PJ Harvey: Let England Shake (2010), inquieta sensación de calma y júbilo

Polly Jean Harvey ha intentado (desde “White Chalk”) crearse un nuevo lenguaje a través de su voz e instrumentos. La búsqueda resultó en uno de los discos más interesantes del último tiempo.

Guía de: Música Indie

Ya desde el inicio con esa patada melódica que es “Let England Shake” -con Harvey a cargo del auto harp- se hace patente que la lírica de PJ Harvey va directo a la médula de la desilusión (“Los días de baile de Inglaterra han terminado. Otro día, Bobby, para que vengas a casa y me cuentes que la indiferencia ganó”). Y sin embargo, las melodías entregan esta inquieta sensación de calma y júbilo. Ese arraigo de Inglaterra a la que se quiere con sus defectos inacabables (y que, por lo mismo, se vuelve aún más querible). Como en “The Living Rose” (“Déjame observar la noche caer en el río, la luna levantarse y volverse de plata”) pero esta nostalgia romántica no ciega a la intérprete que dictamina los verdaderos resultados de la conquista en “The Glorious Land” (“¿Y cuál es el glorioso fruto de nuestra tierra? su fruto son niños deformes ¿y cuál es el glorioso fruto de nuestra tierra? Su fruto son niños huérfanos”).

pj harvey

Foto: Agencias

Y las muestras continúan imparables e imponentes, ¿qué nos queda entonces? Las melodías, notas e instrumentos que albergan y dan cobijo a estas letras. Donde las guitarras vuelven a un primer plano pero trocadas; ya no es el ruido crujiente e infatigable: son guitarras llenas de ecos, a veces limpias hasta la pulcritud. Y la sensación de escuchar planos y planos sonoros. Mención aparte al saxofón (contribución de la propia Harvey) y algunos vientos y el piano que entregan un paisaje aún más grandilocuente e inacabable. Y los falsetes de voz que llevan las melodías a nuevos cotos de belleza (especialmente en la rareza quebradiza de “England”) y que permiten una relectura al que pensó que PJ Harvey se había quedado con una voz ya determinada (una excelente voz por cierto).

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Foto: Guioteca

Para los que aún echan en falta la clásica estructura y voz de la Harvey noventera, aún podrán hallarle en canciones como “In the Dark Places” una verdadera joya antigua entre tanta belleza renovada. Pero que no abandona esta lírica obscura y retorcidamente apegada a un destino fatal y aceptado (“Pasamos a través de las montañas malditas, en dirección al infierno, y algunos regresaron, y otros no.”)

Esta tarea titánica que se he echado al hombro PJ Harvey ha quedado como una obra rotunda y absoluta. Un álbum que es menester escuchar de forma completa y llegar a querer (y aceptar) esas contradicciones vitales que hay en la tierra donde se ha nacido y criado.

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