Índigo: “Se Acabó la Rabia” (2007): Tristeza en envase pop

“Se Acabó la Rabia” es una gran colección de canciones. Si se buscan letras confundidas, abiertas, lastimeras, íntimas en un envase altamente atractivo, chispeante y llamativo (y todo en español) pues aquí se ha llegado a puerto.

Guía de: Música Indie

A menos de un año de lanzar su debut, “Cosas que Nunca te he Dicho” (2007) la agrupación Valenciana ya daba cuenta de un buen puñado de canciones ya armadas y traía este disco como nueva creación.

Hay algo muy singular con Índigo -excepto el nombre claro, que debe ser uno de los más usados en nombres para bandas- con su manía de hacer florecer canciones pop: todas se parecen y a la vez se distinguen, el hilo conductor armado por la voz de Vanessa Prado unida a su urgencia por juntar demasiadas palabras tras palabras para hacer aún más ambigua, borrosa, y, por ende, más identificable cada una de las letras curtidas en estas canciones firmes, robustas, sanas y transparentes; acá la gracia no radica en ser sorprendido por los giros radicales que toma cada composición, por el contrario, la genialidad se vislumbra en tocar canciones de tronco grueso cuyas ramas (en forma de arreglos de vientos, cuerdas, y teclas) apenas logran distraernos del centro medular de Índigo: canciones tarareables, que invitan a un aprendizaje forzoso de sus letras ya que guardan un gran espectro de verdades pequeñas, molestas, cotidianas y rotundas.

Índigo

Foto: Guioteca

Las muestras borbotean por todos lados, pero se hacen especialmente explícitas (extraño en letras que optan por la imprecisión) en “Échale la culpa a Hill II” (neo-versión de la misma canción aparecida en su debut): “Pareció perdido aquel siglo que pasé huyéndome desde dentro. Me quedé dormida y dije cuando desperté, al cabo de mucho tiempo… Si estoy tan triste no es por tu culpa, ¿quién dejó puesta esa canción? Tened cuidado ahí fuera, era lo que solías decir, aquel viejo guardián, plano en la oscuridad, capitán de la pena, testigos de la espera, de lo que yo iba a reconstruir. Niña de metal, delante un cristal, y después de la cena y después…” o en la desoladora “Calle Agosto”: “Calma, sobreviviré no sé cómo, no te he dicho todavía que sigo sintiendo que la culpa es mía. Algo mal tuve que hacer, porque no te volví a ver. Vida de las mariposas, caras largas, frases cortas. Dos llamadas, quizá tres, y un octubre para intentar reconstruir Europa, mi página está rota ¿Quién podrá perdonarme esta humillación tan grande? Tan esperada fue aquella llamada. Ni Dios ni la locura, tampoco la literatura. Fría es la guerra, mordió cielo y tierra. Si te odio no me digas nada, podrías aguantar la mirada para fingir que esto no pasa. Un instante será suficiente me da igual lo que diga la gente te esperaré en aquella esquina… como una puta…”

Tampoco es asegurar, a pie juntillas, que se trata de una banda de canciones donde el escalpelo y las venas se miran con amistad profunda. Pero estatizar que el tono de ellos casi siempre va a menor. En otras, como en “Extraños en un Tren” el tono de las armonías deja que la tristeza se arranque y las melodías dejan un tono irónico para esbozar una media sonrisa: “Llego tarde no me espera nadie última llamada viajeros al tren…” “La tormenta acaba de empezar atrapados se ha ido la luz y no nos hemos abrazado. Es tan extraño estar aquí si no eres nadie para mi, soy culpable procuro ser amable cuando me han estrangulado”. Y hay canciones (“Elige tu propia aventura”) que abren futuros posibles, esperanzados de encontrar un hilo para continuar viaje: “Una pista para poder seguir buscando algo. La música no es la misma. Las manchas en la pared. Las armas en pedazos. Poco puedo elegir qué bien bonito desengaño. Distintas temperaturas. El corazón que sin querer que me explotó en la mano.” “Pinté una línea como las de antes. Un viaje alucinante. La misma tarde la misma piel. Sé que me dará igual lo que me digas. Es una tontería. No quiero ni una mentira más. Nunca más. Jamás.”

Pero el tono lapidario que inunda y ahoga el disco se hace siempre presente, especialmente en la vertiginosa y nauseabunda “No preguntes”: “Empecé otra vez a sentir que lo bueno no era bueno. ¿Sabes tú quién soy? ¿sabes tú? quién se acuerda ya de aquello. Soy yo la que sigue pensando en lo mismo. Cabeza que da vueltas sin punto fijo. Perdona por no haberte estado escuchando. Que lo mejor es que yo sigo pensando. Esta desazón se llevó toda la ilusión el corazón así, se me va a sacar comencé mi persecución en este no parar. Tengo que saber el porqué de las cosas que no cuentas. No puedo vivir, sigo aquí dando vueltas a las vueltas, vueltas a las vueltas…” Un órgano con Leslie a todo lo que puede llegar a dar se va atravesando, transversal, en las líneas melódicas, dándole un tono de funeral a toda la canción. Una trompeta termina de rematar esa atmósfera.

“Se Acabó la Rabia” es una gran colección de canciones. Si se buscan letras confundidas, abiertas, lastimeras, íntimas en un envase altamente atractivo, chispeante y llamativo (y todo en español) pues aquí se ha llegado a puerto.

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