Tori Amos: Little Earthquakes (1992)

Las imágenes de sus letras van montando escenas de un teatro de fin de mundo, mientras ella al parecer mantiene una calma que inquieta por su parsimonia ante la tormenta final.

Guía de: Música Indie

El debut de Tori Amos; esa adorable e inquieta extensión de un acostumbrado piano a ser frágil y fértil y que ahora parece haberse bien encaminado o a un sendero donde no todos pueden seguirla, o bien derechamente a un camino sin salida creativa, es un debut que deambula por muchas rutas y que nos transporta a estaciones de emociones y sentimientos. Este viaje con paradas a la fuerza y detenciones de instantes donde el tiempo se hace líquido y fluye como un salpicón de sangre. Como la entrada de piano de “Girl”, que arma un túnel junto a su letra de crecimiento a la fuerza y de lección no aprendida, pero posible de aprenderse (“Ella ha sido la chica de todos, tal vés algún día sea su propia chica”)(“Y en la bruma ella viaja y los castillos se están quemando en mi corazón y mientras giro me sujeto firme y voy al trabajo cada mañana preguntándome porqué ‘Siéntate en la silla y ahora pórtate bien’”).

Tori Amos

Foto: Guioteca

Las imágenes de sus letras van montando escenas de un teatro de fin de mundo, mientras ella al parecer mantiene una calma que inquieta por su parsimonia ante la tormenta final. Como en “Silent all these years” (“Discúlpame pero puedo ser tú por un momento mi perro no te morderá si te sientas muy quietecito Tengo al anticristo en la cocina gritándome de nuevo. Sí, puedo oír eso”).

O las declaraciones de principios encerradas en historias cuya gracia radica principalmente en los comentarios a-la-Tori-Amos: “These precious things” (“Dijo eres realmente fea pero me gusta la forma en que juegas y morí pero le agradecí puedes creer a ese enfermo enfermo aferrándome a su fotografía vistiéndome prolijamente cada día Quiero destrozar los rostros de esos hermosos chicos esos chicos cristianos Que puedas hacerme acabar no te hace Jesús”). Hay también concesiones, como la alegría apagada pero decidida de “Happy phantom” (“Y si muero hoy seré el fantasma feliz e iré a perseguir monjas en el patio y correré desnuda por las calles sin ponerme mi máscara y nunca más necesitaré un paraguas en la lluvia Despertaré todos los días en campos de frutillas y las atrocidades de la escuela las puedo perdonar”).

Se podría seguir por eras deshilvanando las fructíferas sílabas surgidas de una debutante Tori que ya tenía las cosas demasiado claras, o que le hicieron tenerlas claras… Una de las cosas por las cuales este disco es tristemente famoso es por su canción “Me and a gun”. Sacar a flote otra vez el morbo generado por esta canción es casi de mal gusto. No por ello este tema a capella va a perder un ápice de su atmósfera asfixiante, tenebrosa, como quien, resignado ante el bosque de la muerte, empieza a acariciar los árboles para entregarse a destino esbozando una sonrisa (“Puedes reírte es casi como divertido las cosas que piensas tiempos como estos”).

Y las canciones se suceden, sin tregua, albergando verdades trastocadas por recuerdos emocionales, por imágenes descontroladas, por estampidas de historias humanas; cobijadas por melodías sin vacíos, notas que borbotean notas, un piano que se desdobla en otros pianos. El responso final de “Little Earthquakes” queda como un exasperante deseo de volver a cantar y cantar un mantra eterno (“Buen año para los cazadores y las fiestas de Navidad y yo odio odio odio odio odio la música de los ascensores la forma en que peleamos la forma en que me quedo aquí en silencio”).

Claro que vendrían otros discos, algunos tan buenos como éste. Pero el primer paso siempre es decisivo.

Las traducciones libertinas piden disculpas para los puristas de estas letras.

Pero claro, lo medular de todo esto es Little Earthquakes

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