Peter Murphy: 35 años de Bauhaus (Teatro Caupolicán), maravillosa oscuridad sonora

Ante una horda de seguidores de diversa índole, Peter Murphy, la encarnación y re-encarnación restante de esa potente oscuridad densa y descontrolada llamada Bauhaus, invocó a la noche de las noches para traer de vuelta un salvajismo y una construcción sonora imbatible.

Guía de: Música Indie

Lo que aconteció en el Teatro Caupolicán este sábado 10 de Agosto recién pasado fue una potente batahola que arrasó con todo: nuestras pasiones, emociones y, casi, nuestros oídos. Ante una horda de seguidores de diversa índole, Peter Murphy, la encarnación y re-encarnación restante de esa potente oscuridad densa y descontrolada llamada Bauhaus, invocó a la noche de las noches para traer de vuelta un salvajismo y una construcción sonora imbatible e innegable.

Peter Murphy

Foto: Ake Music

Ya con “King Volcano” y su entrada majestuosa, de aquelarre, Murphy y los suyos se tragaron a un público que, muchas veces, ni siquiera podía reaccionar a aplaudir ante el éxtasis provocado por el hipnotizante ritual presentado en el escenario, una descarga de canciones sin tregua. Explotaron casi todas (“Double Dare”, “Kick in the Eye”, “Stigmata Martyr”, “Spy in the Cab”, por nombrar sólo algunas) en un continuum que despertaba una incontenible algarabía. Súmenle a ello las cabriolas e histrionismo de Peter y un alto volumen de cada instrumento -siguiendo la dinámica de lo que fue Bauhaus: cuarteto de bajo, batería, guitarra y voz; más algún otro aditamento necesario como los samplers de “Bela Lugosi’s Dead” o la melódica tocada por el propio Murphy y que le daba una atmósfera particular a temas como “She’s in Parties” por ejemplo.

También tuvieron una agradable escapada del guión original (sólo material de Bauhaus) al tocar, violín en mano, “A Strange Kind of Love” que supo a gloria absoluta. El único pero que podría llegar a poner, poniéndome en un plano absolutamente mañoso, fue la amputación de la parte final de “Stigmata Martyr”, que no contó con su rezo en Latín (“In nomine patri et espiritu santi”).

Sin embargo, la verdad sea dicha, fue un concierto colosal. Para los que aún después de todos esos himnos del romanticismo (se me viene la grandiosa imagen de Peter Murphy acercando el micrófono a la gente para que cantaran el coro de “The Passion of Lovers”) no se sintieran satisfechos, Murphy y sus esbirros se dieron un breve respiro para un contra-ataque final de tres covers como sólo Peter Murphy logra adueñarse de ellos: “Telegram Sam” (original de T. Rex), “Ziggy Stardust” (David Bowie) y una venia a otros gigantes que partieron desde el rincón de la obscuridad: Dead Can Dance y “Severance”. Una forma de asegurar que la luz también puede surgir de las tinieblas.

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