea” con “Galore” o algún “Greatest Hits”. Casi como una película editada en termina res, los últimos temas correspondían a esa gloriosa primera etapa de la banda (casi unos Easycure) cerrando con “Boys don’t cry”, “10:15 Saturday Night” y un “Killing an Arab” que supieron a dulces melodías de los dioses.
Pero, más allá de cualquier estructura lineal y razonable, The Cure fue un huracán que nos arrebató lágrimas, risa, euforia, nostalgia, melancolía, y un sinfín de sentimientos y emociones. Deseo pensar que Robert Smith también pasó un momento agradable (destacaba el hecho que dijera sentirse “cómodo, extrañamente”) y, por cierto, una histórica deuda que tenía que ser cancelada y que lo fue. Y con creces. Haber tenido la posibilidad de escuchar canciones tan extrañas de su repertorio habitual en concierto, como “Charlotte Sometimes” o “The Lovecats” y la extraordinaria pasión y fuerza entregadas en cada canción (casi una cruza del universo Cure con Hendrix a veces por la remarcadas guitarras rockeras) hicieron de este ritual una catedral sonora.
Me gustaría pudieran compartir sus opiniones, vivencias, fotos, y lo que se les ocurra de esta, ya instalado en la memoria, sesión de espiritismo musical.
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