¿Niños inquietos = Niños enfermos?

El déficit atencional y otros trastornos son diagnosticados en niños a los que se les llama problemáticos. Revisemos las controversias respecto de los diagnósticos psiquiátricos en la infancia.

En Octubre del año pasado tuve el agrado de asistir a las Jornadas de Reflexión: “Controversias Sobre la Psicopatologización de la Infancia” organizadas por el Magíster en Clínica Psicoanalítica con Niños y Jóvenes de la Facultad de Psicología de la Universidad Alberto Hurtado. En ella expusieron profesionales nacionales e internacionales alrededor de un tema muy preocupante y vigente el día de hoy. Estoy refiriéndome a la tendencia a “patologizar”, es decir, convertir en enfermedad el comportamiento humano (principalmente en los niños, pero no descartable para los adultos) esperable en condiciones dadas y el consecuente tratamiento como un problema médico del mismo.

A continuación les presento un pequeño resumen de los principales puntos que presenta el Forum Infancias  (ex Forum ADD), foro online que se dedica a la difusión y desarrollo de estas ideas, en particular respecto del llamado Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH, TDA, ADD, ADHD). Se hace hincapié en este último debido a que es uno de los cuadros más diagnosticados en los niños, porque son principalmente detectados por los colegios o los padres, y porque los tratamientos disponibles a las familias son bastante estandarizados.

Niños inquietos

Foto: Internet

- El diagnóstico psicopatológico reduce los problemas complejos de la vida de los niños a trastornos neurológicos que marcan a los niños como enfermos. Esto termina logrando depender su vida, futuro, y éxito al consumo de medicamentos. El tratamiento que se suele indicar a estos niños es: medicación y modificación de la conducta problemática del niño. En lugar de un niño en crecimiento continuo, en el que todo es complejo, y que su comportamiento puede ser atribuido a muchas variables, se supone exclusivamente un “déficit” o problema neurológico.

- Muchos niños diagnosticados de déficit atencional  (y otros trastornos mentales) efectivamente presentan dificultades de muy distinta naturaleza, y no necesariamente “déficits” neurológicos (por ejemplo: duelos, situaciones difíciles, cambios de cuidadores, adopciones, migraciones, cambios de colegio, conflictos con los pares, ser víctimas de violencia e incluso abusos sexuales). Si se piensa con algo de profundidad, hay muchos motivos que pueden explicar que un niño esté inquieto, sin embargo, la prioridad es hacer un diagnóstico y recetar un medicamento para evitar que el niño se porte mal. Es como recetarle a un adulto medicamentos pero evitar en absoluto preguntar por las causas de lo que padece o indicar los cuidados que debe tener para evitar “contraer” la condición que presenta.

-Cualquier niño, por hecho de ser niño y por tanto inquieto, explorador y movedizo, se vuelve sospechoso de padecer un déficit de atención, aún cuando muchísimos de esos niños demuestran tener capacidad de concentración cuando se trata de algo que es de su interés. El tema pasa a ser de cambiar a un niño que se porta mal, a uno que no, independiente de qué es lo que eso significa para ese niño o esos padres.

- En los establecimientos educacionales se piden evaluaciones y medicamentos para la concentración, sin hacerse preguntas acerca de las dificultades que presentan los niños; ni tampoco las dificultades que presentan los adultos frente a los niños. Es decir, se supone que el niño es único responsable en el proceso de aprender y su comportamiento. Además, por lo general los diagnósticos y la petición de tratamiento vienen desde una evaluación de los colegios o de padres preocupados por el desempeño escolar.

- Como el ser humano es producto de su historia y también de un entorno, es imposible de ser pensado en forma aislada.Tenemos que pensar también en qué situaciones, en qué momento y con quiénes se da este tipo de comportamiento. La familia, fundamentalmente, pero también la escuela, son instituciones que inciden en ello. Ambas instituciones están potentemente marcadas por la sociedad a la que pertenecen y por las expectativas de ella.

-Se agrupan con el nombre de una enfermedad, o psicopatología, múltiples expresiones del sufrimiento infantil que merecen ser consideradas en su singularidad y tratadas teniendo en cuenta las múltiples variables que inciden en ello. La diferencia se da entre pensar que un niño tiene cierto déficit o patología para el cual existe un tratamiento, o que una manifestación puede ser efecto de varias causas que  hay que descubrir y; por consiguiente; cuál es el tratamiento más adecuado. Desde esta perspectiva, podemos ver a un niño que sufre, que presenta dificultades, que esas dificultades obstaculizan el aprendizaje y que lo más importante es investigar qué es lo que le ocurre para poder ayudarlo.

La discusión respecto a estos temas me ha llevado a pensar que socialmente existe una tendencia a “patologizar” y también “medicalizar” muchos de los problemas cotidianos, sociales y culturales. No exclusivamente en los niños, en el caso de la infancia es más relevante porque ellos no tienen el derecho o la capacidad para decir mucho al respecto, su voluntad por lo general está ligada a la de sus padres o cuidadores. En la medida en que nuestros problemas pasan a ser una enfermedad, nos es más fácil desprendernos del hecho de que guardan estrecha relación con quienes somos como personas, y cuál es nuestro rol en el cambio que necesitamos, el rol de cada uno en el ámbito de la salud mental.

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