Sexualidad: Más allá de los fines reproductivos

La concepción de la sexualidad ha ido cambiando a lo largo del tiempo y se modifica de una cultura a otra. Hoy sabemos que la sexualidad va más allá de los fines reproductivos, contribuyendo al desarrollo de las personas y a la formación y mantenimiento de los vínculos afectivos.

La sexualidad, como experiencia humana, históricamente ha sido considerada como un área conflictiva y difícil de definir, representando las tensiones existentes entre distintas disciplinas y fuentes teóricas que, aun en nuestros días, no logran un consenso en torno a sus apreciaciones.

En diferentes momentos de la historia se ha sustentado una ideología sexual basada en las diversas concepciones religiosas, culturales y científicas que, de algún modo, han contribuido a la manera de experimentar la sexualidad y, por lo tanto, de comportarse en esta área. Estas ideologías han influido y, a la vez, han sido influenciadas por el surgimiento y desarrollo de la sexología y la terapia sexual, dedicadas a investigar en torno al tema para definir los límites entre lo considerado normal y anormal y para dar solución a los problemas que se presentan en este ámbito.

Sexualidad

Foto: El Mercurio

Las concepciones acerca de la sexualidad han ido modificándose con el paso de los años.

Por tanto, las concepciones acerca de la sexualidad han ido modificándose con el paso de los años y cambian de una sociedad a otra, razón por la cual, una práctica que puede ser considerada adecuada y común en cierta cultura o época, puede ser considerada inadecuada o desviada en otra. Un claro ejemplo de esto es la libertad con que algunas de las culturas precristianas expresaban su sexualidad sin grandes cuestionamientos acerca, por ejemplo, de la homosexualidad, tema que en otras épocas e incluso aun en nuestros tiempos genera controversia en ciertos círculos sociales.

Cabe destacar la tradición judeo-cristiana, como una de las ideologías que más influencia ha tenido en el modo de experimentar y comportarse en el ámbito sexual, al relacionarlo frecuentemente con el pecado y relegar las prácticas sexuales a la actividad reproductiva, que sólo es considerada correcta cuando se despliega en los marcos del matrimonio. Históricamente, la aparición de las primeras sociedades íntimamente conectadas al dominio judeocristiano marcaron el inicio de una persecución sistemática a todo tipo de sexualidad no reproductora que perdura hasta nuestros días (Maia, 2009).

La aparición de los métodos anticonceptivos y el desarrollo de la tecnología reproductiva (Ej: fecundación in-vitro, fertilización asistida), se constituyen como hitos históricos claves en el proceso de desvinculación entre la reproducción y el acto sexual, influyendo fuertemente en la descentralización de la heterosexualidad como modelo imperante.  A partir de estos avances, la sexualidad pasa a constituirse como un acto que va más allá de la fecundación y comienza a tomar más importancia el aspecto relacional y la búsqueda del placer erótico, como fines en sí mismos.

A partir de estos hitos surge en los 70’, desde el feminismo y la antropología cultural, el concepto de sexualidad como fenómeno diverso, a través del cual la sexualidad aparece como un concepto amplio, con múltiples características y expresiones. Junto al concepto de “diversidad”, aun presente en nuestros días, surge la discusión acerca de los límites que construye la cultura sobre dicha diversidad. En este sentido, las normas o límites sociales establecen lo que los individuos deben sentir y hacer sexualmente, manteniéndose presente la concepción de lo considerado normal y lo que es evaluado como patológico.

Es un hecho, por tanto, que la sexualidad, además de ser un concepto que varía a lo largo de la historia y de acuerdo a las particularidades de una u otra sociedad o cultura, es un fenómeno que va más allá de los fines reproductivos y que puede asumir múltiples formas y cualidades. Si tomamos en cuenta que, dentro de los primates, la hembra humana es la única potencialmente receptiva sexualmente durante todos los días del año, producto de los ciclos menstruales, podemos comprender que desde la biología, existe ya una condición que permite separar la actividad sexual de la reproductiva. Dicha separación es un fenómeno revolucionario que permite pensar que la sexualidad tiene como función establecer y conservar relaciones y vínculos afectivos (Guidano, V. en Ruiz, 2002).

Tomando en cuenta entonces, que la sexualidad humana implica un encuentro real o simbólico entre personas y que permite establecer y mantener las relaciones, es un área que debe ser suficientemente considerada para que contribuya al desarrollo psicoafectivo propio y de la pareja. Las disfunciones sexuales como la impotencia, la eyaculación precoz, la dispareunia e incluso la falta de deseo sexual, entre otras, pueden estar representando conflictos de la persona o de la pareja que van más allá de lo sexual. Por esta razón es importante comunicarse al respecto, analizar dónde podrían estar las bases de los problemas sexuales de la pareja y abrirse a buscar soluciones para continuar, a través de esta área, el inagotable ciclo de desarrollo personal y de la relación.

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