El naufragio de la fragata Wager: Canibalismo y penurias de los sobrevivientes (III)

Si te has preguntado cómo fue el motín de los náufragos de la fragata Wager aquí tienes la respuesta, día a día, según sus protagonistas.

Guía de: Patagonia

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Ya en la playa, y a salvo momentáneamente de morir ahogados, el hambre comenzó a inquietar. “La mayoría de nosotros habíamos ayunado las últimas 48 horas, y algunos más todavía”, describe Byron. En la mañana de ese primer día en la isla reunieron los escasos alimentos que habían podido salvar del naufragio: Unas dos o tres libras de galleta molida, una gaviota que habían cazado y manojos de hierbas silvestres que estimaban comestibles. Pusieron todo en una olla con abundante agua y de aquello surgió una especie de sopa con la que se nutrieron en su primer día de náufragos.

A poco de comer se sintieron muy enfermos y con signos de envenenamiento. Primero pensaron que habían sido las hierbas silvestres, pero luego concluyeron que la culpable fue la galleta molida que en la emergencia por abandonar la nave se había mezclado con tabaco. Byron estima que serían unos ciento cuarenta hombres en tierra, más o menos. A bordo quedaba aún una cantidad pequeña pero imprecisa de infantes y marinos que se resistían a abandonar el casco.

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Mapa topográfico de la isla Wager. El punto más alto corresponde al Monte Miseria, señalado por John Byron.

Descripción del lugar

“El terreno era pantanoso y muy poco aparente. El lugar que ocupábamos era una bahía formada por unos promontorios montañosos, siendo el del lado norte tan excesivamente escarpado que tuvimos que ponernos a labrar peldaños para ascender a él, ya que era imposible costearlo a causa de que el mar bañaba su falda. Este cerro, que denominamos Monte Miseria, nos sirvió después para hacer algunas observaciones cuando el tiempo lo permitía; el promontorio del sur no era tan inaccesible. A poca distancia de este, con algunos compañeros descubrimos otra bahía adonde (también) habían llegado algunos restos del naufragio”, señala Byron.

La presencia de chozas de nativos, si bien en apariencia abandonadas, les hacía sospechar que en cualquier momento podrían regresar. Por ese temor los náufragos no se alejaban demasiado para reconocer el lugar. Apenas realizaron algunas salidas cortas en busca de algo que pudiera ser comestible. No hallaron nada.

Al rescate de los rebeldes

La noche siguiente fue muy tormentosa. Cerca de la medianoche la fuerza del oleaje y la altitud de la marea amenazaba con destrabar al casco de la Wager de su varadura y terminar de hundirlo. Ante esa posibilidad concreta los rebeldes a bordo pidieron a gritos ser llevados a tierra.

El capitán Cheap ordenó a Campbell, y a otros tres suboficiales, que intentaran traer a los rebeldes. Sin embargo la tormenta impidió al bote acercarse a la Wager y debieron regresar. Ante el contratiempo a bordo la ira se apoderó de los rebeldes que se dedicaron a destrozar todo lo que ya no estaba deshecho. En medio de ese descontrol los rebeldes apuntaron uno de los cañones del alcázar a la choza del capitán. El disparo pasó rozando el techo, dice Byron.

Al amanecer, el Capitán ordenó nuevamente intentar el rescate. Refiere Campbell que al principio los rebeldes se negaron a abandonar la nave que consideraban de su propiedad. Sin embargo luego accedieron a subir al bote de rescate pero provistos de todas las armas que pudieron cargar y con ánimos muy exaltados: “El señor Beans -dice Campbell- me informó que el compañero del artillero y uno de los compañeros del contramaestre estaban conspirando para asesinarme; sobre lo cual tomé las precauciones adecuadas para mi propia seguridad”. El guardiamarina Alexander Campbell se mostraba obediente a las órdenes del capitán y eso generaba inquina hacia él en los rebeldes.

Al ser llevados a tierra los rebeldes lucían con las mejores ropas que habían saqueado de los cofres de los oficiales, pero burdamente sobrepuestas sobre sus ropas sucias y harapientas. Fueron despojados de esas galas y desarmados. Refiere Byron que cuando llegó a tierra el contramaestre, que se mostraba como líder de los rebeldes, el capitán Cheap no vaciló en golpearle con su bastón con tanta fuerza que lo derribó al suelo.

El tiempo en isla Wager, según una expedición de 2007:

Frío, anarquía y hambre extrema

Las armas y municiones fueron depositadas en una tienda de campaña. Sin embargo, por la noche, los rebeldes volvieron al casco de la Wager y se equiparon nuevamente. Tal acción da cuenta del estado de anarquía que se vivía entre los náufragos. Grupos que no solo ignoraban la autoridad del capitán sino que se mostraban armados y beligerantes contra Cheap y aquellos oficiales que aún le respondían.

La incesante lluvia y el frío hacían aún más difícil la situación. Debe destacarse que durante el invierno en la zona el viento del Noroeste sopla con intensidad, se suceden lluvias torrenciales acompañadas de ocasionales granizadas y la temperatura media es de 4ºC. Ante la falta de reparo ante tal inclemencia del tiempo pusieron uno de los botes con la quilla hacia arriba y acondicionaron debajo a modo de vivienda de aquellos ateridos hombres.

En los siguientes días salieron partidas a recorrer la costa y recoger mariscos o intentar cazar algunas aves. Los cuerpos mutilados por la furia del mar comenzaron a llegar a las playas. Las aves se apiñaban para alimentarse de dichos cuerpos. Los náufragos aprovechaban esa reuniones de aves para disparar sobre ellas. Luego esas aves constituían la casi única comida de los náufragos. De todos modos los alimentos recogidos no alcanzaban para todos y el hambre acuciaba a la mayoría de los sobrevivientes.

Al séptimo día del naufragio el clima mejoró. El capitán ordenó recoger provisiones que pudieran quedar en el casco de la Wager. Para ese entonces solo quedaba fuera del agua parte del alcázar y la toldilla de proa. Por lo que quienes llegaban al casco se veían obligados a “pescar” las provisiones bajo cubierta con garfios. La tarea era desagradable porque a veces el garfio traía enganchado algún cadáver, refiere Byron. Sobre lo que había sido la cubierta, ahora inundada, flotaban varios cuerpos ahogados.

Con lo que escasamente se pudo reunir se organizó un pequeño almacén en una carpa. Por las noches el almacén era robado por los rebeldes. Harto por los desacatos el capitán Cheap ordenó poner centinela en la carpa. Los robos continuaron. Byron afirma que una noche en que estaba de guardia escuchó ruidos dentro de la carpa y atrapó al ladrón a punta de pistola.

El hambre, las enfermedades y el intenso frío hicieron que los náufragos fueran muriendo. No hay testimonios que mencione la cantidad de  muertos y las causas. Lo cierto es que quienes no atinaban a obtener suficiente sustento, moría, dice Byron. La desesperación llegó a tal punto que uno de los marinos acuciado por el hambre tomó el hígado de uno de los cadáveres que llegó destrozado a la costa y preparó su comida.

Un encuentro providencial

El clima y la época del año eran extremadamente desfavorables para aventurarse al mar, describe Byron. Desde el Monte Miseria, en toda la extensión que abarcaba su vista -refiere Byron- “el espectáculo era de terrible rompientes que quitaban al más osado el espíritu de lanzarse al mar en las pequeñas embarcaciones con las que contaban”. Aún así, las penurias eran tan abrumadoras que superando los temores planeaban en como salir de aquella isla. Por tal motivo se dispusieron a rescatar una embarcación que aún estaba contenida en el casco de la Wager. Para ello debían romper parte de la borda. Estaban en esa tarea cuando súbitamente aparecieron tres canoas con indígenas.

“Un día vimos tres canoas llenas de indios que se dirigían hacia nosotros. Les hicimos señales con nuestros sombreros, y luego se acercaron a nosotros sin más vacilaciones”, cuenta Campbell. John Byron, por su parte, refiere que los indígenas se mostraban recelosos y dudaban sobre si acercarse o no. Una vez establecido el contacto fueron llevados ante el capitán Cheap, quien les trató con gran cortesía. “Al día siguiente nos trajeron tres ovejas y una gran cantidad de finos mejillones”, relata Campbell.

Descripción de los indígenas

“Estos indios son de tez morena muy oscura, de estatura mediana; pero extremadamente corteses en su comportamiento. Su vestimenta es delgada, aunque el clima es muy frío. Solo usan una pieza de tela alrededor de su cintura, y algo así como una manta que usan sobre sus hombros, (que) tienen un agujero para pasar la cabeza, y esto lo llaman poncho”, describe Campbell. Byron, agrega que tenían cabellos negros, largos y muy tiesos colgando al costado de la cara. No denotaban haber tenido trato con europeos y su lengua era ininteligible para los británicos.

Byron describe su asombro sobre las tres ovejas que les llevaron a los dos días (al día siguiente afirma Campbell). No podía imaginar de dónde las habrían obtenido, siendo una región tan alejada de las colonias españolas y tan poco propicia para la cría del ganado. Refiere que también trocaron con los indígenas uno o dos perros que llevaban con ellos, animales que luego fueron asados y comidos por los náufragos.

En referencia a los perros, menciono como dato este breve fragmento de “Historia física y política de Chile. Tomo I Zoología, del naturalista chileno Claudio Gay. quien verifica presencia de canes en el siglo XVII:

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Días más tarde los indígenas volvieron con sus mujeres y convivieron con los náufragos unos días, para después partir.

La trama del motín y un hecho desgraciado

“…había tanta animosidad entre la gente, tanto oficiales como marineros, que era absolutamente incierto cuál podría ser la consecuencia. Muchos exclamaban continuamente contra el Capitán y amenazaban a los suboficiales que lo respaldaban. En cuanto a sus razones para comportarse de esta manera, nunca podría comprenderlos correctamente”, relata Campbell. Lo cierto es que cada vez se escindía más el grupo de náufragos. El plan de construir una embarcación que los pudiera regresar a Gran Bretaña a través del Canal de Magallanes ya era popular en los famélicos sobrevivientes.

La mayoría abandonó al capitán en su choza y construyeron otros precarios refugios. Byron refiere que para evitar mezclarse en esos asuntos construyó un pequeño refugio para él y su perro, del cual menciona haber encontrado en una de sus salidas a recoger mariscos en la costa. En cambio Campbell pertenecía al círculo más cercano del capitán.

En ese período hubo al menos un intento de asesinato contra el capitán Cheap. Refiere Byron que un grupo de disidentes colocó un barril de pólvora en la choza del capitán y deslizaron un reguero para hacerlo estallar. A último momento lograron convencerlos que no lo hicieran. Luego del fallido intento el grupo del atentado se escondió en los bosques de la isla. Tiempo después regresaron, pero se mantuvieron lejos de la vista del capitán.

Fue entonces que Campbell menciona que lograron convencer al armero y al carpintero, que integraban ese grupo, de regresar con el capitán. El resto, salvo dos o tres hombres, construyeron una canoa con uno de los mástiles rotos de la Wager, la lanzaron al agua y nunca se volvió a saber de ellos. Se tenía sospecha que uno de los disidentes de nombre James Mitchell, había matado al menos a dos hombres. Uno apareció ahorcado durante el naufragio, el otro fue encontrado terriblemente acuchillado en el Monte Miseria.

El 6 de junio, el guardiamarina Cozens, fue confinado por el capitán. Byron da una minuciosa versión de los hechos por hallarse involucrado en el hecho. Regresaba desde el casco donde había conseguido rescatar un barril de guisantes. El capitán le ordenó que consiguiera algunos hombres que le ayudaran a llevarlo a la despensa. El único cercano era el guardiamarina Cosenz, Byron le transmitió la orden del capitán y regresó al bote. Al retornar se encontró que Cosenz había sido arrestado por el capitán bajo el cargo de ebriedad y por haberse dirigido de manera indecorosa hacia su persona. Por la tarde, el capitán ordenó su libertad.

Dos días después, Cozens se peleó a golpes con el cirujano. No se detallan las causas. Más tarde, al momento de repartir los víveres existentes, Cozens discutió con el encargado de la despensa quien no vaciló en disparar su arma al tiempo que le acusaba de amotinado. No acertó el disparo pero el capitán Cheap escuchó el alboroto, el disparo y la palabra motín. Salió de su tienda con una pistola y le disparó a Cozens en la cabeza, quien cayó gravemente herido.

Este hecho casi se transforma en una sublevación abierta. Sin embargo, una vez más, el capitán Cheap increpó a la tropa y logró que regresaran a sus chozas. Así lo hicieron. En tanto el guardiamarina Cozens agonizaba siendo que el capitán no permitió que se le proporcionara atención médica. Finalmente murió.

“Hacia fines de junio, el carpintero comenzó a alterar la lancha, con la intención de hacerla más larga por la quilla; pero este trabajo fue extremadamente prolongado por los disturbios entre la gente. En resumen, nuestras animosidades y disensiones crecieron cada día peor y peor. Algunos de los oficiales, cansados de actuar bajo el mando del Capitán y con la mayoría de la gente de su lado, formaron el diseño de atravesar el Estrecho de Magallanes por la costa de Brasil, insistiendo en que este era el único paso probable. hacia su regreso seguro a Inglaterra”, refiere Campbell.

Durante los días de construcción de una nueva embarcación, las sucesivas tormentas terminaron de partir el casco de la Wager haciendo que parte de su carga fuera llegando a las playas facilitando su recolección.

Los indígenas volvieron a la isla. Llevaron a sus mujeres e hijos y en total serían unas cincuenta personas, refiere Byron. Su intención era instalarse en la isla, con los náufragos. Eso hubiera facilitado la obtención de alimentos ya que eran diestros en conseguirlos bajo las duras condiciones del lugar. Construyeron sus chozas habituales pero a los pocos días desarmaron todo y se fueron. El motivo fue que los rebeldes intentaban seducir a sus mujeres y eso les habría ofendido.

Al partir de nuevo los indígenas volvió el hambre y el mal tiempo. Byron ahora da precisión sobre la cantidad de náufragos; de los 145 iniciales quedaban 100 hombres. Destaca que la mayoría había muerto de hambre. Apenas había transcurrido menos de dos meses desde el naufragio. El estado de inanición era tal que un día le exigieron a Byron que ceda su perro para comerlo. Cuenta que él se negó pero se lo arrebataron a la fuerza. Lo carnearon y comieron. A pesar del cariño hacia su perro, pero con tanta o más hambre que el resto, Byron también participó del festín. Días más tarde, Byron se cocinó una sopa con el cuero en descomposición del que fuera su perro.

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La pérdida de la apuesta, Man of War, en la isla Wager, cerca del monte Miseria. Londres, pub. por T. Tegg. 29 de abril – 1809.

El comienzo del motín

Los partidarios de dejar la isla redactaron un escrito exponiendo sus razones y fundamentando el regreso por el Canal de Magallanes. Tal documento fue firmado por 41 hombres, y presentado al capitán con pedido de que también lo firmara. El capitán Cheap se negó, alegando que: “Su esquema era inconsistente con la razón; y que también estaba en contra de su honor darle la espalda al enemigo”. Es que Cheap consideraba que si bien había que salir de la isla, debían dirigirse al norte, a la isla de Nuestra Señora del Socorro, para reunirse con el resto de la flota tal como habían sido las órdenes de Lord Anson.

Tal negativa fue el detonante del motín. Los rebeldes se exaltaron declarando que no irían al norte, y que si el capitán se negaba a firmar debían quitarle el mando. Rodearon la tienda del capitán, armados, insultando y exigiendo que renunciara a su condición de capitán. Unos días después del motín, el capitán aceptó dirigirse a donde la mayoría decidiera aunque no firmaría el documento. Sin embargo, los rebeldes desconfiaron de ese cambio de opinión y lo encarcelaron bajo el cargo de asesinato del guardiamarina Cozens. cuenta Byron que lo sacaron con lo puesto de su tienda, lo golpearon y ataron sus manos a la espalda. Fue confinado a una choza custodiado por seis hombres y un oficial.

Cuando las naves que emprenderían la travesía estuvieron listas, el 16 de octubre, a seis meses del naufragio, se hicieron a la mar. Tanto Byron como Campbell partieron con ellos. El capitán Cheap junto a Hamilton y el cirujano quedaron en la isla. Les dejaron un pequeño bote averiado y varias armas de fuego pero fuera de servicio. Había entre 10 y 12 hombres más en la isla pero ocultos en los montes.

La próxima entrega: Los intentos para salir de la isla

El naufragio de la fragata Wager: Canibalismo y penurias de los sobrevivientes (II) El naufragio

El naufragio de la fragata Wager: Canibalismo y penurias de los sobrevivientes (I) La expedición

Material consultado para componer este relato:

“El naufragio de la HMS Wager (1741): Sus fuentes, ediciones y valor histórico”. Carmen Channing Eberhard. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.

“The sequel to Bulkeley and Cummins’s Voyage to the South-Seas”. Alexander Campbell. London.

“The narrative of the Honourable John Byron”. 1768. Byron, John. Traducción de José Valenzuela D. Chile.

“En búsqueda de la verdad sobre el guardamarina Alexander Campbell de la Fragata Wager”. Jorge Sepúlveda Ortíz. Chile.

 

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