“La invitación”: Cuando el teatro retoza con la psicología

La invitación es una obra de teatro que transcurre en un escenario real, donde los asistentes forman parte de la trama, desplegándose un espacio pleno de interacciones y significados que invitan al análisis y la discusión.

Hace unos días fui con unas amigas a ver “La invitación”, una obra de teatro dirigida por Felipe Vergara, que cuenta con las actuaciones de Ingrid Parra y José Luis Bouchon, quien también es codirector de la misma.

La particularidad de esta obra y, el motivo por el que la comento, es el concepto de “actuaciones invisibles” y el interjuego psicológico que se da entre los actores y el público que, en este caso, más que un espectador, es un participante de la misma.

La invitación” no transcurre en el escenario de un teatro, sino en un departamento de Providencia. La acción se despliega en una reunión de amigos, invitados por Baltazar, a degustar algunas de las delicias culinarias con las que pretende lucirse en su nuevo trabajo en el restaurant “De cangrejo a conejo”. El problema es que Pilar, su esposa, no está enterada de esta invitación, condición que desencadena el problema. En este contexto, quienes asisten a la obra, son efectivamente los invitados a esta reunión.

La Invitación

Foto: bootaca.com

Ingrid Parra y José Luis Bouchon son los protagonistas de la obra.

La experiencia  comienza desde el momento en que uno decide asistir a “La invitación”, pues todo el proceso de reserva y compra de las entradas se maneja desde la intriga y el misterio acerca de su contenido. Probablemente muchos de los asistentes llegan, del mismo modo que lo hicimos nosotras, con cierta expectación y ansiedad acerca de lo que puede suceder, pues muchas cosas caben dentro de este formato, incluso la posibilidad de sentirse incómodo o de verse envuelto en situaciones que pudiesen no ser agradables. Sin embargo, en este caso, la simpatía y cordialidad del recibimiento y, tal vez el exquisito vino, la champaña y los “appetizers” ofrecidos en el transcurso de la obra, crean un ambiente distendido y agradable que invita a jugar.

Si bien considero, desde mi particular visión, que en esta pieza de teatro el contexto tiene mayor riqueza que el texto y tengo el reparo de haber percibido que, a momentos, la intensidad de la actuación no está bien modulada, considero que “la invitación” es una interesante experiencia.

Es curioso advertir como en ciertos momentos de la obra uno se encuentra absolutamente consciente de que se trata de una pieza de teatro, condición que hace que el público-participante se ría de situaciones que, si fuesen reales, resultarían dramáticas. Sin embargo, en ciertos instantes, es posible ver cómo algunos de los asistentes pierden este límite entre lo real y lo ficticio, tendiendo a involucrarse emocional y conductualmente en la historia.

Cabe señalar la prudencia y mesura del comportamiento de los asistentes como un hecho notable. A momentos yo pensaba -¿Y qué pasaría si alguien dijera o hiciera algo inesperado?, si alguien desafiara la trama o introdujera algún elemento de importancia que cambiara lo que ahí sucede… ¿Qué harían los actores?… ¿Tiene tanta flexibilidad el guión como para seguir a pesar de un evento que cambiara de manera importante la acción?-. Fueron muchas las alternativas que pensé como potenciales disrruptores para salir de lo normativo y provocar un vuelco en las situaciones, pero claramente no estaban dentro de lo que yo, ni alguno de los asistentes hubiera hecho. Que nada de esto sucediera me hizo pensar en lo comedidos que tendemos a ser los chilenos y en nuestra tendencia a acatar y hacernos parte de lo que se espera de nosotros cuando estamos expuestos como “individuos”. Y con esto no quiero hacer juicios de valor, sino solamente constatar el hecho de que generalmente las conductas desafiantes aparecen cuando las personas actúan desde lo colectivo o pueden esconderse en el anonimato.

Esta idea se confirmó en la posterior conversación con los actores, quienes relataban que, en general, siempre las cosas resultaban del modo que ellos esperaban que fuesen y, lamentablemente, en los casos que esto no ha sido así, las “perturbaciones” habían sido desagradables o poco respetuosas. ¿Serán estas características de los chilenos o esto sucedería del mismo modo en países con idiosincrasias diferentes a la nuestra?

Pensé también en lo agotador que debe ser actuar e interactuar al mismo tiempo con personas con caracteres diferentes. Personas que tal vez se muestran reacias a participar, en contraste con otras que quieren asumir algún nivel de protagonismo. Posiblemente este tipo de teatro requiere de un importante trabajo personal de los actores para poder manejar las emociones que emergen en la interacción-acción.

Haciendo un análisis bastante simple y basado en mi experiencia y en las asociaciones que, como público-participante pude hacer, se me vinieron a la cabeza, básicamente dos ideas. La primera, tiene relación con la utilidad diagnóstica y terapéutica que esta clase de obras podría tener, por ejemplo, en el ámbito clínico u organizacional. El teatro es utilizado, a través de diferentes técnicas y modelos, como un ámbito de expresión psicológica y trabajo emocional. Es posible ver, en esta pieza, cómo desde el principio y, en la medida que transcurre, emergen paulatinamente las personalidades de los asistentes, tanto en la conducta individual, como en las dinámicas grupales que se van conformando.

Es posible ver el modo cómo nos enfrentamos a las situaciones desconocidas e inestructuradas y acceder a un conocimiento acerca de la manera en que cada persona se va adaptando también a ellas. Destacar cómo el alcohol y la comida facilitan la interacción, observar las dinámicas grupales que comienzan a establecerse, confirmar el cumplimiento de las normas sociales, incluso en situaciones extrañas y ambiguas, examinar las diferencias de significado que se establecen entre hombres y mujeres y el modo en que las personas se organizan para dar solución a los problemas.

La segunda idea es más básica, pero no por ello menos importante y tiene que ver con mi sensación personal en relación con la obra como concepto abstracto. En cierto momento, cuando todos opinábamos e interactuábamos con los personajes, me sentí como deben sentirse los niños en una obra de títeres. En mis años de estudiante, en bastantes oportunidades hice obras de títeres y disfrutaba mucho viendo cómo los niños interaccionaban con ellos como si fueran de verdad, entrando realmente en la historia y participando en ella. Los niños responden a las preguntas de los títeres, se asustan cuando algo malo sucede, les advierten cuando hay peligros e incluso, cuando pierden ya todo límite entre la realidad y la ficción, pueden llegar a tocarlos para golpear al  villano o para advertir al héroe de un riesgo potencial.

Esto mismo sucede, aunque en menor nivel, en obras como “la invitación”. Los adultos participamos de ella como un niño lo hace en una obra de títeres. Interactuamos con los personajes, dando respuestas, participando y entrando a momentos en la historia como si ésta fuese real, a pesar de saber que se trata de una trama ficticia.

“La invitación”, como su nombre lo dice, es un convite a jugar y a maravillarse de la propia capacidad de salir, por un momento de la vorágine del día a día y entrar en un juego de realidad/ficción que puede resultar bastante entretenido.

Destaco además, la simpatía y cordialidad con que los actores, Ingrid y José Luis,  interactúan con los invitados una vez finalizada la obra, haciendo que la experiencia sea agradable también en términos humanos y reales, condición que definitivamente le otorga un valor agregado a la experiencia.

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