Una banda: R.E.M.; una canción: Electrolite (1996)

Era una suerte de balada a tempo rápido, una ilusión nostálgica llena de referencias, guiños, y declaraciones.

Guía de: Música Indie

Mucho antes que Nirvana destronara a Michael Jackson y que ese concepto difícil de asimilar etiquetado como “música alternativa” (¿alternativa a qué? por cierto) viajara de boca en boca, mucho antes que Rage Against The Machine nos hiciera cantar eso de una mujer entrada en kilos y generosa de glándulas mamarias, mucho antes del “Black” de Pearl Jam y del video de “Loser” de Beck y, claro, antes que la gente cantara “Shalalalalalala…” con Counting Crows; R.E.M. ya había terminado de asestar un golpe definitivo a la música vacía con una canción comandada por una línea de mandolina. La canción era “Losing my religion” y era la tercera canción más popular de los chicos de Athens (anteriormente estaban “It’s the End of the World as We Know It (and I feel fine…)” y “The One I Love” pero fue, indiscutiblemente la anteriormente nombrada la que los catapultó a la masividad).

REM Eectrolite

Foto: EFE

Pero los 90’s pasaban y los chicos empezaban a perder su brújula; habían entregado dos increíbles discos: “Out of Time” (1991) y una obra monumental como era “Automatic for the People” (1992), pero ya con “Monster” (1994), la vara decaía ostensiblemente, R.E.M. se ocultaba entre distorsiones y acoples. Las guitarras chirriaban y la voz de Stipe empezaba, más que nunca, a apagarse. Y si bien las ganas estaban, algo parecía disolverse en su mundo.

En otro esfuerzo, enfocado desde otro lado, emerge “New Adventures in Hi-Fi” (1996) al cual muchos concuerdan en situarlo a medio camino entre “Automatic…” y “Monster”. Puede ser. Y puede que no.

El último tema de aquel álbum llevaba por título Electrolite y, una de sus grandes cualidades, era que se alejaba casi sin quererlo del panorama más sombrío y urgente del disco. Era una suerte de balada a tempo rápido, una ilusión nostálgica llena de referencias, guiños, y declaraciones. El tema era comandado por un piano cadencioso y la voz de Michael se alargaba y producía ecos poderosos. Las cuerdas terminaban por darle una atmósfera preciada, de joya pequeña. Detrás de su coraza de hermosura, su letra aparece diáfana, casi pura: “Tus ojos están quemando y haciendo agujeros a través de mi. Soy gasolina. Me quemo limpio. Siglo veinte, véte a dormir. Eres plasticina. Eso es obsceno, eso es obsceno. Tú eres la estrella esta noche. Tu brillo eléctrico está fuera de vista. Tu luz eclipsa a la luna esta noche. Electrólito, estás fuera de vista.”

Su frase final, pareciera querer apelar justamente a retirarse, a marcharse, a acabar con todo esto de las canciones, y que ya no da miedo no seguir cantando, no refugiarse en la cuna eterna de la música: “No tengo miedo, me voy de aquí, no tengo miedo, me voy de aquí”. De hecho, los instrumentos ya se han ido antes que Stipe termine su última sentencia. No existe el temor, es hora de marcharse.

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