Eleanor Friedberger: Personal Record (2013)

La música de Eleanor se muestra honesta y prístina, dispuesta a recibir el juicio del que sabe que no ha faltado a la verdad y que, en consecuencia, no debe temer.

Guía de: Música Indie

“Todo lo antiguo es de pronto radiante y nuevo”, asesta Eleanor en “My Own World”. Y esa oración que funciona como una revelación dentro de la cotidianeidad, dentro de decir cosas como “Estaba viviendo y respirando, sentada tranquila, tranquilamente…”  enmarca transversalmente el segundo esfuerzo de la voz principal de The Fiery Furnaces. “Personal Record” no se aleja (ni lo desea ni necesita) de su antecesor “Last Summer” (2011) y es por eso que la sentencia que da comienzo a este texto se hace fundamental a la hora de abordar este disco con una mirada nueva y abierta, a pesar que su escucha fluye sin complicaciones ya que las melodías y las notas derramadas por todo el disco no guardan secretos ni exigen mucho al que escucha; como sus letras, la música de Eleanor se muestra honesta y prístina, dispuesta a recibir el juicio del que sabe que no ha faltado a la verdad y que, en consecuencia, no debe temer.

Esta honestidad lleva a Eleanor, y al disco también, a abrir historias, imágenes y recuerdos como quien observa un diario de vida encontrado en una calle: parte casi disculpándose en “I don’t want to bother you”: “No quiero molestarte, pero hay algo que tengo que decir (…) Y me has dado todo lo que siempre he deseado, quiero ser asustada y quiero ser cazada”. Y son estas reflexiones íntimas las que generan la conexión más inmediata tanto en letra como en melodías que parecieran acercarse en demasía a lo familiar sin necesariamente serlo. Caso ejemplar en “I’ll never be happy again” –ya desde el título cualquiera sumido en tristeza o nostalgia puede sumarse; “Frecuentes rechazos, afectos ocasionales, algo he puesto en la dirección equivocada”.

Eleanor Friedberger

Las canciones son confesiones en voz alta y aunque el pedal del rock esté presionado a fondo, su tono menor jamás escapa de la atmósfera. Una buena muestra de ello es su primer single: “Staring at the sun” (“Porque cuando estoy contigo todo es un tesoro, me olvido de lo que es estar lejos, estoy lejana al pueblo, en los suburbios de tus placeres, he estado en el exilio por tanto tiempo, intentaré no mirar fijo al sol”). Todo ello envuelto y cobijado por una batahola rítmica donde una guitarra aparece y reaparece furiosamente para luchar por el primer plano codo a codo junto a la voz de Eleanor. A veces estos entramados altamente rítmicos y pegajosos dejan entrever una claustrofobia, un rechazo a esa mentada cotidianeidad (“Tomorrow Tomorrow”). En otras ocasiones permiten un paso de bólido para otorgar la debida urgencia a la que la letra nos convoca (“When I knew”). El contraste con lo interpretado en The Fiery Furnaces es evidente: acá no encontramos pasos en falso o experimentos sonoros; en el rincón de Eleanor, en esta habitación sonora sólo hay notas trabajando arquitectónicamente para soportar y acrecentar una melodía que transporta mensajes sentidos, verdades de alcoba, honestidad de la que emerge cuando todas las luces se apagan y sólo remanece el latido de un corazón que dirige el pulso de las canciones que se escriben.

El coda que comienza a dar “Personal Record” (interesante juego de palabras; nos deja la posibilidad de verlo como una grabación personal o como la instauración de una meta personal) trae dos temáticas disímiles: por un lado con “Other Boys” da una mirada de inestabilidad y vacío al tema de la falta de compromiso y la infidelidad como bandera. Cada vez que el coro “Hay otros chicos, también… Hay otros chicos, también…”  se hace presente, se adivina, reforzado por su tempo de balada rock cincuentera, esa esquiva verdad que remata con “Pero no dejes que te preocupen”.

El fin de todo llega con “Singing Time” en donde Eleanor, cual pastora del rebaño de las canciones, las convida a terminar su papel e irse con ella a quién sabe dónde. Esta metalírica que, con un poco de imaginación podría caber en la misma ardua tarea que se impuso Ezra Pound al tratar a sus canciones como hijas y mandarlas a realizar sus tareas o quejarse de ellas, todo a un tiempo. Un fondo de vacíos que comienzan lentamente a llenarse hasta acabar en un leve crescendo que termina por dar la energía final a este tema, da el pie al mandato de Eleanor para apurar este andar cansino a la voz de “el tiempo de cantar ha acabado, el tiempo de cantar ha acabado”. Una nota breve de piano eléctrico da el término.

Este segundo disco de la señorita Friedberger apunta a hacer de lo ordinario algo extraordinario, de la rutina y lo cotidiano sacar la fuerza y la cordura para enfrentar lo nuevo. Porque si se puede cantar, con una sencillez amplia, “Estaba revisando puntajes, cortando cupones y leyendo el diario” y hacer que esa imagen tan de siempre, del devenir, haga que las cosas cobren sentido y que nos hagan ver las mismas cosas de siempre con nuevos ojos como decían los Modernistas, entonces estamos frente a una revelación que, de tan obvia, pasa por nosotros sin siquiera poder fijarnos.

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