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¿Cómo aprender a escuchar en forma consciente? Tips para lograrlo

Todos podemos oír, pero es mejor escuchar, escuchar al otro, escuchar-se, escuchar nuestro entorno.
  • Virginia Farfán Ulloa, Profesora de Filosofía y Terapeuta transpersonal, aporte para Espiritualidad
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Desde que estamos en el vientre materno, a partir del tercer mes del embrión, somos capaces de captar sonidos, en la dulce oscuridad, la realidad se acerca sutilmente a través de las notas graves, medias o agudas que traspasan la piel, pero percibir sonidos es diferente a escuchar. Una de las formas básicas de comunicarse cuando nos encontramos frente a frente, es a través del lenguaje verbal oral, que involucra además los movimientos del cuerpo, tono de voz, intensidad, velocidad y gestualidad. Finalmente, son muchos componentes los que entregan el mensaje de quien lo emite, pero ¿Cuántas veces nos equivocamos al interpretar las palabras de otro/a?

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Es una gran tarea aprender a escuchar, porque es un acto en el cual colocamos conciencia e intención, de esta forma se logra que el otro se sienta acogido y pueda verbalizar con confianza sus pensamientos y emociones. Se produce en este momento único la magia de las conversaciones, que logran por medio del mensaje, al ser interpretado, transformar algo interno en quien escucha, en el receptor. Así, un verso leído con maestría nos emociona hasta el llanto o una frase dicha con dureza, nos duele más que una piedra lanzada en pleno rostro.

Sin embargo, escuchar no se refiere sólo a escuchar a un otro diferente, también implica escuchar-nos, darse cuenta de lo que nos ocurre, de lo que sentimos y como lo experimentamos, incluso se han desarrollado técnicas para aprender a mirar y escuchar nuestro interior, justamente porque son tantos los elementos externos que estimulan nuestros sentidos que pueden ahogar ese espacio que necesitamos para tener conciencia de lo que vivenciamos.

Existe además otro espacio de escucha que apenas notamos, son todos los sonidos que nos acompañan desde que despertamos hasta que descansamos por la noche, sonidos que pueden irrumpir y romper la tranquilidad como un bocinazo, el chirriar de frenos, el grito de un niño, el ladrido de un perro, la campanilla del teléfono, el despertador, el pito de la tetera que avisa que hierve el agua, el ronquido de la pareja, el reloj mural marcando los segundos, el televisor en volumen alto…todos ellos pasan a formar parte del “paisaje sonoro” que experimentamos día a día, son “ruidos” cuya sonoridad que no nos permite escuchar otras tonalidades más amables que podemos percibir si nos enfocamos en ello.

Este paisaje sonoro nos afecta físicamente y provoca una actividad cerebral que luego interpretamos como algo molesto o agradable, pero lo increíble de nuestro cerebro, es que, en medio de toda esta sonoridad, nos permite reconocer señales como nuestro nombre en medio del gentío o el timbre del celular. (Julian Treasure/Sound Bussiness)

La naturaleza, en cambio, nos regala espacios puros, es amable escuchar el ritmo de las olas, la respiración de un bebé mientras duerme, el canto de un pájaro, el sonido de las hojas cuando pasa el viento, el compás de los pasos sobre la calzada, el sonido del agua cuando se llena el vaso, el crujir de las hojas secas en otoño al ser pisadas, o el chapoteo de una piedra al ser lanzada en el lago.

Y la música creada por el hombre, genera melodías que te mueven a la alegría, a la pena o a la nostalgia según la realidad que estés viviendo.

En conclusión, todos podemos oír, pero es mejor escuchar, escuchar al otro, escuchar-se, escuchar nuestro entorno, que vive y se modifica permanentemente. Y si se trata de salud mental, escoger con intención los mensajes que traen las palabras a las que realmente queremos atender, encontrando cada día espacios de silencio para disfrutar de ese otro mundo, más armónico y amoroso.

El desafío es tener consciencia…

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