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¿Fin del mundo en 2012? El año en que vivimos en peligro

¿Qué aprender de esta escalada de anuncios? Más que desgastarse en creer o no, éstos sirven para reflexionar acerca de nuestra vulnerabilidad, soberanía y estado de vida.

Desde el 2000 en adelante, el fantasma del fin del mundo y los eventos catastróficos se han ido acrecentando. Con la llegada del 2012 el tema ha tomado un nuevo peak que tiene a muchos en vilo y en la incertidumbre acerca del futuro.

Así como existen líneas que hablan de una evolución de la conciencia y un cambio a nivel vibracional de la Humanidad, han surgido también diferentes escritos y gurúes que anuncian desastres gigantescos. Estos,  en la medida en que van acertando a algunos eventos, se validan y se instalan en el colectivo como referentes.

Muchos chilenos esperaron algún evento catastrófico para el 20 de mayo. Independientemente de qué pueda suceder y cuándo, esta reflexión apunta hacia la pregunta de en quién delegamos nuestro poder y en qué nos convertimos cuando actuamos por miedo.

Fin del mundo

Foto: carleso.com

Las teorías sobre el fin del mundo en 2012 abundan.

Acostumbramos buscar afuera de nosotros mismos las respuestas. Y si la del fin del mundo está en la TV, bienvenida sea. ¿Qué hago y qué dejo de hacer frente a los avisos de catástrofes?, ¿Qué decisiones tomo libremente y cuáles están gobernadas por el temor y la incertidumbre?

¿A quién le interesa el miedo?

Frente a estos avisos de catástrofes, lo normal es continuar con la rutina diaria, pero con el agregado de la ansiedad y el nerviosismo. Un poco más de lo mismo. En otros casos, algunas personas optan incluso por no salir de sus casas y tomar medidas de emergencia. Es el instinto de sobrevivencia el que se impone.

Miguel Ruiz dice en su libro Los Cuatro Acuerdos: “no le creas a nadie”. Y no se refiere a convertirse en un cínico que no confía en nada ni en nadie, sino en recuperar la soberanía de esa voz interna que si la escuchamos, es capaz de llevarnos al mejor lugar en el momento adecuado.

Diversos poderes a lo largo de la historia se han alimentado del miedo de la Humanidad: el político y el religioso entre otros. Basta observar la USA Patriot Act aprobada por amplia mayoría en Estados Unidos en 2001, otrora país adalid de las libertades individuales, donde se acepta sacrificar parte de éstas en pro de combatir la amenaza del terrorismo impuesta a partir de los atentados del 11 de septiembre.

Las lecciones tras los anuncios

¿Qué aprender de esta escalada de anuncios? Más que desgastarse en creer o no, éstos sirven para reflexionar acerca de nuestra vulnerabilidad, soberanía y estado de vida. Y sí, en primer lugar, reconocer que somos vulnerables en nuestro ser físico: nuestro cuerpo muere. Pero en los otros dos tópicos hay mucho que hacer. El hombre moderno ha cedido gran parte de la soberanía a otros: no nos proveemos de nuestra propia agua ni somos capaces de producir alimentos.

Dependemos de terceros para el vestuario y enseres, para transportarnos y ejecutar la mayoría de las funciones de la vida diaria. Basta ver cómo se altera todo frente a un pequeño apagón y qué decir frente a sucesos mayores, como un terremoto.

Nuestras sabias abuelas tenían su despensa, donde guardaban las mermeladas y las conservas del año, las legumbres que se conseguían en el campo y a veces, los sacos de papas y cebollas de guarda. Muchas sabían coser y algunos maridos “maestreaban” y eran capaces de efectuar pequeños arreglos en el hogar. Algo de esas lecciones se están recuperando hoy. Comunidades, vecinos y gente que dispone de algún espacio donde plantar, cuentan con pequeñas huertas donde es posible surtirse de hierbas culinarias y un número limitado de hortalizas. Es un avance.

El colapso del tránsito urbano ha llevado a muchos a emigrar a vehículos como motos o bicicletas que de paso, demandan menos combustible y hacen bien para el cuerpo y el espíritu. Para sobrevivir se requiere necesitar menos.

Por último, estos anuncios-eventos nos desafían a mirar nuestra vida desde la perspectiva del observador y obligatoriamente, a hacer una evaluación. ¿Vivo como quisiera vivir? ¿Cuáles son mis afectos? ¿Qué quiero cambiar? ¿Cuáles son mis sueños? Y si no nos gusta lo que encontramos, ver cómo gatillar los cambios.

Si  vivimos cada día como si fuera el último, en el presente, sin preocupaciones del pasado ni incertidumbre del futuro, nuestro estado interno frente a cualquier peligro o vicisitud será bastante distinto a la de un ser estresado y desconectado, vulnerable y sujeto al miedo que le pueda imponer el agorero de turno.

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