Elso Tumbay, sentimiento e impresiones: Elso Tumbay (1997)

Elso Tumbay debutó con la vitalidad y el cruce de muchas energías, capaces de hacer varias cosas en una.

Guía de: Música Indie

El debut de la banda chilena Elso Tumbay fue la vitalidad y el cruce de muchas energías de hacer varias cosas en una. Todo el rock de los 70’s a través de un prisma protomedieval endulzado por un dejo de leyenda y mito.

Las letras surgen como historias que van dejando atrás su hilo conductor para deshilvanarse en sentimientos e impresiones. Y, cómo no, en referencias populares (“Me encontré con un dragón, entremezcla de ratón y el ron silver viene bien y decidí partir”). Conjugan bien el hard rock y una pseudo monodia medieval en un algo que no cuaja absolutamente pero que se advierte adorable. Ya con “Aire”, su tema más popular, estampan una lírica del absoluto, de armonía con el todo (“Hoy salí detrás del sol y yo no fui lo ví. Y estoy aquí y por allá hoy puedo ver y hoy soy Aire”).

Elsa Tumbay

Foto: Guioteca

Elsa Tumbay

La huella de la música Chilena no se demora tampoco en aparecer y esa combinación también parece ser de buen gusto. La principal culpable de que las mezclas funcionen de forma natural es la voz de Carolina Sotomayor que trabaja de hilo conductor ante los cambios que se van produciendo con las notas y acordes. En “Yo no vengo a vender” se hace patente ante un acercamiento a la cueca que Carolina sabe esquivar casi como en la danza misma y aparece con un canto que avanza y retrocede dentro del formato, sin llegar a serlo pero sin abandonarlo tampoco. Y es justamente eso lo que le da una gracia extra.

En “Sol y la Luna” aparecen letras que se acercan a un dejo de melancolía y que, por ende, se hacen aún más sentidas (“Y en el mar tus ojos ciegos verán más allá y los extrañarás. Enloquecerás y lloraré de rodillas, volverás, yo estaré esperando por ti”). En “Lucho Estrujo” se produce algo aún más interesante: una serie de partes que van encadenando una vertiginosa escapada al centro mismo de una especia de lírica automática (“Se sabía que era el tiempo que quedaba diminuto como plástico absoluto se cayó como una gota se evapora con el viento porque nadie la vi porque estaban tan ciegos y se escucha una explosión maldita congestión congelada en el instante me resbalo por un pozo y me caigo en la distancia maldito movimiento que se marca por el aire y se queda casi quieto es la hazaña de la vida porque si todos lo supieran quizás nadie lo sabría… Y estaban tan lejos de la ciudad y creían que podían ver pero, estaban perdidos”) y que da paso a una instrumental “Espacial” que funciona sólo como espacio entre este tema y “Japahuep” que es uno de los grandes aciertos de este disco.

Ya desde sus balbuceos en lengua Japahuep y sus misteriosas notas flotantes, abre un confuso mundo a medio camino entre lo medieval y el mundo anacrónico e inexistente de una leyenda (“Volando vienen los japahueps montando sus enormes pájaros y horribles a la vez ellos chillan ellos se ríen por sobre las playas legendarias y la revolución falló otra vez…”). Una especie de fiesta primitiva a luz de una tormenta de rayos. Con “Naturaleza” y su preciosista juego de palabras (“Soy la Naturaleza, soy la lesa de Naturaleza, soy la Naturaleza, soy la hierba de la maleza”) toman la cueca del sartén y le dan una removida para cocinar algo nuevo dentro del mismo cocimiento.

Y el disco se sucede canción tras canción, sin dar señales de cansancio, sin dejar de ser el punto medio entre los estilos que hemos mencionado. Talvés el tema que escapa un poco a la parte final del disco sea “Busco” con sus logrados efectos de pop sofisticado. Pero en esencia la caída va rotundamente rockera, especialmente en el extenso epílogo “La Noche y La Luna”, con su elástico final lleno de desgracia, potencia sonora, lamento, y, sobre todo, urgencia (“Damos anuncio a la lista de los fallecidos en el accidente de la rotonda: Roberto, Enrique, Andrés, Nicolás, Ricardo, Felipe, Guillermo y Andrés todos están muertos, todos están muertos”).

En parangón, su siguiente esfuerzo “Niño Planta” (2004) es absolutamente de tono menor. La búsqueda iba para otro lado rotundamente. “Elso Tumbay” repartía, a manos llenas, una magia lúdica cuando ya empezábamos a pensar en mirar al siglo XXI.

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