Pixies: Trompe Le Monde, el último gran esfuerzo de los duendes

El último álbum de la –quizás, en una de esas- mejor o, por último una de las más originales, banda norteamericana de todos los tiempos, se construye en un tiempo de quiebres entre sus integrantes.

Guía de: Música Indie

Hay pequeños detalles que daban buena cuenta de que “Trompe Le Monde” (1991) expelía un tufillo al último álbum de Pixies, esa banda absolutamente singular que parecía mezclar de una vez todo el punk, el hardcore, el pop, el rock, y una opulenta dosis de las mejores letras que se han escrito en la lengua Anglosajona (me atrevería a decir que entre Syd Barrett y Black Francis descansan las mejores letras de rock surgidas de esta cultura): primero, la preponderancia rotunda de la voz de Black Francis; en contadas ocasiones solamente la voz de Kim Deal se deja oír, como en “Subbacultcha”, algo no tan extraño ya que ese tema daba vueltas hacía unas eras en el universo Pixies y que fue más que nada rearreglado para este disco (ya en “The Purple Tapes” se veía su creación y algo de su al parecer incongruente coro para este tema terminó por dar vida a “Distance equals rate times time”).

Pixies

Foto: El Mercurio

Algunas canciones dejan la clásica estructura ruidoso-quieto-ruidoso, para dar paso a canciones casi (recalco el casi) con orientación al adulto joven como en “Letter to Memphis”, “Motorway to Rosswell”, o la casi ochentera “The Navajo Know” talvés en una movida hacia lo que vendría con la etapa solista de Franck Black.

Pero, independiente de todo ello, “Trompe Le Monde” es un disco portentoso, rotundo, dispuesto a sorprenderte desde todos los ángulos posibles, aquietarte e inquietarte. El comienzo es sencillamente avasallador con “Trompe Le Monde” y su letra tan hermética y metalírica (“y las letras son las letras de las palabras / dije / tocadas eléctricamente / para el espacio exterior y para aquellos que pagaron / esta canción ha ocurrido dos veces / y ahora es tiempo / de irse / lejos de vacaciones”). Hay homenajes, como aquel extraño para Alexander Eiffel “Alec Eiffel” (“Oh Alexander te veo más allá / de los arcos de la aerodinámica”) y, en una retorcida mezcla de todo lo que podría llegar a ser la educación superior con “Umass” (“No somos chicos, por decir lo menos / tenemos ideas que nos son queridas / como el Capitalismo, como el Comunismo / como un montón de cosas de las que has escuchado”) (“Universidad de Massachusetts, por favor / y aquí vienen las cinco últimas / es educacional / es educacional / es educacional / es educacional / es educacional”) y, obviamente, esa nueva mirada a la canción de The Jesus and Mary Chains Head On”, la cual se devuelve turbo-cargada, donde ya no es la melancolía el apoyo del tema, sino una frustración atacada en base a berrinches y guitarras ruidosas y crujientes.

El respiro viene de la mano de “Bird dream of the olympus mons” y su crescendo majestuoso (“La velocidad se aleja sin / aviso / necesito un lugar donde dormir esta noche”) o la chispa infinita de “Palace of the brine” (“Ví la clonación / de la famosa familia”). Es cierto que a veces el pastiche se vuelve un tanto pastoso de tragar y asimilar, pero con paciencia se llega a la conclusión de estar ante una obra incontestable, un reguero de melodías, solos, y ritmos que sólo podían aparecer en la tierra de los duendes.

Es mejor escucharle como una entidad orgánica, pueden hacerlo acá.

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