El naufragio de la fragata Wager: Canibalismo y penurias de los sobrevivientes (IV y final)

La última parte de la interesante historia de un naufragio contado por sus protagonistas. Hambre, miserias humanas, canibalismo y gestos altruistas en medio de un paisaje hostil e inhóspito.

Guía de: Patagonia

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Vista desde la costa del Golfo de Penas. Foto Cristian Murray.

 El 16 de octubre, a casi seis meses del naufragio con las embarcaciones listas y a punto de partir hacia el sur, un pelotón de infantería al mando del capitán Pemberton fue a buscar al capitán Cheap para llevarlo a bordo detenido bajo el cargo de asesinato de Mr. Cosenz.

El capitán se negó terminantemente. Los amotinados evaluando el escaso lugar en las embarcaciones y la escasez de provisiones lo dejaron en tierra. Abandonados a su suerte quedaron el capitán Cheap, junto a Hamilton y el cirujano Walter Elliot. Quizás no tan solos. Un grupo de unos diez marinos rebeldes que se había refugiado en los montes de la isla también fueron abandonados con la excusa de no haber lugar en las embarcaciones.

Las nuevas naves

En la chalupa que había sido reformada por el carpintero Cummins y bautizada Speedwell (15,24 metros de eslora), iban 59 hombres. En el cúter (9,14 metros) 12 hombres, y diez más en la restante falúa. Además llevaban un bote pequeño sin tripulantes. En total -describe Byron- eran 81 hombres que se lanzaron a la aventura de alcanzar el Estrecho de Magallanes y llegar a Inglaterra.

El plan era navegar durante el día y hacer noche en alguna caleta. Los fuertes vientos y marejadas castigaban duramente a las pequeñas y sobrecargadas embarcaciones. Al segundo día de navegación se rompió la vela de la Speedwell. Se ordenó que la falúa regresara a la isla para traer una carpa de infantería que serviría para reparar el daño. Se encomendó al guardiamarina Campbell, a cargo de la falúa, que regresara a la isla para traer la carpa. Campbell asegura en su testimonio que alentaba a su tripulación a regresar con el capitán Cheap. Infundía el temor entre ellos de que serían ahorcados por motín al regresar a Inglaterra. Los convenció que tenían ante sí la ocasión propicia para regresar con el capitán Cheap y librarse de la horca. Fue entonces que Alexander Campbell y John Byron regresaron a la isla junto a ocho hombres: William Harvey, David Buckly, William Ross, Richard Noble, Peter Plastow, Joseph Clinch, Rowland Crusset y John Bosman. Esa misma noche llegaron a la Bahía Cheap, tal como la denominaban en honor a su capitán. Fueron bien recibidos por Cheap, Hamilton y Elliot, con quienes compartieron la cena. Al día siguiente, Campbell y Byron acordaron con Cheap regresar donde los amotinados para pedirles su parte de las provisiones porque se quedarían en la isla.

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Para no correr riesgos ocultaron la embarcación y se aproximaron por tierra. Fueron emplazados por los amotinados a que regresaran con la falúa y la carpa o sufrirían las consecuencias. Campbell y Byron regresaron a la isla y ese fue el último contacto con los amotinados.

En la isla el alimento siempre fue insuficiente e incluso nulo por largos períodos. Casi todos los víveres disponibles habían sido llevados por los amotinados. Cuenta Byron que se avenían a comer algas y hierbas silvestres fritas en el aceite de las lámparas. Fue entonces que propusieron a los rebeldes que habían acampado en otro sector de la isla que regresaran con el capitán. Estos aceptaron siendo ahora el número total en la isla de veinte personas: Eran el capitán Cheap; el teniente de infantería Hamilton; Intendente William Harvey; cirujano Walter Elliot; guardiamarinas John Byron; Alexander Campbell; Ross; Noble y Peter Plastow. Mayordomo del capitán David Bulkeley; segundo artillero John Bosman e infantes de marina Dennis O’Lare y Ridwood. Seguían el hacendado del contramaestre Crosslet; el cabo de infantes Hales e infantes; Hereford, Smith, Clinch, Demond y Cresswick.

Refiere Campbell, que ante la partida de los amotinados el clima interno cambió de manera positiva. Con los escasos elementos que disponían y en un buen clima de trabajo y colaboración repararon las dos naves con las que contaban: la falúa y el pequeño bote.

Canoas indias

El mal tiempo durante noviembre les impidió la recolección de mariscos. Comían, entonces, algas fritas en el sebo de las velas. Tal dieta les debilitó al extremo de casi no poder caminar o movilizarse. En tal situación de apremio se acercaron dos canoas de nativos. No tenían alimentos para compartir pero si unos perros que fueron rápidamente comidos por los náufragos.

Tres hombres, Peter Plastow; John Ridwood y Rowland Cresswick, robaron algo de harina del precario depósito. Los detuvieron y confinaron a una choza, pero Plastow se escapó. En castigo por esa huída, Ridwood y Cresswick, fueron atados a un árbol y azotados. Cresswick igual escapó más tarde. Confinaron a Ridwood a una pequeña isla cercana y carente de toda posibilidad de alimento. Refiere Byron que quienes le llevaron a la isla se compadecieron haciéndole una rudimentaria choza y encendiendo una fogata. A los tres días fueron a llevarle algo de alimento pero lo hallaron rígido, muerto.

El buen tiempo del 3 de diciembre permitió que Campbell fuera al lugar del naufragio para intentar encontrar algo comestible entre los restos. Tres barriles de carne que fueron divididos entre todos -recuerda Campbell que eran 53 trozos de res- por lo que durante algún tiempo comieron muy bien en comparación a la hambruna previa.

Abandonar la isla

El 15 de diciembre, a eso de las 9 de la mañana, estaban dadas las condiciones para abandonar la isla. Cheap no estuvo de acuerdo pero igual comandó la navegación. El capitán, Byron y Elliot, junto a ocho hombres iban en la falúa. Hamilton, Campbell, y seis hombres en el bote.

Pusieron rumbo al Norte, pero a poco de navegar una fuerte tormenta casi les hace zozobrar. Para mantenerse a flote se deshicieron de todos los víveres y pertenencias. Alcanzaron una abertura entre riscos y pasaron allí la noche. “El clima era tan terriblemente frío, y se congeló tanto que por la mañana varios de nosotros estábamos casi muertos”, refiere Campbell. (Nota: Todo el recorrido que se narra, se estima realizado en la costa Sur de la península de Taitao e islas del Golfo de Penas).

Aún con viento en contra y marejada lograron alcanzar unas islas pantanosas bajo una intensa lluvia. Con la vela de la falúa improvisaron una carpa que apenas les contenía a todos. Esa noche comieron solamente algas.

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Al día siguiente, bajo la tormenta, salieron a buscar algo de alimento. Campbell refiere que dos de los marinos ya no podían levantarse por la extrema debilidad. Tres días estuvieron en Swamp bay, tal como denominaron el lugar. Al cuarto día retomaron la navegación, siempre con rumbo Norte. Por la noche descansaron en una cala que denominaron Redwood Cove (Nota: los nombres que ponían a los puntos geográficos no son los actuales).

Al nuevo día zarparon con viento a favor. Campbell calculó que estaban a unas 40 leguas al Norte de la isla del naufragio. Descendieron en una isla de playa pedregosa que denominaron pomposamente Isla del Duque de Montrose, estimando estar cerca de la isla Nuestra Señora del Socorro, eso les estimulaba. Al día siguiente, con buen tiempo, llegaron a un alto promontorio que intentaron rodear divisándose al Norte una gran bahía. A la noche descansaron en una cala del promontorio.

Navegaron todo el día con viento en contra. Por la noche durmieron en una bahía arenosa bajo una fuerte tormenta de viento y lluvia. El día de Navidad de 1741, con buen clima, remaron hasta un promontorio situado a unas ocho o nueve leguas al Oeste. Al mediodía ingresaron en una bahía de arena fina con tan mala suerte que el bote sufrió daños. Hicieron noche en otra bahía algo más al Norte. El mal tiempo les obligó a regresar a la bahía y pernoctar en ella. Recién al tercer día consiguieron algo con que alimentarse; mejillones y lobos marinos o focas.

Se lanzaron a superar el cabo, que según Campbell, los españoles denominan Tres Montes, debido a que desde el sureste se divisa como tres morros de igual altura. Lograron superar el segundo morro pero el fuerte viento y marea les hizo retroceder hasta la misma bahía de la que habían partido. La tormenta los mantuvo todo el día siguiente en la bahía.

Por la noche la marejada golpeó con violencia las embarcaciones hundiendo el bote con dos hombres. Uno murió, de nombre Williams Rose, al otro lograron salvarlo. Refiere Campbell que luego de esa muerte quedaban diez y siete hombres. No cabían todos en la falúa y debieron tomar la decisión de abandonar allí a cuatro hombres. El capitán les dejó armas y una sartén. Dice Byron, que los cuatro hombres cantaron desde la playa “God bless the King”, algo que conmovió a los que partían. Quienes quedaban eran Smith, Hales, Hereford y Crosslet.

La falúa intentó nuevamente superar el cabo de Tres Montes pero el viento en contra se lo impidió Regresaron a la bahía donde habían abandonado a los cuatro hombres y pernoctaron allí. No había señales de ellos. Solo un mosquete sobre una roca, nada más.

El regreso a la isla Wager

A seis semanas de salir de la isla que llamaron Wager, los sobrevivientes estaban casi desnudos y hambrientos. En sucesivos percances habían perdido sus escasas pertenencias. El día 29 de enero varios marinos dijeron que sería inútil intentar superar el cabo. Un grupo propuso desembarcar e ir por tierra al Norte. La mayoría quiso regresar a la isla Wager. Preferían morir en aquella isla.

Volvieron a pasar por la isla Duque de Montrose. Según Byron, fue el lugar más agradable de los que habían estado por los dulces frutos que allí crecían. A tal punto que uno de los hombres pidió quedarse a morir allí. Le obligaron a continuar con ellos. Tuvieron la fortuna de encontrar una canoa abandonada de los nativos, que llevaron con ellos. Al llegar a la isla Wager encontraron en una de las cabañas abandonadas hierros y otros elementos que posiblemente habían recogido los nativos en su ausencia.

La hambruna prosiguió y comenzaron a surgir desavenencias entre el capitán Cheap, Byron, Campbel y Hamilton. El 12 de febrero, Hamilton encontró varios trozos de carne flotando en el mar. Ese día comieron la carne frita en grasa.

Llegan dos indios

Unas dos semanas después del arribo a la isla Wager arribaron nativos en dos canoas. La noticia del naufragio había pasado de grupo en grupo hasta llegar a Chiloé. En ese entonces la isla era la posesión española más austral del Pacífico. Los nativos tenían trato con los españoles quienes les habían enseñado el valor del hierro. Fueron estos que les encargaron recoger piezas del naufragio y llevarlas a Chiloé.

El cirujano Elliot, entendía algo de español. Fue como se enteraron que uno de los nativos decía llamarse Martín Cepey y ser nativo de Chiloé. Otro nativo de nombre Manuel, parecía ser su sirviente. Preguntado Cepey sobre si los llevaría a Chiloé se negó. Luego de muchos ruegos aceptó a cambio de quedarse con la falúa y todos sus elementos.

Los nativos que acompañaban a Cepey partieron. Según Byron, parecían pertenecer a otro grupo étnico. El 6 de marzo de 1741, embarcaron en la falúa detrás de las canoas nativas. Quedó atrás otro marino. Había cometido un robo y para evitar castigos se había refugiado en los bosques. El grupo quedó reducido a 13 marinos. (Nota: Durante esta segunda parte del viaje habrían ingresado a la península de Taitao por la Isla del diablo y luego navegado a través del Lago Presidente Ríos, hacia el Norte).

Navegaron durante dos días sin comer y durmiendo a la intemperie. Al tercer día arribaron a una gran bahía donde había chozas y varios nativos. Entre ellos estaba la mujer de Martín y dos hijos. Tres días después volvieron a navegar llevando a la mujer y los niños. llegaron hasta la desembocadura de un río muy caudaloso que fueron obligados a remontar a remo. A pesar de sus esfuerzos apenas si pudieron avanzar. Uno de los marinos cayó extenuado por el esfuerzo y murió.

Byron tomó el remo y continuaron. Poco después el marino John Bosman, el más fuerte de la expedición, cayó doblegado por el esfuerzo y el hambre. Bosman murió esa tarde suplicando por algo de comer. Ese día -refiere Campbell- “estando todos casi desmayados de hambre y por el esfuerzo, el capitán sacó un gran trozo de carne de foca hervida y comió junto al cirujano Elliot, sin ofrecer a nadie más. El acto egoísta del capitán generó en los demás la idea de abandonarlo.

A pesar del pobre estado de los náufragos Martín Cepey continuaba obligándoles a remontar el río contra la corriente. Al otro día, Martín con su esposa e hijos partieron a buscar comida. Dejó a Manuel a cargo y le indicó que llevara a los náufragos a recoger mariscos. Fue el tiempo en que el cirujano Walter Elliot cayó gravemente enfermo. También, fue el momento en que seis hombres abordaron la falúa junto a Manuel y partieron sin decir al resto donde iban. Los abandonaron en la playa: “…sin víveres, armas ni municiones, ni fuego, ni ropa, excepto los pocos trapos miserables en nuestras espaldas”, refiere Campbell.

Al nuevo día Byron divisó una canoa. Les hicieron señas resultando ser Cepey con su familia. Al no ver la falúa desconfió de los náufragos pensando que habían matado a Manuel, y lo mismo harían con él y su familia. Le convencieron, dice Byron, que no eran sus intenciones. Días más tarde regresó Manuel a pie, afirmando que se había escapado de los seis marinos.

Al día siguiente acordaron llevar la canoa por tierra hasta otra bahía. Desde allí buscarían a un grupo de nativos que acampaba en las cercanías, según Cepey. Al perder Martín el “premio” de la falúa tuvieron que contentarle con lo único que quedaba: un mosquete y unas escasas pertenencias prometiendo mejor recompensa al llegar a la civilización. La pequeña canoa partió con Martín Cepey, Byron y el capitán Cheap. En la isla quedaron la mujer e hijos de Martín, Manuel, Hamilton, Campbell y Elliot.

Navegaron todo el día y arribaron a una isla con chozas y nativos. El capitán Cheap fue hospedado por Martín en una amplia choza. Byron tuvo que introducirse en una choza donde dos mujeres, una joven y otra muy vieja, encendieron fuego y le dieron de comer. Durante los dos días siguientes le llevaron a recoger mariscos tratándole muy bien. Al regresar estaban los hombres que habían salido a cazar. Uno de ellos era el cacique, y además el hombre de las dos mujeres que acompañaron a Byron. El cacique se enfureció sospechando que habrían intimado con el náufrago. Golpeó repetidamente con gran violencia a la joven.

Cepey dijo que deberían regresar con los otros náufragos. Después los recogerían otros nativos y retomarían el rumbo Norte. Al día siguiente se reunieron con Hamilton y Campbell, en tanto que Elliot estaba a punto ya de morir. Durante los días que estuvieron solos en la isla la mujer de Cepey maltrató a los náufragos que sufrieron más hambre y privaciones de las que ya tenían. Al respecto señala Campbell que se consideraban sus amos y que ellos debían obedecer en todo. Quien recibía mejor atención era el capitán Cheap.

El cirujano Walter Elliot, consciente de su próximo final le entregó a Campbell su único bien, un pequeño reloj de plata. Los nativos que había mencionado Cepey llegaron con focas y otros alimentos que ayudaron a mitigar en parte el hambre de los náufragos.

A mediados de marzo partieron rumbo al Norte. Byron y Campbell eran los únicos británicos en condiciones de empuñar un remo. Hamilton apenas podía continuar, y el capitán Cheap era exceptuado de todo trabajo. Walter Elliot estaba más muerto que vivo, dice Byron. Fueron distribuidos uno en cada canoa para evitar que estuvieran juntos. Avanzaron muy poco ese día debido a las tormentas. Al desembarcar, murió Elliot.

Martín Cepey y su mujer fueron a buscar erizos y mariscos. Byron relata una pequeña anécdota del “nativo cristianizado”, ironizando sobre este último atributo de Cepey: Al regresar ambos padres con el resultado de la pesca salió a su encuentro uno de los hijos de alrededor de 3 años de edad. Todo indicaba que era muy querido por los padres y él retribuía ese afecto. El niño se metió en el mar para recibir a su padre. Éste le dio una canasta con mariscos para que la llevara a la orilla. Al ser muy pesada se le resbaló. Martín saltó de la canoa, tomó al niño y lo arrojó violentamente contra las piedras quedando exánime y sangrando. Luego la madre lo recogió pero poco después murió.

A los dos días partieron nuevamente. Esta vez hacia el Oeste navegando un río de escasa profundidad durante cuatro o cinco leguas. Luego por un brazo del río que corre hacia el Este para después tomar rumbo al Norte. Al atardecer bajo una copiosa lluvia se detuvieron. Pasaron la noche casi sin comer y empapados. Apenas tenían unas raíces de mal gusto, dice Byron. No había donde guarecerse y solo tenían los remos para cubrirse de la lluvia helada.

Continuaron navegando contra la fuerte corriente del río. Hicieron noche bajo un árbol. Al día siguiente desarmaron las canoas y cargaron sus partes por tierra, a través de un cerrado bosque pantanoso. Byron llevaba una bolsa de lona húmeda con un pedazo de foca en descomposición que oficiaba de almohadilla entre la cabeza y el tablón. La carne era propiedad del capitán Cheap quien había sido exceptuado de llevar carga alguna.

Durante el extenuante trayecto Byron sufrió varios accidentes y quedó relegado. A punto de desfallecer, dejó su carga y marcó el lugar. Siguiendo las huellas de la caravana logró alcanzarlos. Se tendió bajo el árbol en que estaban todos descansando. El capitán le preguntó sobre su carga de carne de foca. Byron contó sobre su accidente recibiendo una reprobación general por su actitud. Harto, volvió hasta el lugar donde había dejado su carga y retornó justo a tiempo cuando estaban embarcados y por salir. Sin embargo Byron fue dejado solo en la costa. Prometieron que otros nativos vendrían a buscarlo. Era noche y se durmió extenuado y hambriento.

Al clarear escuchó voces provenientes del bosque. Divisó una choza y hasta allí se encaminó. Quiso entrar pero lo recibieron a golpes y puntapies. Golpeado se retiró bajo un árbol. Tiempo después una mujer de la choza le hizo señas. Adentro había tres hombres y dos mujeres. Le invitaron con un pedazo de foca asada. Más tarde armaron una canoa y pusieron a Byron al remo. Por señas entendió que irían al Norte.

Navegaron hasta un río correntoso donde hicieron noche. Byron no tuvo choza ni comida, una vez más. Al día siguiente navegaron a favor de la corriente hasta llegar a una orilla pedregosa. Era noche, los nativos desaparecieron dejando solo a Byron en la orilla. Se durmió a la intemperie. Al despertarse divisó el resplandor de una fogata en el bosque y hacía allí fue. Nuevamente fue recibido a puntapies y golpes. Tampoco comió esa noche. Pero le llegaba algo del calor de la fogata. Navegaron hasta una bahía para recoger mariscos. Byron alcanzó a llenar su sombrero y corrió a tiempo para que no lo dejaran en ese lugar. Mientras remaba comía algún marisco de tanto en tanto. Al notar que Byron arrojaba las conchas al mar volvieron a pegarle otra zamarreada y estuvieron a punto de arrojarlo por la borda. Una anciana que iba con ellos lo impidió.

Al desembarcar, Byron tenía mariscos y un grueso racimo de bayas que había arrancado de un árbol del lugar. Un nativo se lo arrancó de las manos y arrojó lejos. Por señas le indicó que eran venenosas. Byron se asombra que los mismos que estuvieron a punto de arrojarlo al mar, ahora salvaban su vida. Dos días después se reencontraba con sus compañeros británicos. No hubo muestras de sorpresa o afecto en el encuentro.

Ahora Martín Cepey tenía una canoa que requería de por lo menos seis remeros para maniobrar. Byron y Campbell fueron a esa canoa: “… desnudos y hambrientos hasta tal punto que ni la lengua ni la pluma pueden expresar nuestra miseria”, lamenta Campbell. En tanto Hamilton continuaba en otra canoa.

El capitán, Cepey y su esposa no hacían el menor esfuerzo. Refiere Byron el maltrato constante por parte de Cepey: les negaba comida salvo que sobrara en abundancia. “Es imposible expresar las dificultades que sufrimos en este momento; y tan difícil de determinar cuál de los dos queríamos más, comida o vestimenta. De hecho éramos objetos miserables. Nuestros cuerpos estaban lánguidos, demacrados e igualmente presa del hambre interior, y de los bichos más odiosos de afuera”, refieren en sus relatos.

Campbell coincide plenamente con Byron en cuanto al maltrato de Cepey: “…fue el tipo más inhumano que he conocido entre los indios. Aunque hizo que el Sr. Byron y yo trabajáramos como esclavos, no nos daría un bocado de víveres, excepto cuando poseía más de lo que él mismo podía comer”.

Si bien Campbell, Byron y Hamilton presentaban una imagen patética, el capitan Cheap estaba en peor estado aún sin haber hecho esfuerzo alguno durante la travesía. Dice Byron: “porque su cuerpo solo podría compararlo a un hormiguero, donde hervían a millares los piojos; ya no se cuidaba de librarse de aquel tormento, porque había perdido toda conciencia, no recordando ni los nombres de los que le rodeábamos, ni el suyo propio siquiera. Tenia la barba larga como la de un ermitaño, y la cara la llevaba cubierta de mugre y de aceite de foca, a causa de que para dormir acostumbraba usar a modo de almohada un saco donde guardaba los pedazos descompuestos de carne de foca. Había adoptado este prudente método para evitar que se la robáramos mientras dormía. Las piernas las tenia tan gruesas como un poste, por mas que su cuerpo no fuese otra cosa que huesos y pellejo”.

Navegando se cruzaron con unos nativos con el cuerpo pintado quienes refirieron que había un barco en la costa. Por la descripción y de la bandera supusieron que la nave era inglesa. Más tarde supieron que era el “Ana”, de la expedición de Anson.

Nuevamente se separó el grupo de Cepey. Hamilton ahora debía pasar a la canoa del guía. Se negó por la aversión que le producía Cepey y el maltrato que les dispensaba. Quedó entonces hamilton en la isla y el resto continuó navegando hacia el Norte. Llegaron a una isla a treinta leguas al sureste de Chiloé. Estuvieron allí dos días, el tercero a pesar de la marejada y el fuerte viento sur se atrevieron al cruce de la bahía con tan mala suerte que la tabla del fondo de la canoa se rompió obligando a achicar el agua que entraba a borbotones durante todo el viaje. A punto de zozobrar lograron arribar por fin a la isla de Chiloé.

Navegaron durante un corto trecho para llegar a una vivienda. Allí fueron recibidos por otros nativos. Comieron convenientemente pescado y patatas. Al día siguiente navegaron otro corto trecho hasta la casa de otro indígena que tenía trato con los españoles. Esa noche cenaron pescado seco, caldo y papas. Luego fueron llevados a otra aldea donde fueron atendidos muy bien, especialmente al capitán que estaba muy enfermo. Ya era el mes de junio de 1742. Aunque comieron, el frío y las nevadas hacían mella en los cuerpos casi desnudos de los náufragos.

Campbell deja expresamente señalado su reconocimiento a este grupo de nativos que los trataron muy bien cuando estaban a punto de sucumbir por su largo y sufrido periplo. Les dieron de comer en abundancia y hasta bebieron chicha.

En tanto, el Corregidor español de Chiloé había sido puesto en aviso de la presencia de los náufragos. Por la noche llegó una guardia de soldados para escoltarlos hasta la ciudad de Castro. Fueron confinados a una choza sin paredes bajo fuerte custodia hasta el día siguiente. Los pobladores de Castro pasaban a mirar curiosos a aquellos casi esqueletos.

Entre los curiosos llegó un jesuita que les convidó con brandy. El capitán Cheap, para congraciarse con el jesuita, le ordenó a Campbell que le regalara el reloj del difunto Elliot. En agradecimiento el jesuita le envió a Campbell “un trozo de tela gruesa para hacerme dos camisas; También dos medias de hilo sin pies y un par de zapatos y un poncho”.

Por la tarde fueron conducidos a Castro. Fueron bien recibidos por el Corregidor, quien luego los condujo hasta el colegio de los Jesuitas donde les asignaron una habitación, ropa limpia y comida. “A la mañana siguiente quemé mis trapos viejos, para que no engendren una peste en el lugar”, escribe Campbell. Corría el mes de julio de 1742.

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Material consultado para componer este relato:

“El naufragio de la HMS Wager (1741): Sus fuentes, ediciones y valor histórico”. Carmen Channing Eberhard. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.

“The sequel to Bulkeley and Cummins’s Voyage to the South-Seas”. Alexander Campbell. London.

“The narrative of the Honourable John Byron”. 1768. Byron, John. Traducción de José Valenzuela D. Chile.

“En búsqueda de la verdad sobre el guardamarina Alexander Campbell de la Fragata Wager”. Jorge Sepúlveda Ortíz. Chile.

Aau, El secreto de los Chono. Ricardo Felípe Vásquez Caballero.

En busca de la fragata Wager. Carolina May, basado en las investigaciones de Diego Carabias.

Artículos previos: La expediciónEl naufragioEl motín

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