Hablemos de la ira: ¿Qué sabemos de esta emoción?

La ira también forma parte de las emociones básicas y tampoco es conocida en su complejidad. Si quieres saber más sobre ella, sigue leyendo.

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Hablemos de la ira

Cómo mencionamos en el artículo sobre la tristeza, las emociones son experiencias multidimensionales que tienen funciones que les confieren utilidad. Pues bien, la ira no es la excepción.

La ira se define como un estado emocional que incluye sensaciones subjetivas de tensión, enojo, irritación, furia o rabia; y se acompaña de la activación del sistema nervioso autónomo.

El autor de “Psicología de la emoción”, Mariano Chóliz, señala que la emoción de la ira puede despertarse mediante los siguientes estímulos:

  • Cualquier tipo de aversión u hostilidad; ya sea física, emocional o cognitiva.
  • Condiciones que generen frustración o sensación de injusticia (p.e. atentados contra valores morales).
  • Interrupciones de una conducta motivada
  • Inmovilidad, restricción física y/o psicológica.

Hablemos de la ira

La ira, en todas sus formas –más o menos intensas-, cursa con determinada actividad fisiológica e implica ciertos procesos cognitivos importantes y fáciles de identificar, al ser tan característicos. Cuando la experimentamos, es posible sentir una elevación de la actividad neuronal y muscular, una mayor reactividad cardiovascular, una focalización de la atención en los obstáculos externos que se nos presentan como responsables de nuestra frustración y una gran dificultad para ejecutar los procesos cognitivos habituales. A lo anterior, puede sumarse la sensación repentina de energía e impulsividad y la necesidad de actuar de forma intensa e inmediata a favor de la solución de nuestro problema.

Si bien, la ira puede experimentarse como una experiencia “desagradable” o demasiado intensa, posee funciones absolutamente necesarias para la vida. Favorece la movilización de la energía en situaciones de autodefensa o ataque. También permite la eliminación de los obstáculos en la consecución de determinado fin. Y, muy por el contrario a lo que pensamos, no siempre termina en conductas agresivas; sino, puede servir para inhibir una situación de confrontación indeseada.

Algunas investigaciones han relacionado el manejo de la ira con ciertos indicadores de salud. Expertos dicen que las personas que inhiben su experiencia emocional, evitan o niegan experiencias amenazantes; por el contrario, aquellas que tienen un buen manejo de la ira, se caracterizan por enfrentar la amenaza con mecanismos de defensa más avanzados.

Conocer más sobre la ira, sus matices y funciones (desde la molestia a la furia), nos permite liberarnos del prejuicio acerca de lo “malo” que es enojarse. Negar este tipo de experiencias sólo nos limita en términos emocionales, conductuales y cognitivos; e, incluso, puede traernos problemas de salud al no saber como enfrentarnos a esta emoción ni cómo poder controlarla.

La invitación queda abierta a abrirse a la posibilidad de sentir, sea lo que sea. 

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